¿que se supone que somos?

Capitulo 28. Lo que pesa

"Hay silencios que nacen para proteger. El problema es que, con el tiempo, también empiezan a lastimar."

[*]

Lucas ~

Me desperté antes de que sonara la alarma.

Miré el reloj, cinco y doce. Intenté volver a dormirme, pero no pude. El departamento estaba completamente oscuro y silencioso, demasiado silencioso. Me levanté despacio, intentando hacer el menor ruido posible, como si hubiera alguien más durmiendo o en el departamento. Nunca entendí por qué lo seguía haciendo a pesar de estar viviendo solo desde hace varios años.

Preparé café, lo dejé sobre la mesa y no lo tomé; solo me quedé mirándolo, como si esperar unos minutos pudiera cambiar algo.

Mientras buscaba las llaves, algo cayó de mi billetera, la tira de fotos de la cabina. La levanté con cuidado.

En la primera estaba serio, en la segunda Lourdes ya se reía de mí y en la tercera aparecíamos completamente movidos. Pero la cuarta; la cuarta era mi favorita. No porque hubiera salido perfecta, sino porque ella no miraba a la cámara, me estaba mirando a mí. Pasé el dedo por el borde del papel y, sin darme cuenta, sonreí.

—Qué desastre sos... —murmuré. No sabía si hablaba de ella o de mí; capaz un poco de los dos. Guardé las fotos otra vez, respiré hondo y salí.

[*]

La cafetería todavía estaba vacía. Abrí las ventanas, encendí las luces y preparé la primera tanda de café.

Siempre me gustaba ese momento porque, durante unos minutos, todo parecía tranquilo. Hasta que la puerta se abrió de golpe.

—¡Buen día! —su voz llegó antes que ella. Entró con una bolsa de facturas en una mano y el celular en la otra—. Traje desayuno.

Levanté apenas una ceja.

—¿Con qué excusa?

—¿Hace falta una?

—No.

—Perfecto, entonces no inventemos ninguna.

Dejó la bolsa sobre la barra, se acercó a darme un beso rápido en la mejilla y empezó a hablar de un video, de un comentario y de un perro que, según ella, tenía cara de contador. Yo asentía, sonreía y contestaba, pero por primera vez desde que la conocía me costaba seguirle el ritmo.

— Y entonces le dije... —se quedó callada de repente.

La miré.

—¿Qué pasa?

Frunció apenas el ceño.

—¿Dónde estabas?

—¿Cómo?

—Hace como un minuto que no me escuchabas.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—Perdón, pensaba en otra cosa.

Ella me observó unos segundos y después apoyó la mano sobre la mía muy despacito. Había preocupación en sus ojos, lo que hizo que mentir pesara todavía más.

—¿Todo bien?

—Sí.

Ella sonrió.

—Bueno, volvé entonces. Te estaba contando una historia importantísima sobre un perro contador.

No pude evitar reírme.

—Perdón.

—Acepto las disculpas, pero vas a tener que escuchar el final.

—Trato hecho —asentí.

Ella siguió hablando y yo hice un esfuerzo enorme por escuchar cada palabra, porque sabía que algún día iba a extrañar incluso esas historias absurdas.

No pasó mucho hasta que la cafetería empezó a llenarse de pedidos, tazas, bandejas y clientes apurados, todo al mismo tiempo. Tomás apareció con dos jarras en las manos.

—Lucas.

—¿Qué? —respondí sin levantar la vista.

—¿Dormiste?

Me detuve apenas un segundo.

—Más o menos.

—Eso significa «no».

Seguí preparando un café.

—Puede ser.

Tomás no insistió; solo dejó una taza al lado mío.

—Ese es para vos.

Lo miré.

—Después.

—Ahora.

—Tomás...

—No me hagas usar mi voz de dueño.

Levanté una ceja.

—No sos el dueño.

—Pero puedo actuar como uno.

Sofía pasó por atrás.

—Confirmo. Es insoportable cuando se pone en ese papel.

Tomás sonrió, orgulloso.

—Gracias por el apoyo.

—No era apoyo, era una advertencia.

Los tres terminamos riéndonos y, durante unos minutos, todo volvió a sentirse normal. Pero mí cuerpo parecía tener otros planes. Mientras preparaba un café, sentí que el piso se movía apenas.

Fue un segundo, nada más. Apoyé una mano sobre la mesada, respiré despacio y esperé.

—Lucas —escuché.

Levanté la vista y vi a Tomás enfrente. Ya no sonreía

—Andá cinco minutos afuera.

Negué enseguida.

—Estoy bien.

Cruzó los brazos.

—No te pregunté, te dije.

Nos quedamos mirándonos.

—Cinco minutos suspiré.

—Cinco, nada más.

Asentí porque conocía esa expresión y sabía que discutir con Tomás era perder el tiempo. Mientras salía por la puerta trasera, alcancé a escuchar que Sofía decía "Yo cubro la barra" y Tomás respondía muy bajito "Gracias".

No hicieron ningún comentario ni ningún chiste; simplemente cubrieron mi lugar. Y, por primera vez, entendí que ya no eran solamente compañeros de trabajo, sino amigos que también estaban empezando a cuidar de mí.

[*]

Salí por la puerta trasera.

El aire frío me golpeó la cara apenas crucé el umbral y respiré hondo una, dos veces, hasta que el mareo empezó a aflojar. Apoyé los antebrazos sobre la baranda de metal que daba al pequeño patio de servicio.

No quería preocupar a nadie, solo necesitaba cinco minutos, nada más.

El celular vibró dentro del bolsillo. No hacía falta mirar la pantalla porque ya conocía ese número, pero contesté igual.

—Hola.

Del otro lado hablaron varios segundos. No respondí enseguida.

—Sí, lo sé.

Silencio otra vez. Apreté un poco más fuerte el teléfono.

—No, todavía no le dije nada.

Escuché y cerré los ojos.

—Entiendo. Voy a ir.

La llamada terminó y durante unos segundos seguí sosteniendo el celular contra la oreja, como si todavía hubiera alguien hablando del otro lado.

— Ey

La voz de Tomás me hizo girar. Había salido con dos vasos descartables y me alcanzó uno.

—Es agua, no café, porque ya tomaste demasiado.

Lo agarré.

—Gracias.

Se apoyó a mi lado sin preguntar nada y nos quedamos mirando el patio en silencio hasta que, después de un rato, volvió a hablar.




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