Putengers. La niña, el dragón y la Musa del Destino.

PÉTALO III

El reloj dio la hora: justo las cinco de la tarde del día siguiente. El ruido asustó al dragoncillo, que de inmediato se acurrucó junto a su madre. Con el peso de la criatura encima, Ximena no alcanzaba a estirar la mano para apagar la alarma. Con los ojos muy abiertos, el dragón miró con agresividad al aparato y lanzó una pequeña bola de fuego que lo redujo a cenizas humeantes.

Con un tic nervioso en el ojo, Ximena solo pudo abrir la boca, dejando que el aire escapara de sus pulmones.

De reojo, aterrorizada, vio cómo el dragoncito sacaba una lengua húmeda y áspera para lamerle el rostro. Movió la cola de un lado a otro como un cachorro muy alegre y, con una voz aguda y chillona, exclamó:

-¡Mamá!

El escándalo del despertador estallando no había pasado desapercibido. La puerta de la habitación se abrió de golpe y la madre de Ximena apareció, furiosa.

-¡Ximena! ¡Sabes que debo dormir! -gritó-. ¡Baja el volumen a ese escándalo, que trabajo de noche!

La niña levantó las manos de inmediato.

-¡Mamá, no es lo que parece!

El dragoncillo ladeó la cabeza.

-¿Mamá?

La mujer frunció el ceño, acercándose.

-¿De dónde sacaste ese perro?

Al verla, el dragón entrecerró sus grandes ojos, soltó un gruñido y le mostró los diminutos colmillos. Presa del pánico, Ximena lo abrazó y le cubrió el hocico con las manos, lo que provocó que el bebé se sacudiera con brusquedad.

-Es... -tartamudeó Ximena-. Es un proyecto de robótica... Un peluche mascota interactivo... Hasta puede decir mamá...

La mujer se cubrió la boca y dio un par de saltitos de asombro. Se acercó y, con la punta del dedo índice, tocó el gran ojo viscoso de la criatura. El dragoncillo se escondió detrás del hombro de Ximena y soltó un chillido metálico.

-¡Hija, eso se sintió muy real!

Ximena cerró los ojos y esbozó una sonrisa nerviosa.

-Es... es que mi maestra es muy buena en lo que hace...

Su madre le dio un beso en la frente, maravillada.

-¡Mi amor, eso es excelente! ¡La tecnología avanza a pasos agigantados!

Ximena mantuvo la sonrisa congelada hasta que su madre cerró la puerta. Una vez a solas, tomó al dragón por el torso y lo miró directo a los ojos. Este volvió a lamerle la cara.

-¡Ya basta! -susurró Ximena con furia-. ¡Deja de lamerme!

El dragoncillo dejó la lengua de fuera y comenzó a mover la cola en un péndulo lleno de energía.

Ximena desvió la mirada. Se limpió los restos de baba del vientre, notando que no había ninguna herida por donde hubiera salido la criatura. Observó las escamas del dragón: eran de un verde muy intenso y brillante, idéntico al de la piedra mágica. Y sus ojos... aunque inmensos, se parecían aterradoramente a los suyos.

"¡No es mi hijo!", pensó, sacudiendo la cabeza. "¡Para tener hijos hay que hacer... eso!"

-¡Mami! -repitió la criatura, buscando su rostro.

Ximena no lo dudó. Lo lanzó por la ventana.

-¡Fuera! ¡Vete!

Para su sorpresa, el dragoncito sonrió al caer. En pleno aire, se estiró en el patio, extendió unas preciosas alas llenas de plumas de colores y entró de vuelta a la habitación volando con la gracia de un colibrí.

Aterrizó sobre ella y comenzó a olfatearla. Ximena intentó separarlo, pero el dragón restregó su rostro contra el pecho de la niña. De pronto, una luz cegadora envolvió la habitación. Ximena soltó un grito al sentir un poder antiguo e inmenso fluyendo por sus venas.

Cerró los ojos por inercia. Cuando los abrió, el dragón había desaparecido. Lo buscó debajo de la cama, en el armario y en el patio. Nada.

La puerta volvió a abrirse. Su madre asomó la cabeza, esta vez con un tono de súplica.

-Hija, sé que estás llena de energía... pero de verdad necesito dormir... -La mujer entrecerró los ojos-. Hija, ¿por qué estás vestida así?

-¿Eh? ¿Vestida?

La madre señaló con el dedo la extraña ropa de su hija. Ximena se miró al espejo y soltó un grito agudo.

Sus ojos, redondos y llenos de vida, ahora tenían pupilas rasgadas de reptil. Llevaba una falda confeccionada con vibrantes plumas de colores, telas frescas y pesadas piezas de jade. Un top dejaba su ombligo al descubierto, adornado con un intrincado collar de oro, jade y escamas entrelazadas. En sus tobillos y muñecas lucía gruesas pulseras tribales, su rostro estaba pintado con un marcado maquillaje ceremonial, y una diadema de plumas verdes coronaba su cabeza. Lo más perturbador: de la base de su espalda emergía una larga cola verde que se movía a su voluntad, como una extremidad más.

Ximena se cubrió el vientre y el pecho, escandalizada.

-¡No es lo que parece! ¡Es solo un malentendido!

La madre se cruzó de brazos, alzando una ceja.

-Hija, entiendo que estás en la edad de auto descubrirte y probar cosas nuevas, así que...

-¡No se trata de eso! -replicó Ximena, inclinándose hacia adelante.

Al hacer ese movimiento, de la nada, un pesado martillo de obsidiana con un mango de madera tallada se materializó en el aire y golpeó accidentalmente la cabeza de su madre, dejándola inconsciente en el acto.

Ximena jadeó, horrorizada. Corrió hacia su madre, la colocó en su regazo y rompió a llorar.

-¡Lo siento! ¡Lo siento tanto, no fue intencional!

Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó exactamente sobre la frente de la mujer. Un brillo cálido iluminó el rostro de su madre y una sonrisa pacífica se dibujó en sus labios dormidos.

-Tus lágrimas pueden curar de vez en cuando, -resonó una voz firme y profunda, aparentemente originada en su propia mente.

Sintiendo que todo sucedía demasiado rápido, Ximena gritó a la nada.

-¡¿Quién es?!

-Deja descansar a tu madre en su cuarto -ordenó la voz-. ¡Cárgala!

-¡Mi mamá es una adulta! ¡No puedo cargarla!

-¡Chiquilla berrinchuda! -espetó la voz, impaciente-. Llevas a mi hijo fundido contigo. ¡Claro que puedes!

-¿Conmigo? -susurró Ximena.




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