Rechazada En El Altar

Capitulo UNO

El encaje del vestido de novia me apretaba tanto el torso que cada bocanada de aire se sentía como una pequeña puñalada en las costillas. Pero no me importaba. Durante seis meses había soportado dietas absurdas, miradas de lástima de las diseñadoras y los murmullos a mis espaldas solo para encajar en ese molde de seda blanca.

Él estaba allí, al final del altar.

Ezequiel Vance. El magnate inmobiliario del que todos hablaban; un hombre esculpido en mármol, frío, implacable en los negocios y completamente inalcanzable para cualquiera. Y sin embargo, me había elegido a mí. A Elena, la heredera torpe y fuera del estándar de belleza que el mundo de la alta sociedad tanto despreciaba.

—Ezequiel Vance —retumbó la voz del sacerdote, resonando en la inmensa catedral de cristal—. ¿Aceptas a Elena Ross como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

Sostuve la mirada de Ezequiel. Sus ojos grises, siempre indescifrables, no mostraban el menor brillo de emoción. Su mano, tibia pero firme sobre la mía, ni siquiera tembló.

Esperé el seguro y tajante «Acepto» que sellaría nuestro trato y mi vida.

Ezequiel soltó mi mano.

El movimiento fue lento, casi calculado. Luego dio un paso atrás, creando una distancia abismal entre los dos frente a trescientos invitados de la élite nacional.

—No —dijo.

Su voz no tembló. No usó micrófono, pero el eco de esa sola palabra golpeó las paredes de la iglesia como una detonación.

Un murmulló sofocado recorrió las bancas, sentí el rostro arder, y el pulso desbocado golpeándome los oídos.

—Ezequiel... ¿qué haces? —susurré, intentando sonreír, creyendo por un segundo de locura que era una broma.

Él ni siquiera parpadeó. Acomodó el botón de su saco con una elegancia espeluznante antes de volver a mirarme.

—No puedo casarme contigo, Elena —declaró en voz alta, asegurándose de que cada cámara de prensa en la entrada tomara la toma perfecta—. No te amo. Nunca lo he hecho.

El murmullo de la multitud se convirtió en un rugido de jadeos y susurros. El sacerdote se quedó paralizado, con el libro sagrado suspendido en el aire.

—¿Por qué? —la palabra salió de mi garganta rota, casi inaudible—. Dijiste que...

—Acepté este arreglo por los negocios de tu padre, pero esto es ridículo —me interrumpió, recorriendo mi figura de arriba abajo con una mirada helada que me desnudó el alma—. Mírate. Míranos. No perteneces a mi mundo, Elena. Bastante humillación ha sido fingir durante meses que puedo sentir algo por ti. No voy a pasar el resto de mi vida atado a alguien a quien ni siquiera puedo mirar con deseo.

Cada palabra era un impacto de demolición. El dolor físico fue tan real que me llevé una mano al estómago, sintiendo que me faltaba el oxígeno. Las miradas de los invitados ya no eran de envidia; eran de burla, de satisfacción, de morbo.

Ezequiel no esperó a que yo dijera nada más. Se dio la vuelta con aplomo y caminó por el pasillo central, dejando tras de sí un rastro de perfume costoso y las ruinas de mi dignidad.

Las cámaras fotográficas no dejaron de parpadear. Eran como luciérnagas voraces devorando lo poco que me quedaba de dignidad.

—¡Elena! ¿Sabías que el señor Vance nunca estuvo enamorado? —¡Elena, una declaración para el titular de mañana! ¿El compromiso era solo una estrategia financiera?

Las preguntas volaban como dardos. Mi padre, en lugar de cubrirme o sacarme de la catedral, corrió hacia los periodistas con las manos en alto, intentando frenar el desplome de las acciones de nuestra empresa. Mi madre adoptiva y mi hermanastra, Natalia, estaban a unos pasos. Natalia ni siquiera disimulaba la sonrisa de triunfo detrás de su abanico de seda.

Estaba sola en medio del pasillo. Con un vestido de más de veinte kilos que ahora se sentía como una armadura de plomo, el velo rasgado por mi propio temblor y el maquillaje corrido por las lágrimas que no pude contener.

—Sáquenla por la puerta trasera —ordenó mi padre al guardia de seguridad, sin siquiera mirarme a los ojos—. Esto es un desastre para la imagen del grupo Ross. ¿En qué estabas pensando, Elena? Dejaste que te humillara así en frente de todos.

—¿Que yo dejé...? —la voz me salió como un rasguño seco.

—Si fueras la mitad de elegante que tu hermana Natalia, Ezequiel no te habría plantado —mulló mi madrastra, tomándole el brazo a mi padre mientras fingía preocupación ante la prensa—. Ahora camina, que das vergüenza.

Me arrastré hacia el vehículo con la cabeza en alto, tragándome el veneno. No lloré más. El dolor agudo en el pecho se convirtió en una piedra dura y pesada en el fondo de mi estómago.

Horas después

Llegamos a la mansión Ross tres horas después. El silencio de la casa era sofocante, roto solo por el pitido incesante del teléfono celular de mi padre.

Sin pedir permiso, me fui directo al gran espejo del vestíbulo. Me miré. La tela ajustada marcaba cada curva que el mundo consideraba "incorrecta", el tul blanco estaba sucio por el polvo del suelo de la iglesia y mi rostro reflejaba la figura de una víctima.

Tomé las tijeras de costura que estaban sobre la mesa de la entrada.

—¿Qué haces, loca? —gritó Natalia al entrar tras de mí, cruzándose de brazos.

Sin responderle, clavé la punta de las tijeras en la parte delantera del corsé y rasgué la seda hacia abajo con todas mis fuerzas. El sonido de la tela rompiéndose retumbó en la estancia. Corté las faldas, deshaciéndome de metros de tul hasta que el vestido cayó a mis pies como una alfombra de trapos viejos. Me quedé en ropa interior, frente a mi familia, respirando por primera vez en diez horas sin sentir que la tela me asfixiaba.

—Se acabó —dije, mirando fijamente a mi padre.

—¿Qué se acabó? —respondió él, tirando su saco sobre el sofá con frustración—. ¡El contrato con el Grupo Vance se cayó por tu culpa! Ezequiel retiró los fondos de inversión hace veinte minutos. Estamos en la quiebra, Elena. ¿Tienes idea de lo que eso significa?




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