Rechazada En El Altar

Capitulo TRES

—Señor Vance... Tenemos un contratiempo con la adquisición de los astilleros del norte —dijo, sin acercarse demasiado a la mesa.

—¿Qué clase de contratiempo? El contrato estaba listo para firmar.

—Lo estaba. Pero hace media hora, el representante legal de la filial logística de los Ross envió un recurso de congelación de activos ante el tribunal mercantil. Cancelaron la transferencia de títulos que su padre nos había prometido.

Me giré despacio. El calor del whisky se esfumó de golpe, reemplazado por una fría corriente de cálculo.

—Eso es imposible. Guillermo Ross firmó la carta de intención la semana pasada. Él controla el paquete mayoritario.

—Ahí está el detalle, señor —Marcus abrió la carpeta y sacó un documento sellado con timbre notarial reciente—. Guillermo Ross poseía el cuarenta y nueve por ciento. Creíamos que el resto pertenecía a la corporación matriz, pero no es así. El cincuenta y uno por ciento restante estaba retenido en un fideicomiso cerrado a nombre de la difunta Sra. Ross. Y la cláusula de liberación se ejecutó esta misma tarde.

Me acerqué a la mesa, tomé el papel de un tirón y leí la última línea marcando con tinta roja el nombre del nuevo accionista mayoritario y presidenta del consejo de administración.

Elena Ross.

La firma al final era firme, con trazos rectos y decididos, sin un solo temblor.

Me quedé en silencio mientras el tic-tac del reloj de pared parecía volverse ensordecedor. No era una rabieta de una chica despechada. Mientras su padre lloraba frente a las cámaras y la prensa se alimentaba del escándalo, ella había ido directamente a un notario a reclamar el control de la única pieza operativa que yo necesitaba para cerrar mi negocio internacional de logística.

Recordé sus últimas palabras por teléfono: «Me dejaste viva».

Apreté el papel entre mis dedos hasta arrugarlo.

—Llama a los abogados —dije con la voz tan baja que casi pareció un susurro—. Y quiero una reunión presencial con la nueva presidenta de la filial. Mañana mismo.

Elena Ross

La sala de juntas del piso doce olía desde temprano a angustia retenida. Mi padre llevaba casi una hora caminando de un lado a otro frente al gran ventanal, masticando las uñas con la desesperación de un hombre que se sabe acorralado. Natalia, sentada en una de las sillas de piel, revisaba frenéticamente las redes sociales en su teléfono, mirando cómo su nombre y el mío se mantenían como tendencia nacional.

Yo apretaba las manos debajo de la mesa para disimular el temblor. Pero no era solo por la reunión. Había una presión distinta, más profunda y sorda en el bajo vientre.

Tres semanas.

Tres semanas de retraso que hasta ayer había intentado justificar con el estrés de la boda, con las dietas matadoras a las que me sometí para entrar en el vestido, con cualquier cosa antes de admitir la aterradora posibilidad. Pero esta mañana, al despertarme con una náusea repentina y la amargura en la garganta, la realidad me golpeó como un cubo de agua helada.

Si estaba embarazada, era de él. Del mismo hombre que me había despedazado frente a trescientas personas hacía menos de veinticuatro horas.

—Estás loca, Elena —dijo mi padre, deteniéndose de golpe para señalarme con el índice—. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Ezequiel Vance no negociará contigo; te va a aplastar en los tribunales. Va a meter a un ejército de abogados y se quedará con todo. ¡Nos vas a dejar en la calle!

Giré la taza de té sobre la mesa de cristal. El olor de la infusión me provocó un leve mareo, pero tragué saliva y mantuve la postura. Vestía un traje sastre oscuro de mi madre que me quedaba ajustado en los hombros, pero tenía la espalda recta y el mentón en alto.

—Si estuviera tan seguro de ganarnos en un tribunal, no habría aceptado la reunión —respondí sin levantar la voz—. Los jueces tardan meses en resolver un fideicomiso, y Ezequiel no tiene meses. Su contrato con los inversores europeos vence en treinta días. Sin nuestros astilleros, sus barcos no tienen dónde atracar.

—Eres una engreída —escupió Natalia, cruzándose de brazos con desprecio—. Crees que porque heredaste un papel viejo te convertiste en una mujer de negocios. Cuando Ezequiel cruce esa puerta, vas a temblar como siempre.

Antes de que pudiera responder, la puerta de madera maciza se abrió de par en par.

Ezequiel entró.

No venía solo. Lo seguían tres abogados vestidos con trajes grises y carpetas de cuero duro. Pero la presencia de Ezequiel llenaba el espacio por completo. Tenía el abrigo largo colgado del brazo, la camisa impecable y esa mirada gris, metálica y fría que durante meses me había hecho sentir diminuta.

Nuestros ojos se encontraron en el aire y un escalofrío involuntario me recorrió la espina dorsal. En mi mente apareció de golpe el recuerdo de hace un mes, en la suite de su hotel en Nueva York, la única noche en que rompió su propia distancia. Recordé la presión de sus manos en mis caderas, la respiración agitada contra mi cuello y la forma en que me miró en la oscuridad, antes de volver a ponerse la máscara de hielo al día siguiente. Para él había sido un desahogo momentáneo de placer; para mí, el motivo por el cual hoy mi cuerpo guardaba un secreto peligroso.

Por un segundo, vi un chispazo de extrañeza en su rostro al notarme allí, sentada en la cabecera de la mesa, sin una sola lágrima, sin la mirada gacha a la que estaba acostumbrado.

—Señor Ross —saludó Ezequiel, ignorando por completo la presencia de mi padre cuando este intentó estirarle la mano—. No vine a perder el tiempo.

Se acercó a la mesa, tiró su abrigo sobre el respaldo de una silla y se apoyó con ambas manos en el borde de la mesa de madera, inclinándose ligeramente hacia mí. Quedamos a menos de un metro de distancia. El olor de su loción me golpeó de lleno y un conato de náusea me revolvió el estómago. Apreté los dientes con fuerza para no flaquear.




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