Aveline Hawthorne siempre había pensado que las grandes tragedias comenzaban con un presentimiento.
Una sensación extraña.
Un sueño que no podía recordar al despertar.
Quizás una fotografía que aparecía en el momento equivocado, una canción que sonaba demasiado lejos o esa inexplicable necesidad de mirar hacia atrás cuando alguien caminaba detrás de ti.
Creía que el destino tenía una manera cruel de avisar antes de golpear.
Pero aquella tarde no hubo ninguna señal.
No hubo tormenta.
No hubo cuervos golpeando las ventanas.
No hubo una voz susurrándole su nombre desde algún lugar oscuro.
No hubo pesadillas ni sombras moviéndose en los rincones.
Solo había sol, música y el olor a canela que salía del horno.
Y la voz de su madre gritando desde la cocina.
—¡Aveline!
—¡¿Qué?!
—¡Ven aquí!
Aveline bajó el volumen de la música que sonaba desde su teléfono y se asomó por la puerta de la cocina.
—¿Qué pasó?
Eleanor Hawthorne estaba frente al horno con un guante en una mano y una expresión de absoluta indignación.
—Ven a probar esto.
Aveline se acercó con cautela.
—¿Qué es?
—Un pastel.
Aveline miró el molde.
Luego miró a su madre.
—¿Seguro?
Eleanor abrió mucho los ojos.
—¿Acabas de cuestionar mis habilidades culinarias?
—Estoy cuestionando nuestra supervivencia.
Durante unos segundos, Eleanor intentó mantener una expresión seria.
No pudo.
Soltó una carcajada.
—Veintiún años criándote y así me pagas.
Aveline sonrió.
—Te quiero, mamá.
—Eso pensé.
Eleanor cortó un pequeño pedazo de pastel y se lo ofreció.
Aveline lo probó.
Masticó lentamente.
Su madre esperaba una respuesta.
—Está...
—¿Está?
Aveline hizo una pausa dramática.
—Comestible.
—¡Aveline!
Las dos comenzaron a reír.
Era una escena completamente normal.
Una de tantas que Aveline había vivido durante toda su vida.
Su madre había sido así desde que tenía memoria.
Protectora.
Cariñosa.
Un poco dramática.
Y completamente incapaz de aceptar que Aveline pudiera tener una opinión negativa sobre su cocina.
Aveline se apoyó contra la encimera mientras observaba a Eleanor guardar el resto del pastel.
La cocina estaba iluminada por la luz dorada de la tarde. Sobre el refrigerador había fotografías familiares: cumpleaños, vacaciones, navidades, graduaciones.
Aveline conocía cada una de ellas.
Había una en particular que siempre le hacía sonreír.
Ella tenía cinco años y llevaba un vestido amarillo demasiado grande. Eleanor estaba detrás, abrazándola, mientras su padre aparecía al lado haciendo una mueca ridícula.
Era una fotografía sencilla.
Pero para Aveline significaba hogar.
—¿Papá ya llegó? —preguntó.
—Dijo que estaría aquí a las seis.
Aveline miró el reloj de la cocina.
—Son las seis y diez.
—Tu padre tiene una relación complicada con el concepto del tiempo.
—Eso lo heredé de él.
—No. Tú heredaste mi terquedad.
—Eso jamás lo admitiré.
Eleanor volvió a reír.
Aveline sonrió.
Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento si era feliz, habría respondido que sí sin pensarlo.
Tenía una familia.
Tenía un hogar.
Tenía planes para su futuro.
Y, aunque sabía que había sido adoptada, nunca había sentido que aquella palabra cambiara nada.
Sus padres eran sus padres.
Punto.
Nunca había sentido la necesidad de buscar a sus padres biológicos.
Nunca había sentido curiosidad suficiente para llenar los silencios de su pasado.
Había aprendido desde pequeña que algunas historias simplemente no necesitaban ser contadas.
O eso creía.
Aveline tomó un vaso de agua y se acercó a la ventana.
Afuera, el jardín estaba bañado por los últimos rayos de sol.
Las hojas de los árboles se movían suavemente con el viento.
Todo estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Por alguna razón, Aveline sintió el impulso de mirar hacia el bosque que se extendía detrás de la propiedad.
Se quedó observándolo durante unos segundos.
No sabía por qué.
Simplemente había algo en aquella oscuridad entre los árboles que le resultaba familiar.
Parpadeó.
Y entonces vio algo.
Una figura.
Muy lejos.
Entre los árboles.
Aveline entrecerró los ojos.
—¿Mamá?
Eleanor levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Hay alguien en el bosque?
La expresión de Eleanor cambió.
Fue algo mínimo.
Tan rápido que Aveline casi creyó haberlo imaginado.
—No.
—Creo que vi...
—Aveline.
La voz de Eleanor fue demasiado firme.
Aveline se volvió hacia ella.
—¿Qué?
Su madre bajó lentamente la mirada.
—No hay nadie.
Aveline observó nuevamente el bosque.
La figura había desaparecido.
—Debió ser un animal.
—Probablemente.
Eleanor regresó a la cocina.
Pero sus manos temblaban.
Aveline no lo notó.
O quizás no quiso notarlo.
Porque cinco minutos después, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
—¿No vas a contestar? —preguntó Eleanor.
—Probablemente publicidad.
El teléfono dejó de sonar.
Aveline dejó escapar un suspiro de alivio.
Un segundo después volvió a hacerlo.
Esta vez frunció el ceño.
—Qué insistentes.
Deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Hola?
Hubo silencio.
Aveline esperó.
—¿Hola?
Entonces una voz masculina respondió.
—¿Aveline Hawthorne?
Era una voz grave.
Formal.
Seria.
—Sí.
—Mi nombre es Gabriel Mercer. Soy abogado. Necesito hablar con usted personalmente.
Aveline frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Es un asunto relacionado con una herencia.
Aveline soltó una pequeña risa.
—Creo que se equivocó de número.
—No, señorita Hawthorne.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
Aveline miró a su madre.
Eleanor estaba guardando el pastel en el refrigerador.
Pero había dejado de moverse.
—¿Entonces?
—Necesito reunirme con usted lo antes posible.
—¿De quién es la herencia?
El silencio volvió.
Esta vez fue más largo.
Demasiado largo.
—De una mujer llamada Elara Moreau.
Aveline sintió algo extraño.
No reconocía el nombre.
Sin embargo, al escucharlo, una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo.
Como si aquella palabra hubiera estado escondida en algún lugar de su memoria.
Como si su mente quisiera reconocerla.
Pero no pudiera.
—No conozco a ninguna Elara Moreau.
Al otro lado de la línea, Gabriel respiró profundamente.
—Lo sé.
Aveline miró nuevamente a su madre.
Eleanor estaba completamente inmóvil.
—Entonces, ¿por qué me llama?
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Porque Elara Moreau era su madre biológica.
El mundo pareció detenerse.
Aveline dejó de respirar durante unos segundos.
El teléfono casi se le resbaló de la mano.
—¿Qué...?
Miró a Eleanor.
Su madre tenía los ojos cerrados.
Y estaba llorando.
—Señorita Hawthorne...
—No.
Aveline negó con la cabeza.
—No, espere.
Su voz comenzó a temblar.
—¿Cómo sabe que fui adoptada?
Eleanor abrió los ojos.
Y esa reacción fue suficiente.
Aveline comprendió que había algo que nadie le había contado.
Algo mucho más grande que una simple adopción.
—Mi madre sabe quién es esa mujer.
No fue una pregunta.
Gabriel guardó silencio.
Aveline sintió que el pecho comenzaba a apretársele.
—¿Verdad?
—Creo que debería hablar con sus padres.
Aveline apartó lentamente el teléfono de su oído.
Miró a Eleanor.
—Mamá.
Eleanor levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Aveline...
Aquella fue la primera vez que Aveline escuchó miedo en la voz de su madre.
No tristeza.
No sorpresa.
Miedo.
—¿Quién es Elara Moreau?
Eleanor no respondió.
Aveline sintió que algo dentro de ella comenzaba a romperse.
No porque hubiera descubierto que era adoptada.
Eso ya lo sabía.
Sino porque acababa de descubrir que había una historia detrás de aquella adopción.
Una historia que su madre conocía.
Una historia que nunca le habían contado.
—Necesito verte mañana —dijo Gabriel desde el teléfono.
Aveline volvió a llevarse el aparato al oído.
—¿Dónde?
—En mi despacho.
—Estaré allí.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Gabriel dudó.
—Elara dejó instrucciones específicas para usted.
Aveline sintió un escalofrío.
—¿Qué instrucciones?
—Quiere que vaya a Raven Hollow.
El nombre hizo que Eleanor levantara bruscamente la cabeza.
Aveline lo notó.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Y qué hay allí?
Otra pausa.
—Una casa.
Aveline miró a su madre.
—¿La casa de mi madre biológica?
—Sí.
—¿Y por qué me la dejó?
Gabriel bajó la voz.
—Eso es algo que tendrá que descubrir usted.
Aveline apretó el teléfono.
—¿Cuándo murió?
—Hace tres semanas.
Tres semanas.
La cifra quedó flotando en su mente.
—¿Cómo murió?
Gabriel permaneció en silencio.
—Señor Mercer.
—Las circunstancias de su muerte no están claras.
Aveline sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Significa que hay cosas que es mejor hablar en persona.
—¿Está diciendo que alguien la mató?
—No estoy diciendo nada de eso.
—Pero lo está pensando.
Gabriel guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
—Mañana —dijo finalmente—. A las diez.
La llamada terminó.
Aveline permaneció inmóvil.
El teléfono seguía en su mano.
Eleanor fue la primera en hablar.
—No quería que lo supieras así.
Aveline levantó lentamente la mirada.
—¿Así cómo?
—Yo...
—¿Sabías quién era?
Eleanor comenzó a llorar.
Aveline sintió que la rabia empezaba a crecer dentro de ella.
—¿Quién era ella?
—Aveline...
—¿Quién era mi madre?
—Tu madre era una mujer que...
Eleanor se detuvo.
Aveline la miró fijamente.
—¿Que qué?
—Una mujer que tuvo que tomar una decisión.
—¿Qué decisión?
—Entregarte.
Aveline sintió un nudo en la garganta.
—¿Me abandonó?
Eleanor negó rápidamente.
—No.
—Entonces, ¿por qué me entregó?
—Porque no tenía elección.
Aveline soltó una risa amarga.
—Todos dicen eso cuando quieren justificar algo.
—No sabes lo que ocurrió.
—¡Exactamente! ¡Porque nadie me lo contó!
La voz de Aveline hizo eco en la cocina.
Eleanor se estremeció.
—¿Por qué nunca me dijiste su nombre?
Eleanor se cubrió la boca.
—Porque prometí que jamás volverías a Raven Hollow.
Aveline se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Su madre no respondió.
—Mamá.
Silencio.
—¿Por qué no puedo ir?
Eleanor levantó los ojos.
Y entonces dijo algo que Aveline jamás olvidaría.
—Porque algunas personas llevan veintiún años esperando que regreses.
Aveline sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quiénes?
Eleanor negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo.
—Entonces iré.
—Aveline, no.
—Si existe una parte de mi vida que me ocultaste, tengo derecho a conocerla.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Eleanor se acercó y tomó sus manos.
—Te salvé.
Aveline se quedó mirándola.
—¿De qué?
Su madre comenzó a llorar.
—De algo que no era humano.
Aveline sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
El reloj de la cocina marcaba las seis y veintinueve.
El sonido de las agujas avanzando parecía absurdamente fuerte.
Aveline retiró lentamente sus manos.
—¿Qué significa eso?
Eleanor negó con la cabeza.
—Nada.
—Acabas de decir que me salvaste de algo que no era humano.
—Estaba asustada.
—¿De qué?
—De que te encontraran.
—¿Quiénes?
—No preguntes más.
Aveline dio un paso atrás.
—No puedes decirme que tengo una madre biológica que murió hace tres semanas, que me dejó una casa en un pueblo que aparentemente conoces y después decirme que no haga preguntas.
—Quiero protegerte.
—Ya tengo veintiún años.
—Para ellos no importa.
Aveline sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Para quiénes?
Eleanor no respondió.
Entonces ocurrió algo extraño.
Un golpe seco resonó contra la ventana.
Ambas se giraron.
Nada.
Solo el jardín.
Aveline se acercó lentamente.
—¿Qué fue eso?
Eleanor palideció.
—Aléjate de la ventana.
—Mamá...
—¡Aléjate!
Aveline obedeció.
Un segundo después, algo cayó desde el techo y golpeó el suelo del jardín.
Un cuervo.
Estaba muerto.
Aveline observó el cuerpo del animal.
Tenía una de sus alas doblada de una manera antinatural.
Eleanor dio un paso atrás.
—Dios mío...
Aveline la miró.
—¿Qué?
Eleanor parecía haber dejado de respirar.
—Ya saben que estás aquí.
—¿Quiénes?
Eleanor no contestó.
Aveline volvió a mirar el cuervo.
Y entonces lo vio.
Atado a una de sus patas había un pequeño hilo negro.
Y en el hilo había una pieza de metal.
Un símbolo.
Una luna atravesada por tres líneas.
Aveline no sabía qué significaba.
Pero Eleanor sí.
Porque al verlo, su rostro perdió completamente el color.
—¿Qué es eso?
Eleanor retrocedió.
—No puede ser.
—Mamá.
—No después de tantos años.
—¿Qué significa ese símbolo?
Eleanor miró a su hija.
Y por primera vez en veintiún años, Aveline comprendió algo terrible.
Su madre no tenía miedo de Raven Hollow.
Tenía miedo de que Raven Hollow encontrara a Aveline.
Afuera, el viento comenzó a levantarse.
Las ramas golpearon contra las ventanas.
Y, desde algún lugar lejano, llegó un sonido.
Un aullido.
Largo.
Profundo.
Imposible de confundir con el de un perro.
Aveline sintió que todos los pelos de sus brazos se erizaban.
—¿Qué fue eso?
Eleanor cerró las cortinas.
—Nada.
—No sonó como nada.
—Vete a tu habitación.
—Mamá...
—¡Ahora!
Aveline nunca había visto a Eleanor así.
No había autoridad en aquella orden.
Había desesperación.
Subió las escaleras lentamente.
Pero antes de entrar en su habitación, miró hacia atrás.
Su madre seguía en la cocina.
Estaba recogiendo el cuervo del jardín con unas manos temblorosas.
Aveline cerró la puerta de su habitación.
Se apoyó contra ella.
Y entonces sacó su teléfono.
Tenía un mensaje nuevo.
Número desconocido.
El corazón le dio un vuelco.
Abrió el mensaje.
Solo había una frase.
NO VAYAS A RAVEN HOLLOW.
Aveline se quedó mirando la pantalla.
Un segundo después llegó otro mensaje.
ÉL SABE QUE ESTÁS VIVA.
Aveline sintió que la respiración se le cortaba.
No entendía quién era "él".
No sabía qué significaba aquel mensaje.
Y, sobre todo, no entendía cómo alguien podía saber que ella estaba viva si nunca había conocido a nadie de Raven Hollow.
Entonces llegó un último mensaje.
Esta vez no había palabras.
Solo una fotografía.
Aveline la abrió.
Era una imagen vieja.
Muy vieja.
En ella aparecía una mujer joven de cabello oscuro.
Una mujer que Aveline jamás había visto.
Pero había algo en su rostro que le resultó inquietantemente familiar.
La mujer sostenía a un bebé entre sus brazos.
Aveline acercó la imagen.
El bebé tenía una pequeña marca en forma de media luna sobre el hombro.
La misma marca que Aveline tenía desde que nació.
Debajo de la fotografía había una fecha.
21 años atrás.
Aveline sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Y entonces vio algo más.
Al fondo de la fotografía había un hombre.
Solo se distinguía parcialmente su rostro.
Pero sus ojos estaban perfectamente visibles.
Aveline sintió un frío recorrerle el cuerpo.
Porque, aunque jamás había visto a aquel hombre...
tuvo la extraña sensación de que él sí la conocía.
Y que llevaba mucho tiempo esperando encontrarla.
Aveline apagó el teléfono.
Pero antes de poder reaccionar, escuchó un sonido proveniente del jardín.
Un gruñido.
Levantó lentamente la mirada hacia la ventana.
Las cortinas estaban cerradas.
No quería acercarse.
No debía hacerlo.
Pero algo dentro de ella la obligó.
Caminó lentamente hasta la ventana.
Apartó apenas la cortina.
El jardín estaba vacío.
Sin embargo, sobre la hierba había huellas.
Grandes.
Demasiado grandes para pertenecer a un perro.
Aveline retrocedió.
Entonces escuchó tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
No venían de la ventana.
Venían de la puerta de su habitación.
Aveline se quedó inmóvil.
—¿Mamá?
Nadie respondió.
Tres golpes más.
Toc.
Toc.
Toc.
Aveline se acercó lentamente a la puerta.
Puso la mano sobre el picaporte.
Y justo antes de abrirla, escuchó una voz al otro lado.
Una voz masculina.
Grave.
Susurrante.
—Aveline...
Ella soltó el picaporte.
La voz volvió a hablar.
—Hija.
Aveline sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Porque aquella voz no pertenecía a su padre.
No pertenecía a Gabriel Mercer.
Y definitivamente no pertenecía a nadie que ella conociera.
Del otro lado de la puerta, alguien volvió a susurrar:
—He esperado veintiún años para encontrarte.
Aveline retrocedió.
Y, por primera vez en toda su vida, comprendió que la historia que su madre había intentado esconder no había quedado en el pasado.
La historia acababa de encontrarla.
Y estaba llamando a su puerta.