Recuerdos Compartidos

Capítulo 3: Un arma secreta contra una madre enojada

El carruaje retomó la marcha. El camino se extendía tranquilo entre los árboles… o casi tranquilo. Porque al lado, caminaba Aria. Y con una sola mano sostenía la cuerda que arrastraba el inmenso cuerpo del lobo como si fuera ligero como una pluma. La bestia dejaba una profunda huella sobre la tierra, pero ella no parecía sentir su peso en absoluto. Lo que de verdad la preocupaba era otra cosa.

—Qué desperdicio… —decía con los labios fruncidos en un puchero—. Tanto tiempo preparándolo… los ingredientes… el esfuerzo… —le dio un suave golpe con el pie—. ¡Y ni siquiera pudimos probarlo! —otro golpe—. ¡Todo por culpa de este bruto!

Dentro del carruaje, nadie decía nada. El comerciante miraba alternativamente a Aria y al lobo. Su esposa hacía lo mismo. Su hija tenía los ojos muy abiertos, sin pestañear. Y Rei… Rei todavía no terminaba de asimilarlo. Una criatura de cuatro metros, capaz de destrozar el carruaje en un instante, había sido derrotada en segundos y ahora era arrastrada como un saco.

—Al menos podremos venderlo —murmuró el comerciante—. Su piel, sus colmillos, sus partes… valdrá mucho.

Aria refunfuñó:

—Eso no devuelve mi comida.

El hombre decidió no insistir.

Rei se acercó a Haruki, bajito:

—Psst… ¿Tu madre siempre es así?

—Cuando algo realmente le duele… sí.

—¿Y cómo se le pasa?

Haruki desvió la mirada.

—No hay forma oficial.

—Seguro que tú sabes una —insistió ella con esa sonrisa traviesa.

—No.

—Haruki…

—Sé perfectamente qué estás pensando y no.

—Mira —se inclinó más—, si entramos así al pueblo, con el lobo detrás y esa cara de no me hables… va a ser un escándalo.

Haruki cerró los ojos. Sabía que tenía razón. Sintió la mirada de Rei sobre él: hazlo.

—No quiero —murmuró.

—Haruki.

—… —Suspiró, vencido—. No te rías.

—Prometido.

Bajó del carruaje. Caminó hacia ella mientras Aria seguía quejándose al lobo:

—Ocho años sin cocinarle algo decente… lo encuentro de nuevo… y tú apareces… ¡arruinas todo!

Se detuvo frente a ella. Respiró hondo. Era vergonzoso, con todos mirando… pero era la única forma. Dio un paso, la rodeó con sus brazos y apoyó la cabeza contra ella. Cuando levantó la mirada, tenía los ojos suaves, tiernos, casi como cuando era pequeño.

—Mami… —susurró con la voz más dulce que pudo.

El cambio fue instantáneo. El ceño se relajó, los ojos se iluminaron, la rigidez desapareció.

—¡¡¡MI NIÑO!!! —lo alzó en el aire y lo abrazó con todas sus fuerzas—. ¡¡¡MI PEQUEÑO!!!

—¡Mamá, espera! ¡Sí estoy aquí!

—¡Eres tan tierno! ¡Mamá necesitaba este abrazo!

—¡Ya te lo estoy dando!

—¡No es suficiente!

Desde el carruaje, Rei se tapaba la boca para no estallar. La esposa del comerciante soltó una carcajada:

—No hay nada en el mundo que calme más rápido el enojo de una madre que eso.

Rei asintió entre risas:

—Parece que tiene razón.

Haruki luchaba suavemente por zafarse.

—Mamá… ya han pasado treinta segundos.

—Treinta segundos no son nada.

—Pero me aprietas demasiado…

—Te extrañé ocho años —susurró ella, apoyando la mejilla en su cabeza—. Así que tendrás que aguantarme un poquito más.

Haruki suspiró, resignado. Vio a Rei reírse. Vio a la niña tapándose la boca. Cerró los ojos, avergonzado. Y entonces Aria añadió, alegre y radiante:

—Por cierto… ahora que estamos tan bien, tenemos que hablar del brócoli.

Haruki se quedó rígido. La miró horrorizado.

—Tú sabías que iba a decir eso, ¿verdad?

Rei levantó las manos, inocente:

—Yo no sé nada.

—¡TRAIDORA!

—¡Vamos a comer verduritas juntos, mi niño! —lo abrazó más fuerte.

—¡¡¡NOOOOOOO!!!

Tras varias horas de viaje, la ciudad finalmente se dibujó en el horizonte. Altas murallas de piedra gris se alzaban entre árboles y colinas, y a sus pies se extendía un bullicioso asentamiento de techos rojizos, donde la gente iba y venía por caminos de tierra apisonada. El sol comenzaba a descender, tiñendo todo de un tono dorado cálido.

Y allí, caminando junto al carruaje, iba Aria. Su enojo por la comida arruinada había desaparecido por completo, sustituido por una alegría radiante. Cada pocos pasos miraba a Haruki, sonreía, y volvía a mirar al frente con aquel ligero vaivén en su caminar, como si el peso del lobo no existiera.

—Está radiante… —murmuró Rei, recargada en el borde del carruaje.

Haruki suspiró, mirando hacia la ventanilla.

—No debí decirle así.

—¿«Mami»? —Rei sonrió de medio lado—. Pero fue lo único que funcionó.

—Demasiado bien. Ahora no va a soltarme en todo el viaje.

A medida que se acercaban a la entrada, la gente empezó a detenerse. Una anciana que llevaba una cesta de verduras se quedó con las manos en el aire y la cesta casi se le escapa. Un grupo de jóvenes que conversaba en la plaza enmudeció al ver pasar la inmensa sombra que se arrastraba tras ellos. Un niño pequeño señaló con el dedo, con los ojos muy abiertos.

—¡Papá, mira ese perro!

Su padre lo tapó rápidamente con una mano.

—No señales, hijo. No se sabe qué es.

Las miradas no se apartaban de ellos. Y no era solo el lobo. Era ella. Aria, con su cabello rubio que brillaba con la luz del atardecer, sus ojos dorados que miraban todo con curiosidad y ternura, su porte elegante y fuerte a la vez… llamaba la atención de todos. Algunos susurraban. Otros se apartaban del camino. Haruki se encogió un poco en su asiento. Rei lo notó.

—¿Te molesta que la miren?

—No me molesta —murmuró él, mirando hacia otro lado—. Solo… no sé.

—Parece que tienes celos —se burló ella suavemente.

—¡No tengo celos!

—Claro que no.

—¡De verdad no!

—Entonces deja fruncir el ceño así, que pareces un niño pequeño.

Haruki relajó la frente de golpe.

—No lo estaba haciendo.

Rei soltó una risita.

—Como digas.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasa magia y accion

Editado: 25.10.2026

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