"Hay besos que cambian una historia. Y hay otros que simplemente hacen imposible seguir fingiendo que la historia era la misma de antes."
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Lucas ~
Dormí exactamente dos horas y no porque hubiera pasado algo malo, al contrario; creo que ese era justamente el problema. Cada vez que cerraba los ojos, volvía al mismo lugar. La parada, las luces amarillas de la avenida, el colectivo apareciendo al final de la calle y ella, mirándome, como si estuviera esperando que alguno de los dos se animara a dar el siguiente paso.
Y después, el beso. Había sido un beso, uno de verdad. No un accidente o un impulso que hubiera durado un segundo. Los dos habíamos elegido quedarnos.
Giré sobre la cama otra vez y miró el reloj.
Las tres y veinte.
Volví a cerrar los ojos. No sirvió de nada.
Cinco minutos después, ya estaba mirando el techo otra vez, solté un suspiro. Nunca había pensado demasiado en cómo empezaba una relación, en las películas parecía fácil. Dos personas se besaban y al día siguiente, todo seguía como si nada. Ahora sabía que no era así, porque la única pregunta que no dejaba de repetirse en mi cabeza era ridícula.
¿Cómo se supone que la saludo mañana?
El celular vibró sobre la mesa de luz.
Lo agarré enseguida.
Lourdes: ¿Llegaste bien?
Sonreí.
Habían pasado más de dos horas desde que nos despedimos y aun así, era la primera persona que preguntaba.
Escribí.
Lucas: Sí.
Tardó apenas unos segundos.
Lourdes: Bueno.
Lourdes: Solo quería asegurarme.
Me quedé mirando el mensaje, después escribí otra vez.
Lucas: ¿Vos?
Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
Lourdes: Sí.
Lourdes: Creo que hoy besé a alguien.
No pude contener la risa.
Lucas: Yo también.
.Lourdes: Qué loco.
Sí, qué loco.
Porque hacía apenas unos meses, ni siquiera sabía que existía, y ahora; era la última persona con la que hablaba antes de dormir.
[*]
Llegué a la cafetería unos minutos antes que de costumbre. Necesitaba hacer algo, lo que fuera.
Acomodé tazas, después las volví a acomodar. Limpié una máquina que ya estaba limpia, miré la puerta, el reloj y nuevamente volví a mirar la puerta
—Estás inquieto.
La voz de Tomás me sacó del trance, estaba preparando una bandeja mientras me observaba de reojo.
—¿Yo?
—Sí, hace cinco minutos que acomodás las mismas tazas.
Miré el mostrador, tenía razón. Había cuatro pilas perfectamente alineadas.
Probablemente demasiado alineadas.
—No dormí mucho.
Tomás asintió despacio, no parecía convencido, pero tampoco preguntó nada más; solo siguió con lo suyo. A veces hacía eso, notaba las cosas y esperaba; sin invadir.
La puerta se abrió. No necesité girarme para saber quien estaba entrando.
Sabía que era ella.
—¡Buen día!
La misma voz. La misma energía. El mismo bolso colgado del hombro, solo que, cuando nuestras miradas se encontraron; los dos nos quedamos completamente quietos.
Un segundo. Dos. Ella fue la primera en hablar.
—Esto es rarísimo.
No pude evitar reírme.
—Un poco.
Apoyó una mano sobre el mostrador.
—¿Cómo se saluda a alguien después de besarlo?
La miré.
—No tengo idea.
Asintió con absoluta seriedad.
—Perfecto, estamos igual entonces.
Se quedó pensando unos segundos para después hacer lo más Lourdes del mundo, me dio un golpecito suave con el hombro.
—Hola.
La miré sonriendo.
—Hola.
Y empezó a ponerse el delantal como si nada hubiera pasado, la observé unos segundos; el nudo del delantal volvió a quedar torcido, frunció el ceño intentando acomodarlo sin éxito. Me acerqué casi por reflejo.
—Esperá.
Se quedó quieta, deshice el nudo, lo até otra vez; esta vez derecho, y cuando terminé los dos tardamos un segundo en darnos cuenta de la cercanía.
Ella levantó la vista.
—Gracias.
—De nada.
Ninguno se movió enseguida hasta que Sofía apareció desde el fondo.
—¿Van a trabajar o pienso hacer café sola?
Los dos nos separamos al mismo tiempo.
—¡Ya voy! —contestó Lourdes, riéndose.
Yo negué con la cabeza mientras volvía a la máquina de café y entendí algo. Seguía siendo raro, pero ya no daba miedo; al contrario, empezaba a sentirse sorprendentemente natural.
[*]
La tarde pasó más rápido de lo normal. O tal vez fui yo.
Había momentos en los que me descubría sonriendo sin ningún motivo, después levantaba la vista y encontraba a Lourdes hablando con un cliente, riéndose con Tomás o peleándose con la impresora de tickets. Entonces entendía el motivo.
—Lucas.
Levanté la cabeza, Tomás sostenía una caja de vasos descartables.
—¿Me das una mano?
Asentí y me acerqué, mientras acomodábamos las cajas en el depósito, esperó unos segundos antes de hablar.
—Te veo distinto.
Seguí acomodando vasos.
—¿Sí?
—Sí.
Silencio, después agregó, con la tranquilidad de siempre
—Más liviano.
No respondí enseguida, porque tenía razón y porque todavía no sabía explicar por qué. Al final solo sonreí.
—Puede ser.
Tomás me dio un golpecito con el hombro.
—Me alegro.
Nada más. No preguntó. No hizo bromas. No quiso saber detalles. Y otra vez pensé que esa era una de las cosas que más valoraba de él, sabía cuándo hablar y sobre todo, sabía cuándo no hacerlo.
El resto del turno transcurrió entre pedidos y clientes.
En un momento, una señora mayor le pidió a Lourdes que le recomendara algo dulce, ella terminó describiendo una torta como si estuviera narrando una película. La mujer terminó comprando dos porciones.