Putengers. La niña, el dragón y la Musa del Destino.

PÉTALO VI

Ximena se encaminó hacia el taller de robótica con el estómago encogido por la ansiedad. Aquel lugar siempre había sido su pesadilla personal. Nunca había logrado que un solo circuito funcionara; sus intentos de soldadura siempre terminaban en un desastre de plástico derretido, chispas inútiles y un penetrante olor a metal quemado. Sin embargo, no tenía opción: era el único taller disponible para alguien que dependía de una beca en aquella prestigiosa institución. Mientras caminaba por el pasillo, sintió un leve movimiento en su espalda. El dragoncillo se asomaba con timidez por la rendija del cierre de la mochila, maravillado ante la cantidad de jóvenes que abarrotaban el lugar.

Sentada al fin en su banco de trabajo, Ximena sacó las manos de los bolsillos. Con los dedos trémulos y una rabia silenciosa quemándole el pecho, comenzó a contar los billetes arrugados que Rika le había arrojado con tanto desprecio. Una parte de ella, herida en su orgullo, deseaba romper ese papel moneda en mil pedazos y esparcirlo por el suelo. Pero la dura realidad la golpeó de inmediato: tenía hambre, y su pequeño hijo pronto reclamaría alimento. Tragándose el llanto de coraje y el nudo de humillación que amenazaba con ahogarla, dobló las rupias y lo guardó en el bolsillo interior del blazer de su uniforme.

Fue en ese instante de distracción cuando el dragoncillo decidió que el encierro era demasiado aburrido. Asomó por completo la cabeza fuera de la mochila, captando de inmediato la atención de todos a su alrededor.

Al notar un repentino silencio, Ximena levantó la vista. Decenas de ojos la observaban fijos. Incluso la profesora la miraba desde el frente, con una expresión donde el asombro competía directamente con el temor.

Ximena se quedó petrificada, dejando escapar apenas un leve suspiro de confusión.

—¿Eh?

Mientras tanto, el pequeño dragón, ajeno a la tensión del aula, batió su colita con entusiasmo y estiró el cuello para lamer con cariño la oreja de Ximena.

Franz, con los ojos celestes profundamente abiertos de par en par, rompió el silencio.

—Oye, ¿qué es eso?

El joven rubio observaba a la criatura con una mezcla genuina de curiosidad y desconcierto. El dragón, sintiendo la mirada ajena, abandonó su docilidad instantáneamente. Entornó los ojos con desprecio, erizó las diminutas escamas de su lomo y enseñó una hilera de colmillos afilados como agujas.

Ximena, presa del pánico, envolvió al animalito con sus brazos, tratando desesperadamente de forzarlo a entrar de nuevo en la mochila.

La timidez del salón se disolvió en un murmullo caótico. Aquellos compañeros que hasta hacía unos minutos la ignoraban como si fuera invisible comenzaron a bombardearla con preguntas.

—¿Qué clase de animal es?

—¿De dónde lo sacaste?

—¿Cuánto te costó?

Ximena ignoró las voces que la aturdían, concentrándose únicamente en susurrarle al oído a su mascota.

—Bebé, por favor, métete a la mochila.

La sombra de la profesora se proyectó sobre su mesa de trabajo.

—Ximena, ¿has traído una mascota a la clase?

La joven tragó saliva, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Sabía de sobra que su bajo rendimiento en la materia ya la había convertido en el blanco de los reproches de la docente, quien no disimulaba su antipatía.

Esbozando una sonrisa tensa y temblorosa, intentó sonar convincente.

—En realidad… no es una mascota…

Como si entendiera la hostilidad del ambiente, el dragoncillo se erizó por completo, desde las delicadas escamas del cuello hasta las plumas de sus alas y la punta de su cola, sosteniendo una mirada desafiante y firme contra la autoridad de la mujer.

Ya en el pasillo, a solas con la docente, la tensión se volvió casi física.

—Ximena, dame una sola buena razón para no llevarte directamente ante el rector ahora mismo.

El sudor frío resbalaba por la frente de Ximena; sentía una sofocación tan intensa que bien podría haber estado bajo un sol de verano de más de cincuenta grados.

—No es… una mascota… —insistió con voz trémula.

Por dentro, sin embargo, su mente gritaba con desesperación: ¡Profesora entrometida, es mi bebé!

Apretando al pequeño contra su pecho, buscó una mentira que salvara la situación.

—Es un… ¿un robot?

La maestra arqueó una ceja, cargada de escepticismo.

—¿Un robot? Eso que tienes ahí parece demasiado orgánico para estar hecho de cables y metal.

A Ximena le temblaron las rodillas.

—Es que… lo trajo un tío… de Estados Unidos.

La profesora estiró la mano para tocar la cabeza del supuesto autómata. Al ver el gesto, la criatura se tensó, abriendo ligeramente las fauces, listo para arrancarle la mano de un mordisco. Ximena dio un paso atrás con rapidez, esquivando el contacto.

La mujer retiró la mano, frunciendo el ceño.

—Mira, Ximena, sabes perfectamente que las mascotas están prohibidas. Ubícate por un segundo: esta es la Escuela Imperial y tu permanencia aquí depende de un hilo muy delgado.

La joven dejó escapar un suspiro de derrota.

—No tengo ningún lugar donde dejarlo.

La maestra se cruzó de brazos, impasible.

—¿Qué hay de tu casa?

Ximena bajó la cabeza, sintiendo el peso de su realidad familiar.

—Mi mamá trabaja toda la noche… no hay nadie que pueda cuidarlo durante el día.

La profesora desvió la mirada hacia el pasillo, suspirando con fastidio.

—Mira, niña, ya me has causado demasiados dolores de cabeza y tu presencia aquí no hace más que afectar mi reputación.

—Lo lamento —interrumpió Ximena con timidez—. No pensé que el aula fuera a explotar la última vez con lo que hice.

La docente la cortó con un gesto de la mano.

—Voy a ser honesta contigo: me das lástima. Si esa cosa es tan importante para ti, haré la vista gorda por esta vez. Te redactaré un permiso especial para que puedas llevar contigo a tu perro robot, o lo que sea que lleves entre manos.




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