"Hay despedidas que no se dicen con palabras. Empiezan mucho antes, escondidas en silencios que todavía no sabemos interpretar."
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Lourdes ~*
Esa mañana me desperté con una sensación rara.
No era tristeza ni felicidad, sino esa tranquilidad absurda que aparece cuando todo parece estar exactamente donde tiene que estar. Mientras preparaba el desayuno, hice una lista mental de las cosas que más me gustaban de Lucas.
Que siempre me alcanzara una servilleta antes de que la necesitara, que supiera cuándo estaba por decir una pavada solo por la cara que ponía, que caminara del lado de la calle sin siquiera pensarlo y que me preguntara si había almorzado, incluso cuando él era el que más trabajaba. Y, que cada vez que me abrazaba, parecía hacerlo como si el resto del mundo desapareciera un ratito. Sonreí sola pensando en lo peligroso que era acostumbrarse tanto a alguien.
Cuando llegué a la cafetería, Tomás ya estaba acomodando unas cajas.
—Buen día.
—Buen día. ¿Y el señor puntual?
Tomás señaló la puerta del depósito.
—Llegó hace media hora.
Frunció el ceño.
—¿Y está ahí desde entonces?
—Más o menos. Dice que está ordenando, pero ya ordenó todo dos veces.
Eso me hizo reír apenas.
—Capaz encontró una nueva pasión.
Tomás negó con la cabeza.
—Ojalá —dijo esa frase sonriendo, pero sus ojos no acompañaban el gesto.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Nada, solo que esta actuando raro.
Asentí despacio. No era la primera vez que escuchaba a alguien decirlo y esa insistencia empezó a incomodarme.
Entré al depósito y encontré a Lucas acomodando bolsas de café por tamaño. No era necesario; ya estaban perfectamente ordenadas.
—¿Necesitás ayuda?
Se dio vuelta enseguida y sonrió.
—No, ya terminé.
Miré las estanterías y después lo miré a él.
—¿Seguro?
—Sí, dormí poco, nada más.
Otra vez esa respuesta.
Dormí poco.
Últimamente la repetía demasiado y yo, cada vez, le creía menos.
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El trabajo empezó a llenarse de clientes y durante un buen rato no hubo tiempo para pensar entre tantos pedidos, facturas y cafés. Una señora pidió un cortado y, cuando se lo llevé, recordó que en realidad quería un submarino.
Tomás pasó por mi lado murmurando.
—Hoy vinieron todos desconfigurados.
Me reí.
—Incluyéndonos.
—Especialmente nosotros.
Mientras preparábamos otro pedido, levanté la vista hacia Lucas. Seguía trabajando igual de bien que siempre, pero había algo distinto, como si todo le costara un poquito más, como si cada movimiento necesitara un esfuerzo que antes no existía.
Alrededor del mediodía, Tomás apareció con una idea, lo cual nunca era una buena señal.
—Necesito voluntarios.
Sofía levantó la vista sin frenar sus tareas.
—No.
—Todavía no dije para qué.
—No importa, la respuesta sigue siendo no.
Yo empecé a reírme mientras Tomás señalaba una bandeja.
—Tenemos cuatro medialunas que sobraron. Propongo un campeonato de velocidad; el que termina último lava todas las tazas del descanso.
Lucas levantó apenas una ceja.
—Eso es un premio o un castigo.
—Depende de cómo comas.
Cinco minutos después estábamos los cuatro alrededor de la mesa: yo, Lucas, Tomás y Sofía.
—Tres... dos... uno... ¡ya!
Duré exactamente quince segundos antes de empezar a reírme a mitad de la primera medialuna. Tomás ya iba por la segunda y Sofía negaba con la cabeza mientras comía con absoluta tranquilidad. Lucas, en cambio, simplemente dejó la suya sobre el plato.
—Me rindo.
Sofía lo miró sorprendido.
—¿Vos?
—No tengo hambre.
El silencio duró apenas un segundo antes de que Tomás sonriera.
—Perfecto, entonces lavás vos.
Lucas aceptó sin protestar, demasiado rápido.
Mientras todos volvían al trabajo, Tomás pasó a mi lado y me dijo muy bajito.
—¿Ves? No soy el único que lo nota .
No respondí porque yo ya empezaba a pensar exactamente lo mismo.
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Un rato más tarde, mientras preparábamos unos pedidos, me acordé de algo.
—¿Te acordás de que el mes que viene es el cumpleaños de mamá?
Lucas levantó la vista.
—Sí.
—Estaba pensando en organizar algo, podríamos ir todos a comer.
Hubo un silencio muy corto, pero suficiente para que lo notara.
—¿Lucas?
Parpadeó, como si recién volviera de muy lejos.
—Perdón ¿qué decías?
Lo miré unos segundos.
Era la tercera vez en el día y apenas pasaba del mediodía; algo le estaba pasando y ya no parecía solo cansancio.
Mientras llevaba una bandeja hacia una mesa, vi a Tomás acercarse a Lucas. No escuché qué le dijo, solo vi que le apoyaba una mano en el hombro. Lucas negó con la cabeza y Tomás insistió un segundo más antes de darle un pequeño golpe amistoso en el brazo para seguir trabajando.
Fue un gesto mínimo, pero se me quedó dando vueltas porque, por primera vez, sentí que no era la única que estaba empezando a preocuparse y notar esos pequeños cambios en Lucas.
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La cafetería quedó vacía durante unos minutos. Esos pequeños descansos entre un grupo de clientes y el siguiente siempre terminaban siendo mis favoritos.
Me acerqué hasta la barra cargando dos tazas.
—Descanso obligatorio.
Lucas levantó la vista.
—¿Quién lo decretó?
—Yo.
—Entonces no tiene validez legal.
—La tiene porque soy muy insistente.
Eso consiguió sacarle una sonrisa; una de verdad, aunque duró muy poco; cada vez parecían durar menos. Nos sentamos en la mesa del fondo, la misma de siempre, y apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Extrañaba estos momentos. —murmuré.
Sentí cómo apoyaba apenas la mejilla sobre mi pelo.
—Yo también.
Nos quedamos unos segundos sin hablar, escuchando únicamente el ruido lejano de la cafetera.