Putengers. La niña, el dragón y la Musa del Destino.

PÉTALO V

Ximena, rendida ante el peso de su propia realidad, apretó los puños hasta que sus uñas marcaron medias lunas en sus palmas. Dejó escapar un suspiro largo, un soplo de aire que se llevó consigo su última esperanza de saciarse. Se encogió de hombros con una desidia aprendida y murmuró para sí misma.

—Tampoco tenía tanta hambre. Llevaré una manzana.

Con la mochila cargada de escamas y esperanzas, caminó hacia la parada del autobús. A su alrededor, la contaminación producida por los motores de iones dejaban todo con un olor a ozono y a oxígeno puro. El mundo era un mar de miradas inquisitivas. Los transeúntes observaban de reojo a la niña que luchaba contra un bulto indomable, una masa que se retorcía con vida propia bajo la tela de su mochila. Ximena forzaba una sonrisa nerviosa, una máscara frágil, mientras por dentro el pánico la consumía en un infierno silencioso.

Una vez en los pasillos de la Escuela Imperial, el murmullo de los estudiantes giraba en torno a temas tan ajenos y extravagantes para ella que logró pasar desapercibida como una sombra. Al llegar por fin a su casillero, sintió el dulce alivio de la tregua. Sacó su desayuno, dispuesta a clavarle los dientes a la piel roja y brillante de la fruta, pero el dragón la detuvo. Desde la penumbra de la mochila en el interior del casillero, asomando apenas su cabecita, la observó con una fijeza abrumadora. Ximena intercaló la mirada entre los enormes ojos reptilianos y su apetitosa manzana. Se mordió el labio inferior, sintiendo el vacío en su propio estómago, y cedió.

El dragoncillo devoró la fruta de un solo y brutal bocado, triturando pulpa y semillas por igual. Satisfecho, estiró el cuello y comenzó a pasar su lengua áspera y cálida por la mano y el rostro de su madre. Ximena estalló en una risa cristalina, una alegría fugaz que iluminó el sombrío pasillo.

—¡Basta! ¡Me haces cosquillas, bebé!

El eco de unos pasos firmes rompió la burbuja. El alemán apareció a su lado, proyectando una sombra imponente.

—Hey, Dienstmädchen.

Ximena abrió los ojos de par en par, invadida por el terror, y empujó la puerta metálica del casillero con un golpe sordo, dejando al dragón atrapado en la oscuridad. Franz se plantó frente a ella, escrutándola con una mirada afilada que parecía cortarle la respiración.

—¿Qué tienes ahí?

La niña tragó saliva, sintiendo la garganta seca como arena.

—N-nada, no es n-nada.

Franz chasqueó la lengua, un sonido cargado de desdén aristocrático.

—Oye, eres muy rara. Toda la gente de tu calaña, ¿es de esa forma?

Ximena pegó la espalda y las manos contra el metal frío, usando su propio cuerpo como barricada para evitar que la criatura escapara. Una leve vibración calentó la chapa a su espalda, seguida de un pequeño rugido ahogado que resonó desde el interior del casillero. Franz pareció ignorarlo, desviando la vista con una súbita y extraña vacilación.

—Oye, niña rara, ayer en el museo, yo…

El aire se congeló con la llegada de una tercera presencia. Una chica de cabello blanco como la escarcha y sonrisa altiva se interpuso entre ellos.

—Franz, ¿estás hablando con la plebeya? ¿Has perdido el juicio o solo quieres un baño de humildad?

El terror de Ximena alcanzó su punto máximo. Tenía a dos de sus compañeros más insufribles acechando al frente, y a sus espaldas, un depredador recién nacido a punto de arrancarles la cabeza si percibía su miedo.

Franz la miró, visiblemente alterado por la interrupción.

—Rika, no molestes ahora. No es que me guste o algo así, es solo que…

Rika enrolló un mechón de su sedoso cabello blanco entre sus dedos, destilando veneno en cada palabra.

—¡Ugh, te gusta la pordiosera! ¡Todos van a saberlo en clase!

El rostro del muchacho se encendió, tomando el color de la vergüenza.

—¡Claro que no! S-solo…

Sus ojos azules se cruzaron por un instante con los de Ximena. Él apretó los puños, frustrado por su propia torpeza, rojo como un tomate.

—Solo quería comprar su tarjeta holográfica firmada de ayer… Tonta, nos vemos en clase de robótica.

Tan pronto como Franz giró sobre sus talones y desapareció, la máscara burlona de Rika se desmoronó, revelando una ira letal. Avanzó de golpe, estrellando sus dos manos contra el casillero y acorralando a Ximena con una mirada homicida.

—Mírame bien, pueblerina. ¡No perteneces aquí! ¡Tampoco te atrevas a quitarme lo que es mío! ¿Entendiste?

A Ximena se le escapó el aliento. Aquellos ojos grises, fríos como lápidas, parecían atravesarle el alma, arrastrándola directo al averno con su brillo fulminante y opresivo. Sin fuerzas para articular palabra, se limitó a asentir con la cabeza.

El sonido estridente de la campana rompió la tensión. Como si alguien hubiera accionado un interruptor, Rika suavizó su expresión, alisó con elegancia los pliegues de su perfecto uniforme y recuperó su sonrisa arrogante.

—Bueno, ya que lo entendiste, debo irme. Te veo en clase, ¡Amiga!

Antes de darse la vuelta, Rika sacó un par de billetes y se los lanzó al rostro. El papel cayó al suelo con un susurro humillante. Más rupias de las que Ximena pudiera imaginar en ese momento.

—Por cierto, cómprate zapatos. Los que llevas están mordidos y das muy mal aspecto a la Escuela Imperial.

El pasillo quedó vacío. Ximena, desprovista de toda fuerza, se deslizó por la puerta del casillero hasta dejarse caer al suelo frío. A sus espaldas, la puerta metálica cedió. El dragoncillo emergió de su encierro, exhalando chispas anaranjadas que chisporroteaban en el aire denso. Sus pupilas, antes infantiles, ahora lucían vacías y cargadas de un instinto caótico, un deseo primitivo de desatar la peste y la muerte sobre aquel recinto que lastimaba a su progenitora.

Pero la venganza de la bestia se detuvo. Ximena se había cubierto el rostro con ambas manos y, en la inmensa soledad del pasillo, comenzó a llorar en silencio.




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