¿que se supone que somos?

Capitulo 31. Ya no alcanza

"Hay un límite para todo. Incluso para las personas que creen que pueden seguir diciendo «estoy bien» cuando ya no les queda fuerza para sostener esa mentira."

[*]

Lourdes ~

Aquella mañana tuve la sensación de que algo iba a salir mal. No era una corazonada de película ni una señal del universo; simplemente había amanecido con un peso raro en el pecho, como cuando uno siente que olvidó algo importante antes de salir de casa pero no logra descubrir qué.

Intenté no darle importancia, repitiéndome que estaba exagerando, que seguramente era cansancio, ansiedad o simplemente una de esas mañanas. Pero la sensación no se iba.

Lucas llegó antes que todos, como siempre. Cuando entré ya había levantado la persiana, preparado la primera tanda de café y acomodado las mesas de la vereda. Lo encontré colocando unas tazas en el estante.

—Buen día —le sonreí.

Se dio vuelta enseguida.

—Buen día.

Me devolvió la sonrisa; era la misma de siempre, pero ya no llegaba a los ojos. Y eso, últimamente, empezaba a pasar demasiado seguido.

Tomás apareció apenas unos minutos después cargando dos cajas enormes.

—¿Alguien me explica por qué el proveedor cree que soy Hulk?

Lucas caminó inmediatamente para ayudarlo y le quitó una de las cajas de las manos.

—Dame.

—Gracias, ya me estaba replanteando la jubilación —respondió él.

Sofía entró detrás de ellos.

—¿Otra vez dramatizando?

—No dramatizo, estoy lesionado emocionalmente.

Todos nos reímos, incluso Lucas. Fue una risa cortita, pero alcanzó para aliviar el ambiente por unos segundos.

[*]

A las ocho y media la cafetería ya estaba llena.

Había clientes esperando mesa, pedidos para llevar y personas hablando al mismo tiempo. La máquina de espresso no paraba y el timbre de la puerta sonaba cada pocos minutos en uno de esos días donde nadie tenía tiempo de pensar, solo de hacer. Tomás tomaba pedidos, Sofía llevaba bandejas, yo preparaba cafés fríos y Lucas manejaba la máquina principal, como siempre.

Solo que había algo raro.

No era un error ni un olvido; era el ritmo. Él siempre parecía anticiparse a todo, pero ese día iba un segundo detrás. Y yo era la única que parecía notarlo

—Lucas —lo llamé mientras acomodaba unas tazas.

Levantó la cabeza.

—¿Sí?

Le alcancé un vaso con agua.

—Tomá.

Me miró confundido.

—¿Por?

—Porque hace una hora que no tomás nada.

Sonrió apenas.

—Gracias.

Bebió un solo trago y después volvió inmediatamente al trabajo, como si incluso detenerse diez segundos fuera demasiado.

Cerca de las diez, Tomás pasó junto a él y lo observó unos segundos.

—Sentate cinco minutos.

Lucas ni levantó la vista.

—No hace falta.

—Hace media hora que no parás.

—Estoy bien.

Tomás dejó la bandeja sobre la barra, se cruzó de brazos y lo interrogó con la mirada.

—¿Dormiste?

—Sí —mintió.

Yo estaba demasiado cerca para escuchar la respuesta, y demasiado cerca también para notar la expresión de Tomás, no le creyó ni un poco. Pero había tantos clientes esperando que no tuvo más remedio que seguir trabajando, no sin antes murmurar por lo bajo antes de alejarse

—Después hablamos.

Lucas no respondió.

Aproveché un momento sin clientes para acercarme otra vez.

—¿Te hago un café?

Él levantó una ceja.

—¿Vos haciéndome café a mí?

—No critiques mi talento.

—Me da miedo.

Le saqué la lengua.

—Maleducado.

Preparé uno igual y, cuando se lo alcancé, nuestras manos se rozaron. Me quedé completamente quieta, estaban heladas, no frías, heladas.

—Lucas...

Él retiró la mano enseguida, demasiado rápido.

—Gracias.

Y cambió de tema otra vez.

—¿Cómo iba el video que estabas editando?

Lo miré unos segundos. Sabía perfectamente que acababa de esquivar la conversación, pero también sabía que insistir ahí, delante de todos, no iba a servir de nada. Suspiré.

—Bien, aunque todavía no elijo la música.

—Después la vemos —sonrió.

Yo asentí, pero la preocupación seguía ahí, cada vez más grande.

[*]

Alrededor del mediodía entró un grupo enorme de estudiantes y el local volvió a llenarse. Tomás ya estaba tomando pedidos incluso antes de que terminaran de sentarse.

—¡Lucas, cinco cafés dobles! ¡Lourdes, tres licuados! ¡Sofía, mesa seis!

Todo el mundo hablaba al mismo tiempo.

Yo iba de una punta a la otra intentando no olvidarme de nada, pero cuando pasé junto a la máquina vi a Lucas apoyar una mano sobre la mesada muy despacio, como si necesitara sostenerse apenas un segundo. Pensé en acercarme, pero justo un cliente me llamó.

—Disculpá, ¿podés traer otra cucharita?

—Sí, ya voy.

Fui, volví, y Lucas seguía trabajando como si nada hubiera pasado.

Pero algo dentro de mí ya no conseguía tranquilizarse, y sin saber por qué, empecé a apurarme, como si quisiera terminar todo antes de que ocurriera algo que todavía no podía nombrar.

[*]

El mediodía convirtió la cafetería en un caos absoluto, la máquina de café no paraba, las comandas se acumulaban sobre la barra y Tomás iba de una mesa a otra casi sin respirar.

—¡Lucas, dos capuchinos! ¡Lourdes, mesa cuatro! ¡Sofía, pedido para llevar!

Todo ocurría al mismo tiempo y, aun así, yo no podía dejar de mirar de reojo a Lucas. Algo estaba mal; ya no era una intuición, era una certeza absoluta. Lo vi preparar un café, después otro y otro más, hasta que de golpe se quedó completamente quieto con una mano apoyada sobre la máquina y la otra todavía sosteniendo una taza. No reaccionaba ni parecía escuchar el ruido ensordecedor del local.

—Lucas... —lo llamé desde la barra.

No respondió. Sentí un frío helado recorrerme la espalda cuando dejó escapar el aire muy despacio, como si respirar se hubiera vuelto un esfuerzo titánico. La taza resbaló entre sus dedos y la alcanzó antes de que golpeara el piso, pero el movimiento fue torpe, muchísimo más torpe que cualquiera de los suyos.




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