Hay silencios que se pueden cortar con un cuchillo, y hay silencios que necesitan una sierra eléctrica. El que se instaló en la consulta número tres de la Clínica Santa Aurora, después de que Viggo Swift pronunciara la palabra estéril, pertenecía claramente a la segunda categoría.
Nadie se movió. Dani seguía en su rincón, con las manos pegadas a la boca y los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. La doctora Paredes tenía el transductor suspendido en el aire, como un director de orquesta al que se le ha olvidado la partitura. Colette, tumbada en la camilla con la camiseta enrollada bajo el pecho y una capa generosa de gel resbalándole por el costado, contemplaba a su exjefe con la expresión de quien acaba de ver un fantasma que, para colmo, lleva traje de cinco mil dólares.
Y en la pantalla, ajeno a todo, el bebé se chupaba el pulgar.
Fue ese detalle, quizá, el que rompió el hechizo. Colette lo vio de reojo: una manita diminuta, llevada a una boca más diminuta todavía, y un movimiento de succión tan concentrado, tan serio, que le dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Se quedó con la boca entreabierta, buscando algo que decir, y lo único que se le ocurrió fue lo menos inteligente de todo el repertorio posible.
—Le ha caído bien el traje —dijo—. Hoy no tiene manchas.
Viggo Swift cerró los ojos un segundo. Fue un gesto breve, casi imperceptible, el de un hombre que cuenta hasta tres para no explotar. Cuando los abrió, la furia seguía ahí, pero algo más se había colado debajo, una grieta fina, como la que aparece en un cristal justo antes de que se rompa del todo.
—Señorita Marques —dijo con una voz muy baja y muy controlada—. No estoy de humor para ironías.
—No era ironía. Era un cumplido. Un cumplido nervioso.
—Entonces es peor.
—Caballero —intervino la doctora Paredes, que había recuperado por fin el uso de la palabra y, con él, la autoridad de treinta años de oficio—. Voy a repetírselo con la máxima cortesía de la que soy capaz, que es poca. Esto es una consulta médica. Tengo una paciente con el vientre cubierto de gel, un bebé al que debo medir y una agenda llena de mujeres que llevan semanas esperando este momento. Usted tiene dos opciones: salir por esa puerta o quedarse callado en esa esquina. No hay una tercera.
Viggo la miró. Después miró a Colette. Después miró la pantalla, donde el pulgar seguía subiendo y bajando con la tranquilidad de quien no tiene ningún problema en el mundo.
Cualquiera que lo conociera, cualquiera de los cuatrocientos empleados que habían pasado por su despacho con el corazón en un puño, habría apostado a que se daría la vuelta, daría un portazo y llamaría a sus abogados antes de llegar al ascensor. Era lo que Viggo Swift hacía. Era, por decirlo con elegancia, su especialidad.
Pero no se fue.
Dio dos pasos hacia atrás, hasta que su espalda tocó la pared junto a la puerta. Dobló la carta por la mitad, luego otra vez por la mitad, y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta con una precisión de cirujano. Cruzó los brazos. Apretó la mandíbula.
—Me quedo callado —dijo.
—Muy bien —respondió la doctora Paredes, y volvió a su trabajo con la serenidad de quien acaba de domesticar a un león.
Lo que siguió fue, sin duda, la ecografía más incómoda de la historia de la medicina.
La doctora movía el transductor con calma. Pronunciaba cifras en voz alta, medidas, nombres de huesos, como quien recita una letanía. El fémur tiene tal longitud. El perímetro de la cabeza está dentro de lo esperado. El líquido amniótico es abundante. Colette asentía a todo sin escuchar una sola palabra, porque cada vez que parpadeaba sentía el peso de unos ojos grises clavados en su perfil, como dos agujas de hielo.
Intentó concentrarse en la pantalla. Intentó pensar en gatos, en tortitas, en el mar. Intentó recordar cómo se respiraba, que era algo que le había salido siempre muy bien hasta ese momento.
—Ahora vamos a escuchar el corazón —anunció la doctora.
Pulsó un botón. Durante un segundo solo hubo un chisporroteo, una especie de lluvia lejana. Después, de pronto, la habitación entera se llenó de un sonido que Colette conocía de memoria y que, sin embargo, cada vez le parecía nuevo.
Tum-tum-tum-tum-tum-tum.
Rápido. Fuerte. Terco. Un tambor diminuto que golpeaba con la seguridad de quien sabe que le toca el solo.
—Ciento cuarenta y ocho latidos por minuto —dijo la doctora Paredes—. Perfecto.
Colette miró a Dani, y Dani le devolvió la mirada con los ojos húmedos. Se habían quedado así, unidas por una emoción que no necesitaba traducción, cuando un ruido leve, casi un carraspeo, vino del rincón de la puerta.
Colette giró la cabeza.
Viggo Swift seguía con los brazos cruzados, pero ya no los apretaba. Había dejado caer la cabeza un poco hacia un lado, como si intentara oír mejor. Tenía los labios entreabiertos. Y su rostro, ese rostro de mármol que salía en las revistas de negocios con la expresión de quien acaba de comprar el mundo y lo encuentra decepcionante, había perdido toda su rigidez. Parecía un hombre al que acaban de tocar en un punto muy escondido.
Duró unos cinco segundos. Después pareció darse cuenta de que lo estaban mirando, y su cara volvió a cerrarse con un chasquido casi audible. Descruzó los brazos, se ajustó el puño de la camisa y miró su reloj de pulsera con una concentración exagerada.
—Es una frecuencia normal —dijo, con la voz de quien comenta el precio de una acción—. Entre ciento diez y ciento sesenta.
—Veo que se ha informado —observó la doctora Paredes sin levantar los ojos de la pantalla.
—Leo mucho.
—Ya lo veo.
Colette tuvo que girar la cara para esconder una sonrisa. No habría sabido decir por qué. Había algo conmovedor y ridículo, a partes iguales, en un multimillonario que decía leo mucho con el mismo tono con el que otro habría dicho no lloro, es que me ha entrado algo en el ojo.