Colette Marques tenía tres problemas, y ninguno de ellos cabía en el frasco de pepinillos que sostenía contra el pecho como si fuera un bebé recién nacido.
Bueno, el bebé todavía no había nacido. Estaba ahí dentro, a cinco meses de distancia de la vida exterior, pateándole las costillas con una puntería sospechosamente buena para alguien que todavía no sabía ni lo que era un zapato.
Estaba sentada en la sala de espera de la Clínica Santa Aurora, un lugar decorado con tanta alegría forzada que parecía diseñado por alguien que odiaba a las mujeres embarazadas. Las paredes eran de un amarillo pollito. Había un mural de cigüeñas sonrientes. Una de ellas llevaba un bebé en un pañuelo y tenía la expresión de quien acaba de aceptar un trabajo que no pagaba lo prometido.
En la mano izquierda, Colette tenía el frasco de pepinillos. En la derecha, un vasito de helado de vainilla que había comprado en la máquina del pasillo. Metió un pepinillo en el helado, lo sacó cubierto de crema blanca y se lo comió con los ojos cerrados, en un gesto casi religioso.
A su lado, su mejor amiga Dani soltó un quejido que parecía venir de un animal herido.
—Por favor —dijo Dani, tapándose la boca con la mano—. Dime que eso es un acto de protesta y no algo que de verdad disfrutas.
—Está buenísimo —respondió Colette con la boca llena—. Es ácido, es dulce, es frío, es crujiente. Es como una telenovela, pero comestible.
—Es un crimen contra la humanidad.
—Dani, estoy construyendo un ser humano. Déjame construirlo con lo que me pida.
Dani cerró los ojos, respiró hondo y miró hacia otro lado. Era una mujer alta, de risa fácil y paciencia limitada, que trabajaba como enfermera de urgencias y había visto cosas horribles sin pestañear. Pero la imagen de su amiga mojando pepinillos en helado le estaba revolviendo el estómago de una manera que ningún accidente de tráfico había logrado.
—Cuéntame otra vez cuáles son los tres problemas —dijo, para distraerse—. Necesito escucharlos en voz alta. Siento que cada vez que los repites suenan peor.
Colette lamió una gota de helado de su pulgar y levantó la mano con la dignidad de una abogada a punto de presentar sus conclusiones.
—Problema número uno: estoy embarazada.
—Eso es evidente. Te sale un bulto por delante.
—Es un bultito sofisticado, gracias. Problema número dos: la fecha de concepción coincide con la peor semana de mi vida.
—La Semana del Apocalipsis —dijo Dani con solemnidad.
—La Semana del Apocalipsis. Y problema número tres...
Aquí Colette hizo una pausa. Siempre hacía una pausa. No por el drama, aunque el drama era parte de su naturaleza, sino porque decirlo en voz alta todavía le provocaba un pequeño mareo, como asomarse a un balcón demasiado alto.
—En esa semana me acosté con dos hombres —dijo—. Dos. Y eran gemelos idénticos. Y no sé cuál es el padre.
Una mujer sentada frente a ellas, con un vientre redondo como una sandía y un libro titulado Respira, Mamá, Respira, levantó la vista muy despacio. Colette le sonrió con amabilidad. La mujer volvió a su libro con una velocidad admirable.
—No tienes que anunciarlo por el altavoz —susurró Dani.
—No lo anuncié por el altavoz.
—Lo dijiste con tu voz de teatro.
—Mi voz de teatro es mi voz normal.
—Exacto. Ese es el problema.
Colette se encogió de hombros y volvió a su helado. Había aprendido, en las últimas veinte semanas, que la vergüenza era un lujo que las mujeres embarazadas no podían permitirse. Ya había vomitado en un taxi, llorado en un supermercado por un comercial de detergente y discutido con un semáforo. Su dignidad se había ido de vacaciones en el segundo mes y todavía no había enviado ni una postal.
Pero para entender cómo Colette Marques había llegado a esa sala amarilla con un frasco de pepinillos y un secreto de proporciones bíblicas, hay que volver a la Semana del Apocalipsis.
Todo empezó un lunes, que es como empiezan todas las desgracias bien organizadas.
Colette trabajaba, o más bien trabajaba hasta ese lunes, en el departamento creativo de Swift Industries, una empresa gigantesca con un edificio de cristal tan alto que las nubes le hacían reverencias. Era redactora. Escribía los textos de las campañas, los eslóganes, las frases que hacían que la gente comprara cosas que no necesitaba. Era buena. Era muy buena. El problema era que era buena de una manera que a su jefe no le hacía ninguna gracia.
Su jefe era Viggo Swift.
Colette nunca lo había visto de cerca. Esa era una de las rarezas de trabajar en el último piso de un edificio donde el director general vivía en el piso cuarenta y dos y no se dignaba a descender a la plebe. Lo conocía por rumores, por correos electrónicos firmados con una sola letra, V, y por la reputación que lo precedía como una ola de frío: millonario, calculador, impecable, capaz de despedir a un departamento entero por usar la tipografía equivocada.
Se decía que nunca sonreía. Se decía que tenía un cronómetro en el escritorio para medir la duración de las reuniones y que, cuando alguien se pasaba un solo minuto, el cronómetro soltaba un pitido que daba escalofríos. Se decía que había dicho, en una entrevista, que los bebés eran errores de logística. Colette no sabía si esa última parte era cierta, pero la había oído tantas veces que ya la daba por buena.
Ese lunes, a las nueve y cuarto de la mañana, Colette presentó una campaña para una marca de cereales. Había trabajado en ella tres semanas. Era brillante. Era una locura. El eslogan decía: Despierta tu lado salvaje, con leche. Había incluido una mascota, un tigre con gafas de sol, y un jingle que se te quedaba pegado en la cabeza durante días.
A las nueve y media recibió un correo.
Asunto: Terminación de contrato.
Cuerpo del mensaje: Señorita Marques. Su propuesta de hoy constituye un acto de insubordinación creativa. Se le ha asignado la tarea de redactar un texto sobrio, funcional y corporativo. Usted entregó un tigre. Su relación laboral con Swift Industries queda terminada con efecto inmediato. Recoja sus pertenencias antes de las doce. Atentamente, V. Swift.