¿que se supone que somos?

Capitulo 27. Hogar

"El hogar no siempre tiene paredes. A veces tiene una risa conocida, una taza de café y alguien que pregunta si llegaste bien."

[*]

Lourdes ~

Había algo que me hacía mucha gracia, Lucas ya conocía mi casa, pero todavía tocaba el timbre como si fuera la primera vez. Siempre. Aunque ya supiera perfectamente que mi mamá iba a abrirle antes de que yo llegara.

La mañana en la cafetería estaba sorprendentemente tranquila. Había pocos clientes y, por primera vez en varios días, hasta Tomás parecía tener tiempo para aburrirse, lo cual era peligrosísimo.

—Tengo una duda existencial —soltó de la nada.

Lucas siguió limpiando la cafetera sin levantar la cabeza.

—Qué miedo.

—¿Si Lourdes deja una medialuna sobre la barra y pasan cinco minutos, sigue siendo de Lourdes?

Levanté la vista del mostrador.

—Sí.

—¿Y diez minutos?

—También.

—¿Y una hora?

—Tomás...

Él levantó una mano, defensivo.

—Estoy preguntando por cuestiones legales.

Sofía apareció justo en ese momento cargando una bandeja.

—La respuesta es no —intervino—. Si pasan más de diez minutos, pasa a ser patrimonio de Tomás para que deje de llorar.

—¡Viste! —festejó él.

Todos terminamos riéndonos, incluso Lucas. Tomás la señaló con indignación actuada.

—Algún día voy a denunciar el bullying laboral.

—Sacá turno —contestó ella—. Hay lista de espera.

Un rato después, mientras acomodábamos unas tazas, Tomás se acercó a Lucas.

—Che.

Lucas levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Venís el sábado entonces?

Lucas dudó apenas un segundo.

—No sé...

Tomás lo miró completamente serio.

—La respuesta correcta era «sí».

—¿Y si tengo planes?

—Los cancelás.

Lucas soltó una risa.

—Qué democrático.

—Muchísimo.

Sofía pasó por atrás de la barra.

—No le hagas caso, pero vení.

Tomás abrió mucho los brazos.

—¡¿Viste?! ¡Hasta Sofía quiere que vengas!

Ella rodó los ojos, divertida.

—No exageres. Simplemente caés bien.

Vi cómo Lucas sonreía; una sonrisa chiquita, pero distinta. No era el gesto educado de siempre, sino la sonrisa de alguien que, poco a poco, empezaba a sentirse parte del grupo. Y no sé por qué, pero eso a mí también me hizo profundamente feliz.

[*]

Cuando terminó el turno, salimos juntos a la calle.

—¿Listo? —pregunté.

—¿Para qué?

—Para venir a casa.

Me miró divertido.

—¿Tengo opción?

—No.

—Entonces estoy listo.

Apenas llegamos, mi mamá abrió la puerta antes incluso de que tocáramos el timbre.

—¡Lucas!

Él sonrió enseguida.

—Buenas tardes.

—Pasá, la pava ya está puesta.

—Gracias.

Los miré a los dos alternadamente y me crucé de brazos.

—Qué rápido me reemplazaron.

Mamá me señaló con una cuchara de madera.

—Vos dejaste que se enfríe el café tres veces esta semana. Él no.

Lucas levantó una mano en son de paz.

—No quiero meterme en problemas familiares.

—Ya es tarde —respondí—. Ya sos parte del problema.

Los tres terminamos riéndonos y no pude evitar pensar que la escena ya empezaba a sentirse demasiado natural, como si él hubiera estado cruzando esa puerta desde hacía años.

Después de merendar, subimos a mi habitación. Abrí la puerta y estiré los brazos dramáticamente.

—Bueno, bienvenido oficialmente al caos.

Lucas recorrió el cuarto con la mirada.

Los estantes llenos de libros, las plantas, las fotos pegadas en la pared, los papeles sobre el escritorio y los marcadores desparramados. Después me miró a mí.

—Esperaba bastante más desorden.

Abrí mucho los ojos.

—¿Perdón?

—Está bastante organizado.

—Eso es porque escondí todo abajo de la cama.

Me observó unos segundos, muy serio.

—¿Lo decís en serio?

No pude contener la risa.

—No. Aunque ahora que lo pienso no habría sido tan mala idea.

Lucas negó con la cabeza, sonriendo.

—Sos un caso perdido.

—Pero adorable.

—Eso todavía está en discusión.

Abrí una caja llena de cuadernos viejos que guardaba en un rincón.

—Acá escribía historias cuando tenía quince.

Lucas agarró uno con muchísimo cuidado.

—¿Puedo?

—Podés.

Abrió una página cualquiera, leyó dos líneas y empezó a reírse.

—¿Qué? —le saqué el cuaderno enseguida y leí el comienzo en voz alta «Capítulo uno: Sofía tenía los ojos más verdes del universo...». Me tapé la cara con las manos—. No leas más.

—¿Por qué?

—Porque era una adolescente dramática.

—¿Y ahora?

—Ahora soy una adulta dramática. Hay una diferencia enorme.

Lucas asintió muy convencido.

—Claro, la palabra «adulta» lo cambia todo.

Le tiré un almohadón y él lo atajó riéndose. Después encontramos una carpeta llena de dibujos y nos sentamos directamente en el piso para mirarla. Había paisajes, caricaturas, intentos bastante cuestionables de anatomía y un retrato de mi mamá.

Lucas levantó la hoja, la observó unos segundos y me miró.

—¿Ella sabe que parece un personaje de terror?

Abrí la boca, indignada.

—¡Lucas!

—Estoy preguntando.

—¡Dame eso! —intenté sacárselo, pero él levantó el dibujo en el aire para que no llegara.

—¡Es arte!

—¡Es una amenaza!

Le pegué otra vez con el almohadón y terminamos los dos tirados en el piso, riéndonos como dos chicos. Porque había tardes que no necesitaban nada extraordinario para convertirse en recuerdos imborrables.

[*]

Mientras seguíamos guardando cosas, apareció una carpeta mucho más vieja que las demás. La reconocí enseguida.

—No...

Lucas ya la tenía en las manos.

—¿Qué es?

Intenté quitársela.

—Nada.

—Dice «Mi vida cuando tenga veinticinco años»

Cerré los ojos pidiéndole a la tierra que me tragara.




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