La vida es cruel conmigo. Mi mala suerte es demasiado para alguien como yo y estoy seguro que cuando Dios repartió la buena suerte yo estaba dormido. Anoche me la pasé buscando canciones que probablemente le hubieran gustado a Dorian. Yo, Nicolás Liú saliendo de su zona de confort respecto a la música y obvio que eso lo hice por el bien artístico de Dorian, ¿qué pasaría si arruino su creatividad? Me sentiría fatal. Lo malo es que avisaron de un entrenamiento a último minuto y ahora no puedo ir al club de arte. Me quedé con las ganas de enseñarle la playlist que hice a Dorian, obviamente coloqué canciones que me gustan desde siempre para que el castaño no se diera cuenta de nada.
El entrenador nos pone a correr en círculos y empiezo a imaginar escenarios ficticios para ignorar el ardor que empiezo a sentir en mis piernas. El festival máster no tarda en comenzar y los entrenamientos han sido más duros de lo que usualmente son. Dejamos de correr y nos ponemos a hacer desplazamientos laterales.
Aunque no dormí bien, no estoy tan cansado como ayer, pero aun así me pone un poco mal no poder dar mi cien por ciento.
¿Para qué práctico algo si no voy a sobresalir?
No quiero ser el mejor, solo quiero que alguien note lo mucho que me esfuerzo y cuanto me apasiona jugar, pero siendo sincero el voleibol ha dejado de apasionarme desde hace mucho tiempo. Juego, práctico y entreno en automático. No siento nada. Creo que desde hace tiempo ya nada me apasiona como lo hacía antes.
Soy un maldito cascarón vacío con la urgencia absurda de querer sentir algo.
Ya no quiero estas estúpidas piedras en mi pecho, esas que arrojé creyendo que llenarían el hueco, pero que solo me han hecho sentir pesado, aplastado en mentiras que he creado para sentirme mejor e ignorar la sensación de insuficiencia que me tengo.
—¡Nicolás!
El grito de alguien me saca de mis pensamientos y no tardo en caer al piso por un balonazo en el rostro.
Todo me da vueltas.
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El entrenador me dijo que tengo que descansar.
Llevo dos partidos del festival máster sin asistir.
Llevo quince días sin dormir bien.
Llevo quince días llorando por no hacer nada más que mirar.
Llevo quince días preguntándome desde cuando me siento mal.
Entro al salón de artes, el aroma se ha vuelto tolerable, pero sigo sintiéndome adormilado cuando duro más de una hora dentro. Me siento en la esquina de siempre y comienzo a trazar líneas dispersas en el sketchbook improvisado que conseguí en una tienda de cosas chinas.
Mi mente me sigue castigando por el simple hecho de fallar una vez.
En mis audífonos suena Things To Do de Alex G. La letra solo me hace sentir peor.
«Aférrate a este tiempo, este lugar, porque todo lo que conoces será borrado».
No suelo ser de los que se doblan por cosas así de simples, incluso creo que es más una cuestión de ego. Pero me desconozco tanto en estos momentos que saber el porque me siento así parece imposible.
«Eres solo un chico, no eres un hombre y nadie que conoces lo entenderá».
Siento la mirada de Dorian, no dice nada y cuando alzo la vista él observa la entrada del salón.
—¿Por qué me miras tanto? ¿Te gusto? —bromeo, intentando no verme para la mierda.
El balbucea un par de cosas, gira su cabeza y mueve su mano restándole importancia.
Después de tanto tiempo realmente río porque algo me da risa y no por obligación.
—¿Por qué te ríes? —pregunta. Me encojo de hombros.
—Creo que a veces eres algo torpe —él no dice nada, regresa su atención a su lienzo—. Eres bueno dibujando, no te lo había dicho, pero… bueno, eres asombroso.
—¿Tú crees? —se gira para verme, tiene esa ilusión que a uno le da cuando escuchan el cumplido que siempre han querido escuchar. Asiento con una sonrisa en el rostro—. Tú también eres bueno en el voley. Cuando saltas parece que vuelas.
Aquellas piedras que tenía en el fondo de mi pecho ahora pesan menos con esas palabras. ¿Desde hace cuánto tiempo no me habían dicho algo así?
Dorian nota mi desconcierto, tartamudea un par de palabras que no entiendo porque parece que no tienen sentido alguno.
—No quiero incomodarte —dice y siento como mi cuerpo se pone tenso—. Sé que no has ido a tus entrenamientos —no sé qué cara estoy haciendo y él agrega—: Lo digo porque vienes todos los días…
—Tome un descanso, no puedo ser una súper estrella siempre.
—¿El capitán puede tomar descansos?
«No. Pero quizá no soy un buen capitán».
—Por supuesto —digo, moviendo la libreta en mi mano—. Además, no sé si lo notas pero estoy mejorando muchísimo.
El castaño parece no creerme en lo absoluto. Mi miedo de que haga una pregunta incómoda me gana y termino soltando una estupidez:
—¿Por qué estás tan al pendiente de mí? —arqueo la ceja— ¿Si te gusto?