Han pasado dos semanas desde que Clara se enteró de que Michael es su padre. Como cada noche, luego de que Laura le lea un cuento y le dé un beso de buenas noches, ella conversa con su muñeca.
—Sabes Leti, Michael es mi papi, estoy muy feliz con la noticia,— le informa a su gran compañera, que, aunque no lo sabe, también es su guardiana.
—Mi mami lo presentó formalmente en el colegio, incluyéndolo como representante y autorizándolo para buscarme. Así que aproveché para presentárselo a mis amigos, especialmente a Kevin y Stephanie, que son mis mejores amigos y le hicieron muchas preguntas. Son unos curiosos— dice, sonriendo al recordar sus caras cuando llegó con su papá al salón de clases.
—Estoy muy feliz y, aunque agradezco mucho eso, quiero que vivamos los tres juntos. Mi mami sonríe mucho y sus ojos se iluminan cuando está con mi papi, pero no sé qué es lo que falta para que podamos ser una familia. Algunas veces los adultos son tan difíciles de entender— reflexiona, confundida, negando con su cabecita.
—Según Stephanie, quien acaba de tener un hermanito, los padres deben dormir juntos. Así que si no nos mudamos a la casa de mi papi, jamás voy a ser hermana mayor— suspira, ya que ese es otro gran anhelo.
—¿Crees que si le escribo a Santa otra vez, recordándole que quiero una familia, estaría bien?— pregunta, y luego niega con la cabeza. —No quiero ser fastidiosa. Sé que Santa tiene muchas peticiones que atender. ¿Será que, como dice la abuela, esta es una de esas situaciones donde ‘hay que dejar fluir’? No entiendo muy bien qué significa, pero parece que tiene que ver con que las cosas pasen a su ritmo,— dice rodando los ojos mientras abraza a su muñeca.
—Creo que mejor me duermo, a ver si el tiempo pasa más rápido,— dice, recostándose en la cama y bostezando. “Hasta mañana, Leti.”
Santa, que seguía muy pendiente del caso, había escuchado la conversación a través de Leti. Sonreía porque, a pesar de la impaciencia de la niña, cosas mágicas ocurrían sin que ella lo supiera. Solo debía esperar. Sus viejos huesos le pedían seguir el ejemplo de la pequeña, así que con una sonrisa, decidió ir a descansar. La Navidad estaba a solo dos días, por lo que reponer energías era vital.
El día siguiente llegó, y como cada mañana, Laura despertó con besos a su rayito de sol, quien, después de un breve intercambio de cariños con su madre, se levantó para arreglarse e ir al último día de escuela de la temporada. Antes de salir de la habitación, su madre le preguntó:
—¿Quieres pancakes o tostadas francesas para el desayuno?— sonrió al ver a su hija considerar la pregunta como si de una decisión trascendental se tratara.
—Tostadas francesas, mami, con fresas, crema y sirope de chocolate,— respondió Clara, relamiéndose la boquita. Desde que descubrió sus raíces francesas, todo lo relacionado con ese país pasó a ser su cosa preferida.
—¡Salen tostadas francesas para mi rayito de sol!— exclamó Laura. Tenía semanas con un apetito voraz, incluso llegó a pensar que estaba loca porque las ganas de comer la despertaban algunas veces en la madrugada o muy temprano en las mañanas.
El desayuno de Clara fue tal y como lo pidió, acompañado de una bebida achocolatada. El de Laura, además de las tostadas, incluyó frutas, huevo, tocino y café con leche.
Una vez que terminó de limpiar y acomodar todo en la cocina, Laura subió a darse una ducha rápida, se cepilló nuevamente y se vistió, saliendo a cumplir los compromisos que ambas tenían.
Michael se encontraba de viaje a California, ya que algunas negociaciones con proveedores y posibles clientes requerían su presencia. Regresaría justo el día de Navidad, por lo que pasarían juntos la festividad en casa de los padres de Laura.
Las primeras horas de la mañana las dedicaría a analizar los puntos vulnerables que presentaban los sistemas de Metamorphe, pero antes hizo una parada estratégica para comprar snacks saludables. Sin embargo, no podía evitar sucumbir a las papas con limón, que se habían convertido, junto a los chocolates que Michael le regalaba, en sus favoritos. Si los juntaba, sabía que le sabían a gloria.
Saludó a todos como de costumbre y se zambulló en el trabajo. Puso la alarma, porque solía perderse en el mundo de los números y los códigos cuando algo le interesaba. Tenía reunión con Paul y Sally a las diez para revisar el estatus de sus proyectos, y no olvidó llevar una bolsa de papas, bombones y agua.
Al llegar, ya sus amigos y socios estaban esperando. Sin perder tiempo, iniciaron la dinámica, que consistía en que cada líder de proyecto presentara sus logros, avances, alertas y cómo se estaban atendiendo, así como los planes de trabajo de la siguiente semana, pidiendo apoyo si lo requería.
No dejó de comer en ningún momento, lo que llamó la atención de sus amigos. A las 12 en punto, estaba hambrienta, por lo que pidió que compraran almuerzo mientras terminaban de ver lo que faltaba.
Tenía tiempo soñando con pollo frito, papas horneadas con especias y un brownie con helado. Solo pensarlo le hacía la boca agua.
Paul y Sally no salían de su impresión. Parecía que su amiga se había tragado a un alien, no solo porque no paraba de comer, sino porque la dieta no correspondía con la filosofía de comida saludable que ella misma promovía.
Las presentaciones culminaron, los demás se fueron y el almuerzo llegó. Los tres decidieron comer allí.
Al primer mordisco, sus amigos creyeron que había tenido un orgasmo por el gemido que emitió. La vieron devorar todo como si no hubiera comido nada en toda la mañana. El postre desapareció en tres bocados.
La comida estaba deliciosa, no lo negarían, pero algo raro pasaba con Laura. Ellos recordaban un comportamiento similar hace algunos años, por lo que Sally decidió indagar.
—Amiga, ¿estás en una dieta de engorde o algo así? ¿Te has dado cuenta de que no paras de comer en todo el día?— le preguntó de manera directa, como era habitual entre ellos.