Ray Member I

Capitulo XV: Epifanía

La oscuridad de la celda me trajo el recuerdo de las frías noches del desierto. Miré por la pequeña tragaluz que dejaba ver la inmensidad de la luna. ¿Quién diría que apenas la noche anterior estaba en compañía de una princesa, y hoy me encuentro a solas, acompañado solo por una fila de escarabajos que merodean el suelo de piedra?

—Mañana a esta hora, los buitres se alimentarán de mi carne —murmuré para mí mismo—. Resulta irónico: ellos fueron mi principal sustento en el desierto. Al final tendrán su venganza y la carne de los suyos volverá a sus entrañas.

De pronto, me vinieron a la mente las palabras de la princesa Lucy. Dijo que mi llegada a Sodoma no había sido una casualidad. Desconozco el misterio tras sus palabras, pero si es verdad... si de verdad hay un propósito en esto, quisiera convertirme en todo lo que ella espera. Y mucho más.

Observé la palma de mi mano, detallando cada línea. No lucía fuerte; al contrario, seguía pareciendo la mano de un niño que aún necesita protección. Con esta frágil mano fui incapaz de salvar a mi familia, una culpa que me acompañará siempre. No quiero volver a perder a nadie. Quiero que quienes estén conmigo se sientan a salvo, pero jamás lo lograré encerrado en este lugar. ¿Voy a seguir aquí sentado, esperando a que alguien venga a rescatarme como esperé a mi padre en aquel entonces?

Me puse en pie, harto de las lamentaciones y con el impulso ardiente de arrancar los barrotes con los dientes si fuera necesario. No podré proteger a mis amigos, a Lucy ni a Nay si me quedo de brazos cruzados. La furia y la frustración me nublaron la vista. Jamás he sido hábil para pensar; no poseo la inteligencia ni la estrategia de Daniels, ni la audacia de Claus —quien, aunque se niegue a admitirlo, es inmensamente valiente—. Pero yo... yo tengo que ser la fuerza que ellos necesitan.

Apreté el puño con firmeza alrededor del barrote.

De pronto, en medio de la penumbra, aparecieron dos ojos brillantes y penetrantes. Retrocedí un poco la cabeza, esforzándome por enfocar la vista y reconocer a la figura que venía a visitarme a altas horas de la noche. Se adelantó despacio hasta dejarse ver por completo: primero sus delicadas piernas desnudas y luego el resto de su cuerpo. Era Amelia, envuelta en esa misma aura de misterio que la caracterizaba; casi parecía desplegarla de manera deliberada.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, sorprendido.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

—Escuchaba tus lamentos... No quería interrumpirte, parecías estar viviendo un momento de profunda revelación personal.

—No digas tonterías. ¿Cómo entraste sin que te vieran los guardias?

—Tengo mis métodos —respondió mientras pasaba un dedo con parsimonia por su escote.

Aparté la vista de inmediato para evitar fijarme en sus prominentes atributos.

—Prefiero no saber los detalles —murmuré, desviando la mirada.

—Vaya, lo siento. Es verdad que prefieres a las de piel más delicada...

Sentí que el rostro me ardía al pensar en Lucy; fue un reflejo inevitable.

—Tranquilo, solo bromeo. Estar prisionero no significa que debas perder el sentido del humor —dijo mientras se aproximaba y alzaba la mano.

En sus dedos sostenía el libro que me había dado Lucy.

—¿Cómo lograste...? —empecé a preguntar, pero la respuesta sobre cómo lo había conseguido era demasiado obvia. Aun así, no podía negar mi sorpresa al descubrir los gustos de Sadiel. Por lo visto, los demonios caen en la tentación del mismo modo que los humanos.

Extendí la mano para tomarlo, pero Amelia lo retiró hacia sí, fuera de mi alcance. La miré con absoluta confusión.

—No tan rápido —dijo en tono burlón.

—¿Qué pretendes? —cuestioné.

—Quiero que me digas para qué vas a usarlo. Claro, además de para salir de aquí, obviamente.

—Es para encontrar a alguien.

—¿Una persona?

—Sí. A mi hermana menor.

—Conque buscas a tu hermana...

Por un instante, una extraña sombra de nostalgia cubrió la mirada de Amelia.

—Está bien... Tómalo. Es tuyo —dijo, depositándolo en mis manos.

—Ahora me toca a mí preguntar —dije, fijando mis ojos en los suyos.

—¿Y bien?

—Aún le eres leal a Lucy, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. ¿A qué viene eso?

Contemplé el encuadernado de cuero antes de volver a mirarla. Amelia comprendió el mensaje de inmediato, sin necesidad de que pronunciara una sola palabra.

—Lo dices por eso... Bueno, lo cierto es que jamás me he enamorado. No puedo hacerlo, aunque quisiera. Así que no te preocupes: mi corazón jamás se interpondrá en mi lealtad hacia la princesa. Le debo la vida y no sería capaz de traicionarla. No existe nadie mejor que ella para portar la corona y gobernar Sodoma.

Dibujé una leve sonrisa al escucharla, aunque sus palabras terminaron dejándome con más interrogantes de las que ya tenía. Ganas de indagar no me faltaban, pero algo en mi interior me advirtió que no me revelaría nada más sobre su pasado. De insistir, corría el riesgo de llevarme un buen golpe; después de todo, ya había sido bastante amable con el simple hecho de estar allí.




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