¿ Quién Diablo es el Padre?

CAPÍTULO 3: UN COCHE NEGRO BAJO LA LLUVIA

Cuando Colette salió de la Clínica Santa Aurora, llovía.

No era una lluvia dramática, de esas que traen truenos y música de violines. Era una lluvia menuda, grisácea, insistente, de las que no mojan del todo pero tampoco dejan secar, y que convierten las aceras en espejos sucios donde se reflejan los semáforos. Una lluvia de martes por la tarde, de las que parecen decir: no esperes que hoy ocurra nada bueno, pero tampoco te voy a hacer sufrir demasiado.

Se quedó un momento bajo el toldo de la entrada, con el frasco de pepinillos en una mano y el sobre blanco de las ecografías en la otra, mirando cómo las gotas resbalaban por el cristal de una parada de autobús. Dani, a su lado, se abrochaba el abrigo y rebuscaba en el bolso con la determinación de quien sabe que ha dejado el paraguas en algún lugar de su casa y que ese lugar no es su bolso.

—Dime que has traído paraguas —dijo Colette.

—Te diría que sí, pero no quiero mentirte en un día tan emotivo.

—Estupendo.

—El autobús pasa en doce minutos.

—Estupendo —repitió Colette, y se apoyó contra la pared con un suspiro.

Hacía una hora que había llegado a esa clínica con la tranquilidad de una mujer embarazada que tiene un problema, sí, pero un problema privado, de los que se resuelven con calma y muchos pepinillos. Ahora tenía el mismo problema, más una carta, más un jefe, más un hermano gemelo y más un cronómetro. Era una escalada notable. Si seguía por ese camino, en la próxima visita tendría que enfrentarse a un ejército.

Fue entonces cuando un coche negro, enorme, brillante como un escarabajo recién pulido, se detuvo frente a la entrada con un ronroneo casi indecente.

Colette no necesitó que se abriera la puerta para saber de quién era.

Primero bajó un hombre mayor, de unos sesenta años, con uniforme gris, gorra y un paraguas negro que desplegó con la elegancia de un mago sacando un pañuelo. Tenía el rostro redondo, el bigote cuidado y los ojos amables de alguien que ha visto mucho y ha decidido no comentar casi nada. Se acercó a las dos mujeres con paso tranquilo, inclinó la cabeza y dijo:

—Señorita Marques. El señor Swift me ha pedido que las lleve a su casa.

—No hace falta —contestó Colette, por puro orgullo—. Tenemos autobús.

—Dentro de doce minutos —apuntó Dani.

—Que son perfectamente aceptables.

—Con esta lluvia —dijo el hombre, con una amabilidad inquebrantable—, los autobuses llegan cuando les da la gana, señorita. Y me han indicado que debo insistir.

—¿Quién se lo ha indicado?

—El señor Swift.

—¿Y dónde está el señor Swift?

El hombre hizo un gesto discreto hacia la puerta del coche. Colette siguió la dirección de su mano. A través de la ventanilla trasera, entre los reflejos del cristal y las gotas de lluvia, se adivinaba una silueta recta, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Estaba allí. Había bajado antes que ellas, había avisado a su chófer, se había sentado a esperar dentro del coche y, aparentemente, no había hecho ningún ruido.

—Oh, por favor —dijo Colette.

—¿Qué hacemos? —susurró Dani.

—Decir que no.

—Estamos mojándonos.

—Decir que no con dignidad.

—Con dignidad y empapadas.

—Sí.

—Colette.

—¿Qué?

—Llevas un bebé en la barriga y se te han hinchado los tobillos hasta parecer botellas. Sube al coche.

Colette cerró los ojos, derrotada por una lógica irreprochable. Pensó en sus tobillos, en el autobús, en la lluvia, en el principio de dignidad que siempre había defendido y que, últimamente, estaba teniendo un rendimiento muy discreto. Abrió los ojos, miró al hombre del bigote y preguntó:

—¿Cómo se llama usted?

—Anselmo, señorita.

—Anselmo. Voy a subir a este coche, pero que conste que lo hago por mis tobillos, no por su jefe.

—Por supuesto, señorita.

—Y quiero que sepa que estoy muy enfadada.

—Lo tengo perfectamente claro.

—Y que el café fue legítima defensa.

Anselmo tosió, o quizá se rio, pero lo hizo con tanta discreción que nadie pudo reprochárselo. Abrió la puerta trasera con un gesto elegante, y Colette entró con toda la majestad que permitía un vientre de cinco meses y un frasco de pepinillos.

El interior del coche era un mundo aparte. Olía a cuero nuevo y a algo más sutil, un perfume de madera y especias que le hizo recordar, de forma muy fugaz y muy incómoda, el apartamento oscuro del jueves. Se apartó ese pensamiento de la cabeza con una sacudida. Los asientos eran tan cómodos que parecían abrazarla. Había un pequeño frigorífico entre ellos y una pantalla apagada en el techo, y en un rincón, medio escondida, una botellita de agua con el nombre de una marca que Colette no había oído jamás y que probablemente costaba lo que ella ganaba en un día. O lo que ganaba antes de que la despidieran por el tigre.

Viggo estaba en el otro extremo del asiento, pegado a la ventanilla, con la espalda recta y la mirada perdida más allá del cristal. Ni siquiera la miró cuando ella se sentó. Dani subió detrás, y cerró la puerta con cuidado, y los tres se quedaron en un silencio que parecía haber viajado con ellos desde la sala de espera.

El coche arrancó con suavidad.

Durante los primeros minutos nadie dijo nada. Se oía el golpeteo de la lluvia sobre el techo, el roce de los limpiaparabrisas, el motor casi inaudible. Colette miraba por la ventanilla las calles de su barrio, que desfilaban empapadas, con sus tiendas pequeñas, sus paraguas de colores y sus charcos donde los niños, a pesar de todo, saltaban con botas de goma.

Dani tuvo el detalle de sacar el móvil y fingir una concentración absoluta, aunque Colette sospechó que estaba grabando mentalmente cada gesto para contárselo a sus compañeros de guardia.

—Anselmo —dijo Colette de pronto, inclinándose hacia delante.

—¿Sí, señorita?

—¿Usted trabaja para el señor Swift desde hace mucho?




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