Mi gente bonita, una mega disculpa. Programé el capítulo paraque se subiera solo pero tal parece que no se subió, pipipi.
Sin más preámbulo les dejo aquí el capitulito nuevo. No puedo creer que ya vamos en el capítulo 10. ¡Qué emoción!, es de las pocas cosas que me hacen sentir feliz en estos momentos, ya les había contado que es una época díficil, pipipi.
En fin, los tqm, no se olviden de seguirme en IG y TikTok @itsbabymia_writes.
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Los sueños eróticos con Serge no habían cedido, pero por primera vez no me había importado. Estaba despierta mirando el techo con una sonrisa; eran las cinco de la mañana. Debía levantarme para irme a entrenar.
El sonido de un mensaje me hizo buscar mi celular.
De: Brian
Buenos días, amor. Ayer fue un buen día, espero que hoy también lo sea.
Sonreí. Ese maldito apodo ya comenzaba a gustarme.
De: Tony
Que tengas un buen día, Brian.
Fue lo único que pude responder. Me levanté de la cama y fui directo a la ducha. Me bañé y salí con un conjunto deportivo lista para ir al gimnasio. Leo ya estaba en la cocina preparando los batidos de proteína.
—Buenos días, Tony —saludó mientras dejaba su shaker sobre la barra—. ¿Otra vez no dormiste? —preguntó.
Rodé los ojos.
—Dormí perfectamente, Leo —dije mientras tomaba su maleta que estaba en la sala para guardar lo que faltara—. Tú, por otro lado… —comencé con una sonrisa maliciosa—, ¿con quién dormiste, primito? Porque sé que aquí no —pregunté curiosa.
—No te importa, Tony —respondió mientras me pasaba mi shaker con mi bebida.
—Yo siempre te cuento todo, vamos —pedí haciendo puchero.
—No hagas eso —me reprendió él.
—Por favor —volví a insistir.
—Vámonos, Tony. Se hace tarde —dijo quitándome su maleta y tomando la mía también.
—Eres un odioso —me quejé, pero lo seguí.
Salimos del departamento y fuimos hasta el estacionamiento, en donde él estacionaba su coche. Leo abrió el maletero y subió ambas maletas. Me subí en el asiento del copiloto y él en el del conductor.
—Tenemos un problema —comencé a decir mientras mi primo conducía—. Bueno, técnicamente teníamos…
—¿Por qué hablas en plural, Tony? —mi primo enarcó una ceja y se giró a mirarme apenas un segundo.
—El compañero del que te hablé, el exinteligencia, sabe de ti —solté de golpe—. Bueno, sabe todo de nosotros.
—No te estoy entendiendo, Tony.
—Sabe que solo es una fachada, sabe todo sobre el cartel de los Rubio, incluso sabe que la DEA está dudando de ti —confesé.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó mi primo.
—Me investigó… No sé cómo lo hizo, pero consiguió mi expediente y sabe todo sobre todos nosotros.
—Te dije que había algo raro en él —Leo golpeó el volante—. Debiste hacerme caso —me reprendió.
—Ahora trabaja para SIEDSA, no contará nada. Mercer se encargó de ello.
—No es suficiente, hay algo en él que sigue sin darme confianza.
—Lo mantendré cerca hasta que terminemos la misión, después me aseguraré de que mantenga la boca cerrada para siempre.
—¿Lo matarás? —inquirió mi primo sorprendido.
—¡¿Qué?! ¡No! —respondí, más confundida por su idea.
—Lo voy a convencer… —dije con una sonrisa—. Todos tienen trapos sucios y él no es la excepción —me encogí de hombros.
—Solo no te arriesgues demasiado —pidió mi primo.
Negué con la cabeza.
Leo manejó unos minutos más hasta el gimnasio, estacionó y bajamos del auto. Cada uno tomó su maleta y caminamos hasta la entrada.
—Hoy no quiero entrenar sparring —le avisé.
—Está bien —se encogió de hombros.
Fui directo al costal de boxeo, dejé mi maleta a un lado, saqué las vendas para hacerme el vendaje correspondiente y, cuando estuve lista, comencé a calentar un poco antes de empezar a golpear el costal.
Leo tenía razón: Brian era peligroso, y es por eso que me convenía mantenerlo cerca si no quería que alguien más interviniera. Al menos ahora lo tenía atado a SIEDSA, y aunque Leo no lo creyera, él sería capaz de cumplir su palabra. De eso estaba segura, pero tendría que seguirlo manteniendo a raya.
Me preparé para golpear el costal de box.
Golpeé el saco con un jab seco y firme. El impacto retumbó en el gimnasio, sacudiéndolo apenas unos centímetros.
Un, dos.
Derecha, izquierda. El sonido del cuero chocando contra mis puños envueltos en vendas se convirtió en el único ritmo que llenaba mi cabeza. Necesitaba esto. Necesitaba que los nudillos me ardieran para apagar todo el ruido mental que llevaba acumulando desde los días anteriores.
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Editado: 14.10.2026