Realm of Mystery

Capítulo II

Siento mucho frío en el ambiente.

Es anormal.

Casi parece que los dedos de mis pies van a congelarse.

Me levanto de la cama para buscar un par de calcetines. Apenas puedo moverme. Mis articulaciones duelen. ¿Por qué diablos hace tanto frío? Puedo ver el vaho saliendo de mi boca. Intento encender la calefacción, pero es imposible. No funciona. Las ventanas están cerradas a cal y canto. Los cristales están cubiertos de vaho y no puedo ver nada a través de ellos sin importar cuánto me esfuerce en limpiarlos. Me cuesta abrir el armario.

Pareciera que algo está bloqueando el paso de las puertas corredizas.

La puerta se mueve sólo un par de centímetros y se detiene. No avanza más. Quizá pueda ir a pedirle un par de cobertores extra a mi madre. Pero no puedo salir de mi habitación. La puerta está cubierta de hielo.

Intento quebrarlo. El hielo quema mi piel. El ardor es insoportable.

Cada vez hace más frío aquí dentro. Puedo sentir los desesperados latidos de mi corazón, así como percibo que el calor escapa lentamente de mi cuerpo. Tomo un cobertor de mi cama, pero la tela se desintegra en mis manos. Se convierte en polvo que cae a mis pies. Y el polvo se transforma en diminutos cubos de hielo. Intento retroceder, pero los cubos de hielo se multiplican y cubren mis pies.

No puedo moverme.

—¡Mamá!

Ella no responde. No puede escucharme. La puerta y las ventanas han desaparecido. Los cubos se transforman en una sola gruesa capa de hielo que sigue subiendo hasta llegar a mis rodillas. Ya no siento mis piernas. No importa cuánto me mueva, el hielo no deja de avanzar. Ha llegado a mi cintura. La sensación de que la parte inferior de mi cuerpo no existe más es desagradable. Y esa voz femenina y espectral se escucha desde algún lugar dentro de la habitación, aunque a la vez no está aquí.

—Akira…

El hielo ya ha cubierto mi estómago. Sigue subiendo hasta mis hombros.

—Akira…

Tengo que salir de aquí… Tengo qué…

 

—¡Akira!

Despierto de golpe. Mi cuello y mi espalda duelen gracias a que me he quedado dormido en la silla de mi escritorio. Ya ha amanecido. Los rayos del sol se cuelan entre las persianas. El plato sucio de la tarta de anoche ha desaparecido. La bebida está olvidada a un lado del ordenador. La pantalla sigue encendida.

Lo que dice el reloj es contundente.

Son las once menos cuarto.

—¡Akira, el desayuno está listo!

Me cuesta levantarme.

Y me cuesta aún más controlar los latidos de mi corazón.

Aún me siento alterado.

Aún siento que se congelan los dedos de mis pies, a pesar de que el clima es un tanto caluroso. Y el eco de esa voz espectral sigue resonando en lo más profundo de mi mente.

—¡Akira!

En el ordenador puedo ver que mi avatar dentro del juego sigue en el mismo lugar donde recuerdo que lo dejé antes de que el sueño me venciera. Sentado en una mesa de Goblin’s Pub. La taberna más popular de la cuarta región del reino de…

—¡¡Akira!! ¡¡El desayuno!!

Tengo que bajar antes de que la comida se enfríe. Apago el ordenador y salgo de la habitación, no sin antes tomar el móvil de encima del escritorio. Tengo un par de mensajes nuevos. Ambos son de Makoto. Por alguna razón, creí que habría al menos tres o cuatro mensajes de Mizuki. Sé que debí llamarla anoche, que debí comer esa tarta, pero…

—Ya era hora. Mamá quería servirnos el desayuno antes de ir al supermercado.

La voz de Touma me saca mis pensamientos, pero no es suficiente para hacerme dejar de pensar en el eco de la voz espectral. Mi madre parece realmente apurada. No deja de mirar el reloj. El desayuno consiste en un poco de arroz, tostadas y té caliente. Hay dos platos servidos además del de mi hermano y el de ella. Mi padre aún debe estar aquí.

—Akira —dice mi madre un tanto acalorada—, ¿puedes llevar el desayuno de tu padre a su estudio?

—Por supuesto.

Coloco el desayuno de mi padre en una bandeja y subo de nuevo las escaleras para ir al estudio.

Es una pequeña habitación al fondo del pasillo, donde sólo puede existir él con su escritorio, un sofá y un par de estanterías llenas de libros.

Eso, junto con las pilas de documentos que trae cada día desde su oficina.

Siempre tengo que llamar a la puerta dos veces antes de entrar. A mi padre no le gusta ser interrumpido.

—Papá, el desayuno.

Silencio.

—Papá, te traje el desayuno.

Nada. Eso significa que puedo entrar, y que mi padre se ha quedado dormido mientras trabajaba. Su cabeza y sus brazos descansan sobre lo que parece ser el reporte de las ventas de las últimas tres semanas. Los números sólo ascienden. Mi padre es excelente en su trabajo. Y, además de eso, hay otra cosa sobre el escritorio. Es un correo electrónico impreso, enviado por el mismísimo Kazuto Tokyo. Contiene sólo un puñado de líneas como respuesta a una extensa explicación de mi padre acerca de las razones por las que quiere ir a Osaka con nosotros.

 

No hace falta que diga más, Matsuda.




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