Haruki estaba soñando. Pero no era un sueño cualquiera.
Volvía a estar en aquella habitación que había guardada en lo más hondo de su memoria. Era pequeño, quizá seis o siete años. La lluvia golpeaba suavemente contra el cristal, y él estaba acurrucado contra el pecho de su madre, los brazos rodeándola con toda la fuerza de la que era capaz. Respiraba despacio, sin miedo, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana. Aquel era el lugar más seguro del mundo. Los brazos de ella.
—Mamá… —murmuró.
—¿Sí, mi pequeño? —su mano acariciaba su cabello con suavidad.
—¿Puedo quedarme así siempre?
Ella rió bajito.
—Claro que puedes. Pero cuando crezcas tendrás otras cosas: amigos, sueños propios… quizá una familia.
Haruki negó con la cabeza, muy serio.
—Jamás voy a dejar de querer tus abrazos.
—¿Ah, sí? —sonrió ella.
—Sí. Tú eres la persona que más quiero.
—Entonces serás un niño mimado para siempre.
—¡No soy un bebé!
—Está bien, está bien… —lo abrazó más fuerte—. Entonces siempre te abrazaré.
El sueño cambió. Ya no era niño. Pasaron los años. Demasiados. Y desde que ella se fue, Haruki no había vuelto a sentir aquel calor.
No quiero despertar, pensó.
Pero el calor no desapareció. El abrazo seguía ahí.
Abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue tela dorada, brillante y suave, y su rostro estaba pegado contra un pecho que subía y bajaba con calma. Se quedó inmóvil. Parpadeó. Y poco a poco se puso rojo como un tomate.
Levantó la mirada. Y la vio.
El mismo rostro. Los mismos ojos dorados que lo miraban con infinita ternura. La misma sonrisa. Solo que ahora su cabello era de un rubio luminoso, y su forma era distinta, hermosa y radiante. Pero no había duda. Era ella.
—Mamá… —susurró.
—Buenos días, mi pequeño —acarició su cabello con dulzura—. Sigues siendo igual de cariñoso.
—¿…?
—Aunque ahora seas más alto, para mí no has cambiado.
—¡AAAAAAAAAH! —gritó Haruki, escondiendo la cara entre las manos.
A lo lejos, en la entrada de la cueva, Rei dejó caer las ramas que recogía.
—¡¿HARUKI?! —corrió hacia adentro—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Dentro, Haruki seguía con la cara escondida, completamente encendido. Ella lo sostenía con tranquilidad absoluta.
—Mamá… —dijo él, sin atreverse a mirarla.
—¿Sí?
—¡¿Por qué me abrazas así?!
—Porque eres mi hijo.
—¡Pero ya no soy un niño pequeño!
—Para mí sí lo eres.
—¡Tengo dieciséis años!
—Lo sé —sonrió ella—. Y eres maravilloso. Pero déjame explicarte algo. En este lugar, con esta apariencia… mi nombre es Aria.
Haruki la miró confundido.
—¿Aria…?
—Es el nombre que me corresponde aquí. Pero no importa cómo me llame. No importa la forma que tenga… —le acarició la mejilla—. Sigo siendo tu madre. Y siempre lo seré.
—Pero… Aria… —lo probó, y le sonó extraño, ajeno—. No puedo…
—No tienes que hacerlo si no quieres —le sonrió con ternura—. Para ti, puedo ser siempre mamá. Ese es el nombre que tu corazón me dio, y ese nadie me lo puede quitar.
Haruki la miró, con los ojos brillantes. Y sin pensarlo, volvió a abrazarla.
—Mamá…
—Aquí estoy.
En la entrada, Rei los observaba con una mezcla de asombro y emoción.
—¿"Mamá"…? —repitió bajito, con una sonrisa suave apareciendo en sus labios.
Haruki la miró entonces, todavía con las mejillas sonrosadas.
—Profesora…
Rei miró a Aria, luego a él, y asintió.
—Creo que… tengo muchas preguntas.
—Yo también —suspiró Haruki, pero no se apartó del abrazo.
Aria los miró a ambos con calma.
—Entonces sentémonos. Tengo mucho que contarles.
Después de aquel despertar, los tres permanecieron en la cueva. El fuego crepitaba suavemente, arrojando luces cálidas sobre las paredes de piedra, mientras afuera el viento recorría el bosque entre las ramas. Haruki estaba sentado frente a las llamas, todavía tratando de asimilar que no era un sueño. A su lado, Rei lo observaba con paciencia. Y frente a ellos, sobre una roca plana, estaba ella.
Aria.
Llevaba su imponente Armadura Astral dorada, con las alas aún recogidas en un resplandor suave, y sin embargo su presencia era tan familiar como el recuerdo más querido. Era ella. Después de tantos años, estaba allí.
—Entonces… —murmuró Haruki—. ¿Eres realmente tú?
Aria sonrió.
—Sí.
—¿No eres una ilusión?
—No.
—¿Un espíritu?
—Tampoco.
—¿Un sueño?
—Haruki —lo llamó ella con ternura.
—¿Sí?
—Soy tu madre.
Haruki bajó la mirada.
—… Todavía me cuesta creerlo.
—Lo entiendo —Aria soltó una risita suave—. Tómate tu tiempo.
Rei guardaba silencio, asombrada. Ver aparecer a alguien de aquella forma era algo imposible de explicar… y sin embargo, la naturalidad con la que Aria lo miraba, la forma en que lo conocía, todo encajaba de una manera que no podía fingirse.
—Haruki —dijo Aria de pronto.
—¿Sí?
—Mira tu mano.
Él la miró confundido y extendió la palma hacia la luz del fuego. Al principio no vio nada. Pero entonces… una tenue luz dorada brotó sobre su piel, dibujando un símbolo: un reloj circular dividido en doce secciones, cada una marcada con un signo del zodiaco. La mayoría permanecía apagada, gris y silenciosa. Solo uno brillaba con un resplandor intenso y cálido: ♐ Sagitario.
—Esto no estaba ahí cuando salimos del castillo —susurró Haruki, girando la mano para verlo mejor.
—Apareció cuando me invocaste —respondió Aria.
—¿Cuando yo te llamé? —los ojos de Haruki se abrieron más—. ¿Entonces… tú eres mi invocación?
—Exactamente. Existe un vínculo entre nosotros ahora.
Aria se inclinó y posó su mano sobre el pecho de él.
—Soy la Santa de la constelación de Sagitario.
Silencio. Haruki parpadeó. Rei también. Se miraron el uno al otro y luego volvieron a mirarla.