Querido Satán

Holly

Holly

La noche en que descubrí que mi novio se acostaba con mi mejor amiga, gasté los últimos doce dólares de mi semana en comprarle un pastel de manzana.

A mi novio.

Conviene aclararlo, porque después el pastel terminó repartido entre los dos.

A las doce y nueve de la madrugada todavía estaba en el supermercado, intentando despegar de mi manga una etiqueta de descuento. Había pasado las últimas cuatro horas entre la caja tres y el pasillo de bebidas, escuchando una versión de Santa Baby que terminaría acompañándome al infierno si existía alguna justicia.

—Llévate los guantes —me dijo Denise desde la oficina—. Los dejaste otra vez junto a la caja.

Levanté una mano para darle las gracias y regresé por ellos.

Tenía los nudillos agrietados, los pies doloridos y cinco horas y cuarenta y ocho minutos antes de que empezara mi turno en la cafetería. Si pedaleaba deprisa, me duchaba sin lavarme el cabello y cenaba de pie, todavía podía dormir cuatro horas.

Cuatro horas eran prácticamente unas vacaciones.

El pastel me esperaba en el mostrador de panadería, dentro de una caja blanca con una pequeña ventana transparente. Había pedido que me lo guardaran antes de que cerraran esa sección. Era el último de manzana y canela, el favorito de Nick, y tenía una estrella de masa en el centro.

Me quedé mirándolo mientras me enrollaba la bufanda.

Podía llevárselo al día siguiente.

Lo sensato habría sido llevárselo al día siguiente, pero hacía tres días que no lo veía, y esa tarde me había dicho que estaba agotado, que se quedaría en casa y que hablábamos mañana.

Diez minutos. Podía pasar diez minutos con mi novio.

Llevábamos cinco años juntos. Tenía derecho a robarle un beso y un trozo del pastel que yo misma había pagado.

Además, faltaba una semana para Navidad y yo tenía motivos para pensar que aquella iba a ser especial.

Dos domingos antes, Nick me había preguntado si trabajaba la noche del veinticuatro. Cuando le dije que había conseguido cambiar el turno, sonrió y respondió:

—Bien. Quiero que hagamos algo.

Una palabra perfectamente corriente a la que yo había conseguido ponerle un diamante.

No se lo había dicho a nadie salvo a Sophie, que me tomó de las manos sobre la mesa de mi cocina y abrió mucho los ojos.

—Holly. ¿Y si por fin…?

Por fin.

Habíamos sido dos idiotas sonriendo sobre una pila de facturas.

Bueno. Una idiota, por lo visto.

Salí del supermercado con la caja apretada contra el pecho. El frío me encontró el hueco entre la bufanda y el cuello del abrigo, y tuve que encoger los hombros mientras acomodaba el pastel en la cesta de la bicicleta.

Las calles seguían iluminadas. Había guirnaldas tendidas entre las farolas y un reno de luces sobre la entrada de la farmacia. Alguien le había robado una pata, de modo que parecía estar orinando sobre los clientes.

Me hizo sonreír.

Me gustaba la Navidad incluso así, cansada y con las manos heladas. Me gustaban las ventanas encendidas, el olor a canela que se escapaba de las tiendas, la insistencia de la gente en colgar pequeñas luces en mitad de los días más oscuros del año.

Mamá decía que yo había nacido predispuesta.

—No podíamos llamarte Holly y esperar que fueras una niña discreta en diciembre.

Apreté los dedos alrededor del manillar.

Había días en que recordarla no dolía hasta que me daba cuenta de que estaba sonriendo.

Pedaleé más deprisa.

La casa que me había dejado seguía siendo mi lugar favorito del mundo y el motivo por el que aceptaba todos los turnos disponibles. El techo necesitaba una reparación, la calefacción hacía un ruido que no inspiraba confianza y el banco no aceptaba recuerdos de infancia como forma de pago.

También estaba la carrera.

Me faltaba un año para terminarla. Un año y una cantidad de dinero que se alejaba cada vez que algo se rompía en casa, pero iba a conseguirlo.

Esa noche estaba tan segura de eso como de que Nick se alegraría de verme.

La luz de su sala estaba encendida.

Apoyé la bicicleta junto a la escalera del edificio y saqué el pastel de la cesta, comprobando que hubiera sobrevivido al trayecto. La estrella seguía en su sitio.

Subí los dos pisos con la caja en una mano y las llaves en la otra.

Había imaginado que Nick abriría medio dormido, con el cabello revuelto y esa camiseta gris que tenía desde antes de conocerme. Que sonreiría al verme y que diría que estaba loca por haber ido con aquel frío y me metería dentro.

Quizá me pediría que me quedara, quizá yo le recordaría que tenía que estar en la cafetería a las seis, quizá él pondría la alarma conmigo.

Introduje la llave en la cerradura y la primera cosa que vi fue un abrigo.




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