"Las palabras más difíciles no son las que hieren. Son las que podrían cambiarlo todo."
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Lucas ~
El café estaba especialmente tranquilo esa tarde, demasiado. Ni siquiera había cola en la caja y las mesas se iban vaciando de a poco, dejando que el ruido sordo de la máquina de espresso fuera lo único que rompiera el silencio. Tomás terminó de secar una taza, la dejó sobre el estante y miró alrededor con una mueca de desconfianza.
—Esto me da miedo.
Lourdes levantó la vista de la libreta donde anotaba un pedido.
—¿Qué cosa?
—Que no haya nadie —señaló el local vacío con la mano—. Porque cuando el universo se queda tan callado, es porque está preparando alguna.
Sofía pasó por atrás cargando una bandeja.
—¿Siempre sos tan dramático?
—No, tengo experiencia. Las tragedias siempre empiezan cuando alguien dice «Qué día tranquilo».
Lourdes soltó una carcajada.
—Bueno... ¡qué día tranquilo!
Tomás abrió los ojos de par en par.
—¡No! ¡No digas eso!
—Ya lo dijo —comentó Sofía, resignada—. Ahora seguro se corta la luz, o viene un contingente de jubilados, o ambas.
Los cuatro terminamos riéndonos y, por unos minutos, todo volvió a sentirse exactamente igual que antes, como si nada estuviera cambiando y yo todavía supiera cómo sostener esa normalidad prestada. Pero la tranquilidad duró muy poco; no porque pasara algo externo, sino porque yo ya no sabía cómo fingir que el suelo no se me estaba desmoronando bajo los pies. Cada vez que Lourdes sonreía sentía un nudo frío en el pecho, y cada vez que hablaba del fin de semana, del mes siguiente o del verano, yo solo podía repetirme una única pregunta en bucle.
¿Y si no puedo prometerle nada de eso?
—Lucas... —la voz de Lourdes me sacó de golpe del colapso.
Parpadeé y la miré desde la otra punta de la barra.
—¿Sí?
—Hace cinco minutos que tenés la misma taza en la mano.
Bajé la vista. Era verdad; todavía no la había lavado.
—Perdón.
Ella sonrió, aunque había algo en su mirada que ya no terminaba de cerrar.
—Te cobro alquiler si seguís abrazándola.
Intenté reírme, pero me salió una mueca muy chiquita. Lo vi en su cara; ella también lo notó, porque dejó de sonreír apenas un instante, muy poquito, pero alcanzó para que el aire se pusiera espeso.
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Un rato después apareció un cliente habitual.
—¡Lucas! ¿El café de siempre?
Asentí automáticamente. Preparé el pedido, lo serví y el hombre dio el primer sorbo.
—Perfecto, como siempre. Gracias.
Volví a asentir, pero ni siquiera escuché el resto de lo que decía. Estaba demasiado ocupado intentando mantener la cabeza fija en ese lugar. No en el hospital, no en los estudios, no en el sobre blanco que seguía guardado bajo llave en el cajón de casa, sino acá. En la cafetería. Con Lourdes. Con Tomás. Con esta vida que tanto miedo me daba perder.
Durante el descanso nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa. Tomás había llevado unas galletitas, Sofía un paquete de yerba nueva y Lourdes apareció con un recipiente lleno de budín.
—Lo hice yo.
Tomás la miró desconfiado.
—¿Tenemos que firmar un consentimiento antes?
—Qué malo sos.
—Pregunto por seguridad laboral.
Sofía cortó un pedazo, probó y levantó el pulgar.
—Está rico.
Tomás respiró aliviado.
—Bueno, entonces sí —probó un bocado y abrió los ojos—. Pará... está muy rico.
Lourdes levantó los brazos como si hubiera ganado un mundial.
—¡¿Vieron?! Lucas... decí algo.
Todos me miraron. Probé apenas un pedazo; realmente estaba bueno.
—Está rico.
Ella sonrió enseguida, una sonrisa enorme de esas que iluminaban cualquier rincón.
—¿En serio?
—Sí, mucho.
La vi ponerse contenta por un detalle tan pequeño y sentí una punzada filosa en el pecho, porque llevaba semanas ocultándole la única cosa que de verdad importaba.
Cuando Lourdes fue al depósito a buscar unas cajas, Tomás se acercó despacio a la barra. No dijo nada durante unos segundos, limitándose a secar vasos con una concentración exagerada, hasta que habló muy bajito, cuidando que nadie más escuchara.
—¿Cuándo pensás contárselo?
Seguí limpiando la cafetera sin levantar la vista.
—¿Contarle qué?
Tomás soltó un suspiro pesado.
—No me tomes por boludo, Lucas.
Levanté la cabeza. Él seguía mirando el vaso, no a mí.
—No sé qué está pasando, pero hace un mes que te conozco la misma cara, y hace dos semanas que Lourdes hace como si no la viera.
Tragué saliva. No respondí nada.
Tomás dejó el vaso sobre la madera con suavidad.
—No hace falta que me lo cuentes a mí, pero no la dejes sola imaginándose cosas. Porque cuando uno quiere mucho a alguien, la cabeza siempre inventa historias peores que la realidad.
Me dio una palmada muy suave en el hombro y se apartó para atender a un cliente. Yo me quedé completamente inmóvil, porque por primera vez alguien había puesto en palabras exactas el miedo que llevaba días intentando ignorar.
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Cuando terminó el turno, Lourdes dejó el delantal sobre la barra y empezó a guardar sus cosas mientras yo todavía fingía acomodar unas tazas. Sentí que alguien se detenía a mi lado.
—¿Caminamos?
Levanté la vista y asentí despacio.
—Sí.
Tomás apareció detrás de nosotros cargando una bolsa de basura en la mano, nos miró unos segundos y señaló la puerta con la barbilla.
—Vayan, acá terminamos nosotros.
—Pero faltan... —intenté decir.
—Lucas —me interrumpió con firmeza—. Andá.
No discutí; solo asentí. Antes de salir, Sofía levantó una mano desde la cocina.
—Nos vemos mañana.
Lourdes sonrió con levedad.
—Hasta mañana.
Tomás también levantó la mano, pero se quedó mirándome directo a los ojos.
—Y vos, dormí. De verdad.