Rechazada En El Altar

Capitulo DOS

El teléfono de la casa sonó. Mi padre lo contestó de inmediato, esperando quizás una disculpa de la corporación Vance.

—¿Sí?... ¿Señor Vance? —la voz de mi padre cambió a un tono servil y desesperado—. Señor Vance, por favor, lo que pasó hoy se puede arreglar. Elena puede disculparse públicamente, podemos hacer una rueda de prensa...

—Pásame el teléfono —le exigí.

—Cállate, Elena —me amenazó él, tapando el micrófono.

Le arrebaté el auricular de la mano con un tirón tan seco que tropezó hacia atrás. Me pegué el teléfono a la oreja. Al otro lado de la línea, la respiración pausada y calculadora de Ezequiel era inequívoca.

—Ross —dijo Ezequiel con su tono helado de negocios—. Les daré hasta mañana a primera hora para desocupar la propiedad de la bahía. Estaba a nombre de la boda. Como el matrimonio no se concretó, la garantía vuelve a ser del Grupo Vance. No intenten llamarme de nuevo.

—Ezequiel —dije.

Hubo un silencio absoluto del otro lado. No esperaba que fuera yo quien hablara.

—Elena —respondió tras una pausa imperceptible—. No hay nada que hablar. Ya fui bastante claro en el altar. No pierdas la poca dignidad que te queda pidiendo explicaciones.

Una sonrisa amarga y afilada se dibujó en mis labios.

—No te llamo para pedirte explicaciones, Vance —dije, asegurándome de que mi voz sonara firme, profunda y desprovista de cualquier rastro de la chica sumisa que conoció—. Te llamo para avisarte de algo. Hoy me destruiste públicamente. Disfrutaste el espectáculo, ¿verdad?

—Fue solo negocios y realidad, Elena. No sirves para estar a mi lado.

—Perfecto. Pero cometiste un error grave —continué, dando un paso hacia el gran ventanal de la mansión—. Me dejaste viva. Y desde este preciso instante, cada centavo que el Grupo Vance intente ganar, cada contrato que intentes firmar y cada paso que des en esta ciudad, me va a pertenecer. No me voy a esconder. Voy a hacer que lamentes el día en que decidiste usarme como tu entretenimiento.

Ezequiel soltó una risa baja, sutil y cargada de arrogancia.

—¿Tú? ¿Una ingrata mimada y despechada que ni siquiera puede controlar su propio peso? Por favor, Elena. No estás a mi nivel.

—Pon a prueba esa teoría —susurré. Y le colgué en la cara.

Giré sobre mis talones. Mi padre y mi madrastra me miraban como si fuera una desconocida. Natalia dio un paso atrás, incómoda por la luz oscura que ardía en mis ojos.

Subí a mi habitación, abrí el caja fuerte oculta detrás de la pintura de mi verdadera madre y saqué el único documento que nadie en esa casa sabía que existía: el testamento original de mi abuelo materno, donde me cedía el 51% de las acciones de la única filial logística que mantenía a flote al Grupo Ross y que Ezequiel necesitaba desesperadamente para su nuevo proyecto portuario.

Ellos creían que me habían dejado en ruinas. No sabían que acaba de comenzar mi guerra.

Ezequiel Vance.

La oficina en el último piso de la Torre Vance olía a cuero caro, café recién molido y el aroma seco del papel recién impreso. Desde la enorme cristalera que dominaba toda la ciudad, la noche parecía un tablero de ajedrez donde cada luz era una pieza moviéndose exactamente como yo quería.

Ajusté los gemelos de plata en mis puños y le di un trago a mi whisky.

En la mesa de centro descansaba la portada del diario financiero de la tarde. La fotografía era impecable: yo, caminando con paso firme por el pasillo de la catedral; detrás, Elena, pequeña y sola, rodeada de telas blancas que parecían sofocarla. El titular no escatimaba en morbo: «Plantada en el altar: El imperio Vance rompe la alianza con los Ross».

El teléfono de mi escritorio sonó. No me molesté en contestar; sabía que era mi abogado. En su lugar, dejé que entrara la llamada al altavoz.

—Ezequiel —la voz de Julián, mi director legal, sonaba inusualmente tensa—. Las acciones del Grupo Ross cayeron un doce por ciento tras la noticia. El pánico está cundiendo entre sus inversionistas. Si queremos absorber su filial de transporte, este es el momento de lanzar la oferta de compra hostil.

—Espera a que caigan un cinco por ciento más —dije, mirando las luces de los autos en la avenida—. Mañana a mediodía, cuando el padre de Elena no tenga ni para pagar la nómina de sus empleados, vendrá arrastrándose a vender la compañía por la mitad del precio real.

—Entendido. Por cierto... ¿estás seguro de la llamada de esta tarde? Mis secretarias me dijeron que la chica Ross intentó comunicarse dos veces más después de que hablara contigo.

Un ligero destello de fastidio me cruzó el pecho. La voz de Elena en el teléfono aún resonaba en mi cabeza con un matiz extraño. Durante los seis meses de nuestro «compromiso», ella apenas había levantado la mirada. Era una mujer callada, torpe, que se sonrojaba cada vez que alguien la miraba más de dos segundos y que siempre parecía pedir perdón solo por ocupar espacio. Su voz solía ser un hilo tímido, casi inaudible.

Pero hoy, al otro lado de la línea, no había nada de esa timidez. Había un filo helado, algo oscuro que no encajaba con la imagen de la malcriada y sumisa que me había vendido su padre.

—Solo está desesperada, Julián —respondí, apartando el pensamiento de mi mente—. Las mujeres como ella están acostumbradas a que el dinero de sus familias les resuelva la vida. Perder el apellido Vance y la reputación en un solo día la sobrepasó. Déjala que pataleé. No tiene las garras ni los recursos para hacernos daño.

Colgué antes de que pudiera responder.

Volví a mirar la fotografía de la prensa. Mi mirada se detuvo un segundo en los ojos de Elena. En la foto, mientras yo le daba la espalda, ella no estaba llorando. Tenía la mandíbula apretada.

Sentí una punzada absurda en el estómago, un chispazo de duda que ahogué de inmediato con otro trago de whisky. Yo no cometía errores. Había planeado esto durante dos años: usar el compromiso para infiltrarme en los activos del viejo Ross, sanear sus deudas y luego cortar el lastre antes de firmar el contrato definitivo. Elena era solo un medio para un fin. Un peón prescindible en un juego de miles de millones de dólares.




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