"A veces el mayor acto de valentía no es seguir resistiendo, es aceptar ya no hacerlo solo"
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Lucas ~
El camino hasta el hospital transcurrió en silencio.
Tomás manejaba con las dos manos firmes sobre el volante, con la radio apagada, sin siquiera intentar encenderla; supongo que entendió que había silencios que no necesitaban llenarse. Apoyé la frente contra el vidrio de la ventanilla mientras los edificios pasaban uno detrás de otro: la gente esperando el colectivo, dos chicos saliendo risueños de una escuela y una mujer paseando un perro enorme que insistía en detenerse cada dos metros para oler absolutamente todo. La ciudad seguía funcionando como si nada, como si el mundo no pudiera darse cuenta de que el mío acababa de frenarse.
Tomás habló recién después de varias cuadras.
—¿Hace cuánto?
No necesitó aclarar la pregunta; sabía perfectamente a qué se refería. Tragué saliva.
—Un tiempo.
Él soltó una risa sin humor.
—«Un tiempo» pueden ser dos semanas o dos años.
Miré mis manos.
—Unos meses.
Esta vez el silencio fue distinto, mucho más pesado. Tomás respiró hondo.
—¿Y durante esos meses viniste solo?
Asentí.
—Siempre.
Volvió a apretar el volante, no con bronca, sino con impotencia.
—Sos un idiota.
La frase me hizo levantar apenas la cabeza, pero no sonó agresiva, sino triste.
—Lo sé.
—No, no lo sabés. Porque si realmente lo supieras, no habrías esperado hasta desmayarte casi en la cafetería.
Bajé otra vez la vista. No tenía fuerzas para discutir porque, en el fondo, tenía razón.
Pasaron unos minutos más y pensé que la conversación había terminado, pero volvió a hablar.
—¿Los mareos empezaron antes?
Asentí.
—¿Y el cansancio?
Otra vez asentí.
—¿Las noches sin dormir?
No respondí porque ya conocía la respuesta, y Tomás también. Golpeó suavemente el volante con la palma de la mano.
—La puta madre, Lucas...
Nunca lo había escuchado decir una mala palabra con tanta bronca. No estaba enojado conmigo; estaba enojado por mí, y eso dolía mucho más.
Cuando estacionó frente al hospital apagó el motor, pero ninguno de los dos bajó enseguida. Él seguía mirando el parabrisas y yo mis zapatillas, hasta que, sin dejar de mirar al frente, preguntó.
—¿Quién te convenció de que tenías que cargar con todo vos solo?
La pregunta me atravesó de golpe, no porque no supiera responderla, sino porque jamás me la había hecho. Respiré hondo.
—No quería preocupar a nadie.
Tomás giró lentamente la cabeza hacia mí con los ojos llenos de cansancio, pero también de algo que pocas veces mostraba.
Cariño.
—¿Y vos?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—¿Quién se preocupa por vos?
Sentí un nudo enorme en la garganta. No encontré ninguna respuesta porque nunca había pensado en eso, ni una sola vez.
Tomás soltó un suspiro y después apoyó una mano sobre mi hombro.
—Escuchame una cosa.
Levanté apenas la cabeza.
—Vos sos de esos boludos que creen que querer a alguien significa protegerlo de todo.
No pude evitar sonreír un poco, muy poco.
—Capaz.
—No «capaz». Seguro —hizo una pausa—. Pero proteger también es dejar que te ayuden. No esconderte hasta que el cuerpo diga basta.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Nunca imaginé que Tomás pudiera hablar así; siempre hacía chistes y encontraba la forma de hacer reír a todos, pero en ese momento no estaba intentando hacerme sentir mejor, estaba intentando salvarme.
[*]
Bajamos del auto y el olor a desinfectante apareció incluso antes de entrar. Las puertas automáticas se abrieron lentamente y otra vez tuve esa sensación horrible de estar regresando a un lugar del que nunca había terminado de irme.
La recepcionista levantó la vista apenas crucé la puerta y me reconoció enseguida; eso, de alguna forma, fue peor.
—Buen día, Lucas.
Asentí apenas.
—Buen día.
Tomás miró la escena en silencio. No preguntó nada, pero entendí que acababa de descubrir algo más; yo ya era conocido ahí, demasiado conocido.
Nos sentamos en la sala de espera. Todo seguía exactamente igual que siempre. La televisión encendida sin volumen, las revistas viejas sobre una mesa, el sonido lejano de un monitor, una señora sosteniendo la mano de un hombre mayor, un adolescente haciendo girar nervioso una lapicera y un nene durmiendo profundamente apoyado sobre el hombro de su mamá.
Todos esperaban algo. Yo también.
Solo que, por primera vez, no estaba seguro de querer escuchar lo que venía después.
Tomás desapareció unos minutos y volvió con dos vasos de plástico. Uno tenía café y el otro agua, me extendió el agua.
—Tomá.
Lo agarré, no porque tuviera sed, sino porque necesitaba hacer algo con las manos para dejar de sentir que me temblaban. Él dio un sorbo al café e hizo una mueca.
—Está horrible.
Lo miré de reojo.
—¿Y entonces por qué lo compraste?
—Porque cuando estoy nervioso hago compras impulsivas.
Resoplé una risa pequeña, casi imperceptible. Él sonrió apenas.
—Ahi está.
—¿Qué?
—Hace rato que no te escuchaba reír.
Por primera vez en toda la mañana, sentí que el peso sobre el pecho aflojaba apenas un poco porque entendí algo.
No estaba solo, aunque todavía me costara creerlo.
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Lourdes ~
El mensaje me llegó mientras estaba acostada.
Lucas: ¿Podemos vernos mañana?
Lo leí una vez, después otra, y una tercera; no porque no entendiera lo que decía, sino porque, después de todo lo que había pasado durante las últimas semanas, por fin había algo distinto. No era un «después hablamos», «estoy cansado» o un «no pasa nada». Era una pregunta, una que parecía pedir mi ayuda.
Sentí un pequeño nudo en el pecho y mis dedos se movieron antes de que pudiera pensarlo demasiado.