Ximena regresó a la realidad. Sus ojos estaban abiertos como platos, la respiración se le atoraba en la garganta y el sudor frío le empapaba la frente. Cayó de rodillas sobre la alfombra de su cuarto.
-Y-yo... -tartamudeó-. Engendré a un... a un demonio.
Se levantó la blusa y miró su estómago. "¿De verdad? ¿Yo di a luz?" Se pasó las manos por la piel, buscando desesperadamente alguna señal, alguna herida o estría que confirmara la pesadilla que acababa de vivir.
El dragoncillo se irguió sobre sus patas traseras y, con su tierna vocecita, exclamó:
-¡Mami! ¡Hambre!
Dominada por el pánico, Ximena giró sobre sí misma y le dio una pequeña patada que lo apartó unos centímetros. Retrocedió arrastrándose hasta la puerta.
-¡Monstruo, no me toques!
El animalito la siguió con la mirada brillante. Le mostró una sonrisa inocente y repitió:
-¡Hambre!
La mente de Ximena hizo la peor conexión posible: Bebé = Amamantar.
Se abrazó a sí misma, cerró los ojos con fuerza y gritó:
-¡Olvídalo! ¡Tú no eres mi hijo y yo no soy tu madre!
El efecto fue inmediato. El brillo en los enormes ojos del dragón se apagó. Agachó la cabeza, su cola dejó de moverse y se enroscó alrededor de su propio cuerpo para hacerse pequeño.
-Mamá... -susurró con una voz cargada de profunda tristeza-. Hambre... mucha.
Ximena tomó un cojín de la cama y levantó el brazo, dispuesta a lanzárselo para ahuyentarlo.
Pero se detuvo.
Miró al animal encogido. Bajó la mano lentamente. Su mente viajó al pasado, al día en que su padre se fue de la casa. Recordó la punzada en el estómago; sabía perfectamente lo horrible que era tener hambre y no tener a nadie que te alimentara. Recordó con amargura la época en que su madre no tenía dinero y tuvo que prepararle un plato de arroz mezclado con una barra de mantequilla rancia en los días más oscuros.
Se acercó a Ketzalxalko paso a paso. Extendió una mano temblorosa y acarició su frente áspera. Al despejar suavemente las plumas de la frente, encontró una runa extraña incrustada en las escamas.
El pánico volvió a punzar en su pecho. "¿Cómo diablos le voy a explicar esto a mamá?"
Al sentir las caricias, el dragoncillo pareció volver a la vida y, sin previo aviso, se lanzó hacia su pecho para abrazarla. Las manos de Ximena dudaron en el aire, sin saber si empujarlo o corresponder.
Finalmente, cedió. Lo rodeó con los brazos.
-Lo siento... -susurró-. Aún no has hecho nada malo y ya te traté como a un monstruo. Sé... sé lo que se siente que te rechacen.
Hizo un esfuerzo y levantó en brazos al bebé, que agitaba sus alitas de pura emoción. Lo llevó en sigilo hasta la cocina.
"No tengo un biberón", pensó, mirándolo de reojo, "pero quizás pueda darle leche en una taza".
Se puso en cuclillas frente al refrigerador. Al ver la botella en la repisa inferior, dejó escapar un suspiro de derrota.
-Queda medio envase... No sé si sea suficiente para un dragón.
Sacó una taza de plástico con un estampado de oso polar y sirvió el líquido mientras el dragoncillo daba saltitos de impaciencia. Ximena miró hacia el techo de la cocina.
-Ustedes dos, los de arriba -murmuró-, espero que me pasen manutención divina por esto.
Al meter la taza al microondas, se recargó contra la barra, angustiada. "Mañana debo ir a la escuela. No puedo dejarlo aquí solo. ¿Y si se come a mi mamá? ¿Y si incendia la casa intentando apagar la televisión? Pero si lo llevo a la escuela... ¿Se permiten mascotas en la Academia Imperial? Tal vez pueda esconderlo en la mochila... ¿Se comerá mis tareas?"
El pitido del microondas la sacó de sus pensamientos. El dragón voló de inmediato y se posó sobre la cabeza de su madre.
Ximena tragó saliva al sacar la leche tibia. Vaciló un segundo, rascándose la mejilla.
-A ver... ¿Me siento y te lo tomas en mis brazos, o puedes beber tú solo?
Él le sonrió ampliamente.
-¡Mami, hambre!
-Está bien, pequeño... Solo hagamos esto despacio.
Armada de paciencia infinita, Ximena se sentó en la sala y sostuvo la taza mientras alimentaba al bebé dios, que bebía con voracidad hasta que los párpados le pesaron y se quedó profundamente dormido en su regazo. Al sentir su calidez y su respiración pausada, la adolescente sonrió con melancolía. "¿Mamá habrá pasado por el mismo miedo y cansancio conmigo?"
De pronto, su madre salió apresurada de su habitación.
-¡Niña, ya es tardísimo! ¡Apenas voy a llegar al turno!
El susto paralizó a Ximena. Por puro reflejo, lanzó al dragoncillo al aire. Al darse cuenta de lo que había hecho, se tiró al suelo para amortiguar la caída, dejando que el bebé aterrizara ileso sobre su espalda.
La mujer, ya con el abrigo puesto, la miró con curiosidad y una sonrisa tierna.
-¿Estás jugando con tu robot a estas horas?
Ximena asintió desde el piso.
-Sí... es como un hijo para mí.
La madre suspiró, recogiendo sus llaves.
-Puedes hacerte unos emparedados para cenar, ¿sí? Ya debo irme. Te veo mañana, mi amor.
Ximena sonrió y se despidió con la mano.
El reloj marcaba las nueve de la noche. Con las pocas fuerzas que le quedaban, cargó al dragón hasta su cuarto. "Supongo que aquí podrá dormir", pensó. Se derrumbó a un lado de su cama.
"Voy a provocar el Ragnarok... O moriré a manos de su hermana Cilixa y su maldita espada de fuego..."
Abrumada, se adentró en su propia mente y se desvaneció entre la ansiedad, hasta que el cansancio la venció.
Soñó. Soñó que caminaba por las lujosas calles de Verayork, tomada de la mano de su madre. Era un día cálido, y una brisa suave le mecía el cabello. En lo alto, el héroe Fantasma sobrevolaba los rascacielos a velocidad supersónica. Los ojos de Ximena brillaban de asombro. De repente, un hombre alto, vestido con una capa y de cabello rojo, se acercó a ellas. No podía verle el rostro, solo unas características orejas puntiagudas. Su madre, sin decir una sola palabra, le dio un ligero empujón hacia él.
#998 en Fantasía
#1379 en Otros
#47 en Aventura
dragones y humanos, fantasía oscura y seinen, mitología nórdica y dioses
Editado: 07.10.2026