7 de julio del 2026.
Siento un peso abrumador en mi cuerpo. Lucho por moverme, pero mis manos están atadas, lo que me impide cualquier intento de liberación. Estoy arrodillada y mi cabeza permanece cubierta por un trozo de tela que me deja a oscuras. A mi alrededor oigo el sollozo de varias personas; sus lamentos son desgarradores suplican con fervor. A través de la tela alcanzo a vislumbrar un resplandor parpadeante, como de antorchas en la penumbra.
De repente, escucho pasos acercándose y, en un instante, me arrancan la tela de la cabeza, revelando una sombría visión: me encuentro en el bosque, frente a una tumba marcada con el tótem de un oso. Varias personas ataviadas con máscaras de madera y vestimenta oscura me observan en silencio, creando una atmósfera ominosa.
Todos llevan armas: algunos empuñan cuchillos, otros hachas y armas de fuego. Hay quienes portan lo que parecen explosivos colgados de sus cinturones tácticos. Están listos para cazarnos. Al frente, un hombre con una máscara de cuervo se posiciona ante nosotros. Miro a mi alrededor y reconozco a mis vecinos: Susan, Robert y Rosa, todos golpeados y amarrados, una furia me envuelve, pero no puedo hacer nada por ellos y eso me desarma por completo.
—Como ya saben, la cacería está a punto de comenzar —anuncia—. Los residentes conocen las reglas, pero a los recién llegados se las explicaré: les daremos una ventaja de cinco minutos para que puedan escapar. Nuestros cazadores los perseguirán. Tienen tiempo hasta el amanecer; la presa que logre sobrevivir podrá decidir entre irse o quedarse, pero no podrá volver a ser considerada presa jamás.
La tensión es palpable. La sed de sangre y el ansia por capturarnos desbordan a la multitud. Se muestran inquietos, moviéndose de un lado a otro y agitando sus armas con nerviosismo. Empiezo a repasar en mi mente cada una de las instrucciones de Xander, recordando las rutas que debo seguir. Debo salir del bosque y dirigirme al pueblo, donde planeo hacer las paradas necesarias para continuar con el plan.
El hombre hace una señal con la mano y las personas detrás de nosotros se apresuran a cortar las sogas de nuestras muñecas.
—El juego está a punto de comenzar —su voz adquiere un tono oscuro y amenazante—. Esta noche saldrán a la luz sus verdaderas bestias. ¡Que comience la cacería! —grita, y un disparo retumba en el aire.
Las personas se levantan y comienzan a correr a toda prisa. Yo también me pongo de pie y me lanzo a la carrera, esquivando ramas, raíces y piedras. El suelo del bosque está húmedo y lleno de desniveles, haciéndome perder el equilibrio en varias ocasiones.
Entonces, a lo lejos, lo escucho cantar esa horrible canción que me pone los pelos de punta y me provoca náuseas:
«Silencio en la sombra, no intentes correr,
el Oso en la puerta te viene a comer.
El cuervo vigila desde el picacho…
que la noche es muy larga.
Siente las pisadas, no intentes rezar,
el rastro de tu sangre nos va a guiar.
La cacería empieza… y la presa eres tú esta vez.
Calla tu aliento, no hagas un ruido,
que el pueblo no olvida a quien ha elegido».
Mi corazón se acelera. Las piernas me duelen, pero no me detengo; continúo corriendo sin mirar atrás, guiándome únicamente por las indicaciones de Xander. Me falta poco para salir del bosque.
De pronto, escucho pisadas pesadas ganando terreno detrás de mí.
La voz de Xander resuena en mi mente con una claridad helada: «Ellos o tú».
Las pisadas rompen las ramas secas justo detrás de mí. No me da tiempo de llegar a la calle principal; el aire caliente y pesado de mi perseguidor me quema la nuca. Antes de que pueda girarme, una mano enorme me agarra con fuerza del cabello, jalándome hacia atrás con un tirón tan violento que suelto un grito agudo que rasga la noche.
Pierdo el equilibrio y caemos juntos al suelo húmedo. El impacto me saca todo el aire de los pulmones. Intento arrastrarme desesperadamente entre el barro, usando las uñas para aferrarme a las raíces, pero él me arrastra de nuevo por la coleta.
Grito con todas mis fuerzas, un alarido de puro terror que retumba entre los árboles mientras me giro bruscamente sobre la espalda.
Por encima de mí se alza la figura masiva de la máscara de oso. La madera rústica se ve siniestra a la luz de la luna. Sin mediar palabra, levanta la mano y me asesta un puñetazo salvaje. El filo del anillo me corta la mejilla derecha; siento la piel abrirse y la sangre tibia se desliza por mi rostro.
—¡Suéltame! ¡Déjame! —grité ahogándome en mi propio llanto, intentando cubrirme.
Él saca una hoja afilada y la deja caer en un tajo descendente. Levanto el antebrazo instintivamente para bloquearlo: el metal me rebana la piel, cortando la tela del suéter. El dolor es punzante, quemante, y hierve la sangre en mis venas.
«Ellos o tú».
La adrenalina apaga la razón. Llorando del miedo y cegada por las lágrimas y la sangre de mi rostro, meto la mano temblorosa en la caña de la bota y saco la pequeña navaja. Recordando las palabras de Xander, flexiono la pierna con furia y le clavo el talón en el empeine con todo mi peso.
El hombre suelta un gruñido sordo y afloja el agarre por un segundo. Uso ese instante para girar el cuerpo y clavarle la navaja de lleno en el muslo. Él ruge de dolor y se tambalea sobre mí.
El terror y la locura de no querer morir se apoderan de mi mente. Fuera de mí, envuelta en un ataque de pánico absoluto, empiezo a asestar estocadas a ciegas: una en el costado, otra en el cuello, otra en el pecho.
Punzadas violentas, torpes y desesperadas. Apuñalo una y otra vez mientras los sollozos me ahogan el pecho, gritando entre lágrimas, sintiendo la sangre caliente de la bestia empaparme las manos hasta que su cuerpo pesado pierde la fuerza y se desploma sobre mí.
El silencio vuelve de golpe al bosque. Solo queda mi respiración entrecortada, el llanto histérico que no puedo contener y el cuerpo inerte del hombre cubriéndome de sangre.
Editado: 07.10.2026