"La verdad no resolvió nuestros problemas. Solo dejó de separarnos."
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Lourdes ~
Desperté antes de que sonara la alarma y me quedé unos segundos mirando el techo. La habitación era la misma, mi ropa seguía tirada sobre la silla y el despertador marcaba las seis y media. Nada había cambiado, pero al mismo tiempo, todo era distinto. Por primera vez en semanas ya no tenía que preguntarme qué le estaba pasando a Lucas; ahora lo sabía, y aunque esa verdad dolía, también me daba una tranquilidad extraña. Ya no había una pared entre nosotros. Ahora había algo mucho más difícil.
Aprender a vivir con lo que había detrás de ella.
Cuando llegué a la cafetería, Lucas ya estaba levantando la persiana, como siempre. Se dio vuelta al escuchar mis pasos y por un instante ninguno dijo nada, hasta que me regaló una sonrisa tímida. Me acerqué y, sin pensar en quién pudiera vernos, lo abracé. Él respondió al abrazo enseguida.
—Buen día —murmuré.
—Buen día —respondió bajito.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que ese «buen día» era completamente sincero.
—Bueno ¿piensan soltarse o tengo que empezar a cobrar entrada? —la voz de Tomás nos hizo separarnos de golpe.
Me reí entre avergonzada y divertida mientras Lucas rodaba los ojos.
—No empieces.
Tomás dejó una caja sobre el piso, cruzó los brazos y nos miró a los dos antes de regalaros una sonrisa tranquila.
—Al fin.
Lucas bajó la cabeza.
—Sí, al fin.
No hizo falta explicar nada más; Tomás entendía perfectamente. Y, por alguna razón, eso me emocionó, porque ya no era solamente mi amigo, también era alguien que había decidido quedarse al lado de Lucas.
La mañana empezó tranquila. Mientras acomodábamos las mesas, me descubrí observando a Lucas todo el tiempo. Si levantaba una caja, yo ya estaba a su lado.
—La llevo yo.
—Lourdes...
—No pesa nada.
—Justamente por eso, la puedo llevar yo.
Le saqué la caja igual y él suspiró resignado. Tomás nos miró desde la máquina de café.
—¿Siempre van a discutir por cajas?
—No estamos discutiendo —respondimos los dos al mismo tiempo.
Tomás levantó las manos en señal de tregua.
—Está bien, no me meto. Pero empiecen a cobrar por el espectáculo.
Lucas soltó una risa, yo también, y por unos segundos todo pareció normal.
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Durante el turno repetí la misma pregunta demasiadas veces.
—¿Estás bien?
—Sí.
Cinco minutos después.
—¿Seguro?
Lucas sonrió con paciencia.
—Sí.
Otros diez minutos.
—¿Necesitás sentarte?
Él dejó el repasador sobre la mesada, me miró y, con muchísima ternura, dijo.
—Lourdes, si seguís preguntándome cada cinco minutos cómo estoy, voy a empezar a pensar que tengo cara de moribundo.
Abrí mucho los ojos.
—¡No quise decir eso!
Él soltó una carcajada, una de verdad, y Tomás apareció enseguida.
—¿Qué pasó?
Lucas seguía riéndose.
—Nada. Mi novia está intentando cuidarme tanto que en cualquier momento me pone un casco para hacer café.
No pude evitar reírme también.
—No sería mala idea.
—¿Ves? —dijo él señalándome—. Ese es exactamente el problema.
Tomás negó con la cabeza.
—Yo me voy a tomar un café antes de que Lourdes aparezca con un botiquín.
—¡No soy tan exagerada!
Los dos me miraron y contestaron al unísono:
—Sí sos.
—Traidores.
Cuando llegó el horario del almuerzo y el local quedó vacío, los tres nos sentamos alrededor de una de las mesas. Tomás sacó un sándwich enorme de su mochila.
—Hoy traje comida para compartir.
Lucas levantó una ceja.
—¿Desde cuándo sos generoso?
—Desde que me di cuenta de que si no comen bien, después tengo que escuchar sus dramas.
Me reí.
—Qué considerado.
—No lo soy, solo quiero paz.
Los tres terminamos riéndonos mientras Tomás partía el sándwich en tres partes. La más grande terminó frente a Lucas, quien la miró intrigado.
—¿Esto es para mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Tomás se encogió de hombros.
—Porque te conozco.
Lucas sonrió.
—Gracias.
—No te emociones, la próxima te cobro.
—Ahí está el Tomás de siempre.
Nos reímos otra vez y fue en ese momento cuando me di cuenta.
Hacía muchísimo que no escuchaba reír así a Lucas. No era una risa forzada ni una sonrisa para tranquilizarme; era él, simplemente él. Y quizás eso era lo que teníamos que aprender.. No a vivir como si nada estuviera pasando, sino a seguir encontrando momentos normales incluso cuando atravesáramos algo difícil.
[*]
A la tarde, mientras limpiábamos la barra, volví a acercarme.
—¿Estás...?
Lucas levantó un dedo antes de que terminara la frase.
—No.
Me crucé de brazos.
—Ni siquiera terminé.
—Ibas a preguntar si estaba bien.
Sonreí.
—Puede ser.
Él dejó el repasador, se acercó y tomó mis manos.
—Escuchame.
Asentí.
—Sé que tenés miedo, yo también. Pero necesito que no empieces a tratarme como si ya no pudiera hacer nada.
Sentí un nudo en la garganta.
—No es eso.
—Entonces ¿qué es?
Respiré profundo.
—Tengo miedo de perderte. Y cada vez que te veo levantar una caja, o cansarte, o quedarte callado... mi cabeza imagina mil cosas. No sé cómo dejar de hacerlo.
Lucas acarició con el pulgar el dorso de mi mano.
—Yo tampoco sé cómo vivir con todo esto. Pero podemos aprender juntos, ¿sí?
Las lágrimas amenazaron con salir otra vez, pero me mantuve firme y asentí.
—Juntos.
Él apretó suavemente mis manos.
—Juntos.
Y esa vez no hizo falta prometer nada más.
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Lucas ~
Cuando terminamos el turno, cerré la puerta de la cafetería. Tomás ya se había ido, pero antes de salir nos había dejado un mensaje en el grupo: