"Hay lugares que dejan de dar miedo cuando la mano correcta encuentra la tuya"
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Lourdes ~
Nunca me habían gustado los hospitales: ni el olor, ni las paredes demasiado blancas, ni ese silencio extraño que parecía envolver cada pasillo. Tampoco me gustaban las personas que hablaban demasiado bajito, como si cualquier palabra dicha en un tono normal pudiera romper algo. Pero esa mañana descubrí que podían gustarme todavía menos cuando Lucas estaba del otro lado de una puerta.
Me desperté temprano, mucho antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos me quedé mirando el techo, intentando convencerme de que no estaba nerviosa, pero no funcionó. Había pasado toda la noche pensando en la consulta. En lo que podía pasar, en lo que Lucas podía escuchar y, sobre todo, en lo que yo no podía controlar.
Antes de salir, mamá me encontró en la cocina tomando un café que ya se había enfriado. Me miró y después miró la taza.
—¿Hace cuánto estás ahí?
—No sé.
—Eso explica por qué el café está frío.
Sonreí apenas.
—Hoy acompaño a Lucas.
Mamá dejó lo que estaba haciendo.
—¿Al hospital?
Asentí. No dijo nada durante unos segundos; después se acercó y me acomodó el pelo detrás de la oreja.
—Entonces acompañalo de verdad.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no intentes solucionar todo. Solo asegurate de que no tenga que atravesarlo solo.
Bajé la mirada.
—Voy a intentarlo.
—Con eso alcanza.
Cuando llegué a la cafetería, Tomás y Sofía ya estaban ahí. Sofía acomodaba unas tazas mientras Tomás intentaba abrir una caja de insumos que claramente había sido diseñada por alguien que odiaba a la humanidad.
—¿Necesitás ayuda? —pregunté.
Tomás levantó la caja.
—Necesito un abogado.
Sofía se rió, se la quitó de las manos y abrió la caja en menos de diez segundos. Tomás la miró ofendido.
—¿Cómo hiciste?
—Usé el cerebro.
—Qué concepto novedoso.
Me reí. Por unos segundos todo se sintió normal, hasta que miré hacia la puerta; Lucas todavía no había llegado. Tomás siguió mi mirada.
—Va a venir.
—Lo sé —asentí.
Sofía dejó una taza sobre la barra.
—¿Hoy es la consulta?
La miré sorprendida, pero ella se encogió de hombros.
—Escuche a Tomás hablar ayer.
Tomás levantó una mano defensiva.
—Yo no hablo de más.
Sofía y yo lo miramos al mismo tiempo.
—¿Qué?
—Nada —respondimos a la par.
La puerta se abrió unos minutos después y Lucas entró. Tenía la campera puesta y una expresión tranquila, demasiado tranquila, pero cuando me vio, ese gesto cambió solo un poquito.
—Buen día.
—Buen día —me acerqué—. ¿Listo?
Hizo una pequeña mueca.
—No.
Sonreí.
—Perfecto, por qué yo tampoco.
Tomás apareció detrás de nosotros.
—Qué hermoso equipo de optimistas.
Lucas soltó una risa.
—¿Vos no venís?
—No —negó Tomás.
Sofía me señaló.
—Yo cubro acá.
Tomás levantó una ceja.
—Y yo vigilo que nadie queme la cafetería.
Sofía lo miró fijamente.
—En ese caso debería vigilarte yo a vos.
—Detalles.
Lucas sonrió, y esa sonrisa me tranquilizó un poco.
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—No hacía falta que vinieras —dijo mientras esperábamos el ascensor.
Lo miré de reojo.
—¿Cuántas veces hiciste esto solo?
Desvió la mirada sin responder y yo sonreí con tristeza.
—Exacto. Entonces sí hacía falta.
El ascensor se abrió con un sonido metálico y entramos.
Ninguno habló durante los pocos pisos que tardó en subir. Lucas mantenía las manos dentro de los bolsillos y yo podía notar que movía apenas los dedos, visiblemente nervioso. Sin decir nada, busqué su mano. Él me miró sorprendido, pero entrelazó sus dedos con los míos y no volvió a soltarme.
La sala de espera estaba llena.
Una pareja mayor estaba leyendo una revista, una mujer intentando entretener a un nene con un rompecabezas, un chico durmiendo apoyado sobre el hombro de su mamá... Todos esperaban, todos tenían miedo de algo y, por primera vez desde que conocía la verdad, sentí que no éramos los únicos intentando aprender a vivir con algo que nunca habíamos elegido.
Lucas parecía conocer el lugar de memoria; sabía dónde estaba la máquina de agua, dónde quedaban los baños y cuál era el consultorio. Eso me partió el alma, porque significaba que había estado ahí demasiadas veces solo. Apreté un poco más su mano y él me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Lourdes...
—Nada.
Sonrió.
—Mentís bastante mal.
—Aprendí de vos.
Su sonrisa desapareció apenas y volvió a surgir, pero esta vez no fue un gesto triste, sino una pequeña sonrisa de verdad.
Una enfermera apareció en la puerta.
—Lucas.
Él se puso de pie y me miró.
—No voy a tardar mucho
Asentí.
—Te espero.
Antes de entrar, se inclinó un poco y apoyó su frente contra la mía.
—Gracias.
—Volvé.
—Siempre.
Lo vi desaparecer detrás de la puerta y recién entonces me di cuenta de que había estado apretando la mandíbula. Solté el aire lentamente y saqué el celular. Tenía un mensaje de Vale.
Vale: ¿Cómo está?
Le respondí enseguida:
Lourdes: Nervioso.
Vale: ¿Y vos?
Me quedé mirando la pantalla.
Lourdes: También.
Vale: Entonces acordate de respirar.
Sonreí. Vale siempre tenía una forma bastante sencilla de decir las cosas más importantes.
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Los minutos pasaban.
Miraba el reloj, después la puerta, después otra vez el reloj; nunca cinco minutos me habían parecido tan largos. Finalmente, Lucas salió. Me puse de pie enseguida.
—¿Todo bien?
Asentí.
—Sí.
Pero estaba agotado. No triste ni asustado, solo cansado, como si aquella consulta hubiera consumido mucho más que media hora. Me acerqué.