El edificio donde vivía Viggo Swift tenía un portero llamado Gaspar, y Gaspar tenía una regla de oro: jamás hacer una pregunta a un residente del piso cuarenta y dos.
No era una regla escrita. Nadie se la había impuesto. Era más bien una ley natural, como la gravedad o el impuesto sobre la renta, que Gaspar había descubierto en su primera semana de trabajo, cuando preguntó al señor Swift si había tenido buen día y recibió como respuesta una mirada de tal profundidad glacial que estuvo tres noches sin dormir. Desde entonces se limitaba a abrir la puerta, inclinar la cabeza y decir buenas noches, señor, con un tono tan neutro que podría haberse emitido por megafonía.
Por eso, cuando esa noche, a las nueve y diez, el señor Swift cruzó el vestíbulo empapado, con el pelo pegado a la frente, el traje cubierto de pelos naranjas y una expresión de hombre que acaba de ver un fantasma, Gaspar tuvo que usar toda su disciplina para no soltar el termo de café.
—Buenas noches, señor.
—Gaspar —dijo Viggo, y se detuvo.
Gaspar sintió que le temblaban las rodillas. En los once años que llevaba allí, Viggo Swift jamás se había detenido en el vestíbulo. Pasaba como un cometa, dejando tras de sí una estela de aire frío y colonia cara. Que ahora estuviera quieto, frente a su mostrador, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en el libro de registro, era un acontecimiento de proporciones astronómicas.
—Necesito ver el registro de la noche del jueves de mediados de junio —dijo Viggo—. Y las grabaciones de seguridad.
—¿El jueves... de junio?
—Sí.
—¿De este año?
—Gaspar.
—Perdón, señor. Lo busco ahora mismo.
Lo que siguió fue una hora y cuarenta minutos de una de las operaciones de investigación más torpes de la historia de la seguridad privada. Gaspar descubrió que el sistema de grabación se había renovado en agosto y que las imágenes anteriores estaban almacenadas en un servidor del sótano que solo sabía manejar el técnico, un tal Remigio, que a esa hora estaba en su casa viendo un partido de fútbol. Hubo que llamar a Remigio. Remigio contestó con la boca llena. Hubo que explicar a Remigio, con la mayor cortesía posible, quién era el señor que preguntaba. Remigio dijo oh. Luego dijo oh, Dios. Luego dijo que llegaba en veinte minutos y que, por favor, no tocaran nada.
Viggo esperó sentado en una butaca del vestíbulo, con las piernas cruzadas, la espalda erguida y la mirada fija en un cuadro abstracto que había elegido su decorador y que representaba, según la placa, la soledad urbana. Mientras tanto, Gaspar le ofreció café, una manta, una galleta, un periódico y un cojín, a lo que Viggo respondió con un no gracias tan educado que Gaspar se preguntó si lo habrían cambiado por un impostor.
Cuando por fin llegó Remigio, un hombre menudo, de gafas gruesas y camiseta del equipo local, la operación avanzó con rapidez. Se encerraron los tres en un cuartito del sótano, junto a un montón de monitores antiguos, un ventilador roto y una máquina de café que llevaba años sin funcionar. Remigio tecleó, murmuró, tecleó otra vez, y en la pantalla central apareció una imagen granulada del vestíbulo, con una fecha y una hora en la esquina inferior.
—Jueves, once y treinta y dos de la noche —leyó Remigio.
Y allí estaba.
Viggo Swift cruzaba el vestíbulo con su traje oscuro y su portafolios, caminando con esa decisión inconfundible que usaba para todo, incluso para ir al baño. Saludaba a Gaspar con una inclinación de cabeza. Entraba en el ascensor. Las puertas se cerraban.
—¿Lo ve? —dijo Gaspar, aliviado—. Entró solo.
—Sí —dijo Viggo.
—Y no volvió a salir.
—Veamos la cámara del ascensor.
Remigio pulsó otro botón. La cámara del ascensor mostró a Viggo, de pie, mirando el techo, con la mandíbula tensa. Subió cuarenta y dos pisos en un silencio de tumba. Se abrieron las puertas.
—Ahora la del pasillo.
Remigio tecleó. Pasaron unos segundos. La pantalla se quedó negra.
—Remigio —dijo Viggo.
—Un momento.
—Remigio.
—Es que... —Remigio se rascó la cabeza—. Parece que la cámara de la planta cuarenta y dos estuvo en mantenimiento durante toda esa semana.
—¿Cómo en mantenimiento?
—Pues en mantenimiento. Desconectada. La estaban cambiando por un modelo nuevo. Lo aprobó la comunidad en mayo.
—¿La cámara de mi pasillo?
—La de su pasillo.
—Que conecta con la puerta de mi casa.
—Que conecta con la puerta de su casa —confirmó Remigio, con la expresión de quien lamenta ser el portador de malas noticias—. Pero no se preocupe, señor. La nueva es una maravilla. Tiene visión nocturna y detección de movimiento.
—No me preocupa la nueva —dijo Viggo, con una voz que podría haber congelado el café del termo—. Me preocupa la antigua.
—Por supuesto.
—La de esa semana.
—Naturalmente.
—Que no existe.
—Que no existe, sí, señor.
Hubo un silencio largo. Gaspar contemplaba el techo. Remigio, con una dignidad heroica, fingió una concentración repentina en los cables. Y Viggo Swift, de pie entre aquellos monitores polvorientos, sintió una de las sensaciones más desconocidas de su vida: la de no tener el control de absolutamente nada.
Subió a su casa a las once menos cuarto.
Su apartamento ocupaba la planta entera y era exactamente como uno se lo imaginaba: grande, blanco, silencioso y brillante como un quirófano de lujo. Tenía suelos de mármol, ventanales de techo a suelo con vistas a toda la ciudad, un sofá de diseño que nadie se había sentado jamás y una cocina inmaculada donde solo se usaba la cafetera. En un rincón del salón, sobre un pedestal, se alzaba una escultura abstracta que se llamaba, según la tarjeta, Dualidad en gris. Viggo siempre había pensado que se parecía a una percha con ansiedad.
Se quitó los zapatos en la entrada. Se quitó la chaqueta. Se quitó la corbata. Los dejó, uno por uno, en el perchero de roble macizo, y entonces vio su propio reflejo en el espejo del recibidor.