La luz que había estallado en medio del bosque no pasó desapercibida. Durante unos segundos iluminó el cielo como si un segundo sol hubiera nacido sobre el horizonte. Incluso a cientos de kilómetros de distancia, la gente la vio. Y para el Imperio, algo así no podía ignorarse.
Pocas horas después, un grupo de investigadores y soldados imperiales llegó al lugar.
—Hemos llegado.
Desmontaron y comenzaron a inspeccionar. La zona no mostraba destrucción masiva, pero el cambio era inconfundible: árboles quemados, grietas en la tierra, zonas donde la vegetación se había marchitado por completo. Sin embargo, no había cadáveres, ni criaturas, ni objetos extraños. Nada que explicara qué había ocurrido.
—¿Están seguros de que fue aquí? —preguntó un soldado.
Un investigador se agachó y colocó una piedra cristalina sobre el suelo. La piedra comenzó a brillar con una luz tenue pero constante.
—No hay ninguna duda.
Otro acercó un instrumento mágico; la aguja se movía de forma errática.
—La concentración de energía sigue siendo anormal.
—¿Magia residual?
El investigador negó lentamente.
—No. Esto no es magia común.
Todos lo miraron. Él tomó la piedra transparente y la sostuvo entre sus dedos.
—La magia convencional deja una firma clara: fuego, hielo, viento… cada elemento tiene su huella. Pero esto… —guardó silencio un instante—. La energía que queda aquí es demasiado densa. Demasiado pura.
Una soldado frunció el ceño.
—¿De qué nivel estamos hablando?
—Según los registros antiguos… se parece al Éter.
El silencio cayó sobre el grupo. Incluso quienes no eran expertos conocían esa palabra.
—¿El Éter? —repitió uno, incrédulo—. Eso es leyenda.
—No es simplemente magia más poderosa —explicó el investigador—. Es una fuente distinta. La mayoría de los magos jamás la tocan. Incluso los más grandes necesitan décadas de dominio, y aun así no hay garantía de alcanzarla.
Entonces una voz femenina, firme y serena, llegó desde atrás:
—¿Están completamente seguros de eso?
Todos se giraron y se apartaron de inmediato.
—¡Su Alteza!
Avanzaba entre ellos Elena Valeria. Tenía diecinueve años. Su cabello rojo intenso, recogido en una trenza alta que caía sobre su hombro, brillaba bajo la luz del atardecer como fuego vivo. Sus ojos del mismo color, claros y penetrantes, observaban todo con una atención que no dejaba pasar ningún detalle. Vestía una armadura blanca y dorada con detalles en rojo carmesí, el águila imperial bordada en el pecho y en la capa. La espada ceremonial descansaba en su cintura. Alta, de porte elegante y firme, caminaba sin prisa pero con paso decidido.
—Repito mi pregunta. ¿Esto es Éter?
El investigador hizo una reverencia.
—No existe duda, Alteza. La densidad, la pureza, la forma en que se adhiere al entorno… coincide con las descripciones antiguas.
Elena se agachó, tocó la tierra agrietada con los dedos enguantados y frunció el ceño.
—Se supone que solo unos pocos en el mundo pueden manejarlo —dijo en voz baja, más para sí misma que para los demás—. Entonces… ¿quién pudo producir algo así?
Nadie respondió.
Ella se incorporó. Su expresión no mostraba miedo, sino una mezcla de curiosidad y preocupación contenida.
—Si esto es real… debemos informar a la corte.
—¿Al Consejo de Magos?
—Sí. Y quiero que el informe llegue directamente a quien sabe trabajar con el Éter.
Todos entendieron a quién se refería.
—Dejen un equipo aquí —ordenó—. Busquen huellas, objetos, cualquier rastro. Quiero saber qué ocurrió. Y si encuentran algo, me avisan a mí y al Emperador de inmediato.
—Así se hará.
Antes de montar, un soldado se acercó con premura.
—Su Alteza, mensaje de la capital. Del Emperador.
Su expresión cambió levemente.
—¿Qué desea?
—Le pide regresar de inmediato. Quiere que conozca a los héroes invocados.
Elena se quedó inmóvil un segundo. La invocación había ocurrido mientras ella estaba fuera del territorio. No había visto a ninguno de los recién llegados.
Miró por última vez la zona marcada por aquella energía misteriosa. Algo en su pecho le decía que aquello no era casualidad.
—Regresaremos —dijo, montando—. Pero no pierdan de vista este lugar.
El caballo comenzó a avanzar. Mientras se alejaba hacia la capital, una sola pregunta no la abandonaba:
¿Quién eres?
Habían pasado varias horas desde que Elena regresó al Imperio. La investigación sobre aquella extraña manifestación de energía había quedado en manos de un grupo de magos y soldados, mientras ella cumplía con la petición de su padre.
Y finalmente había conocido a los héroes.
La reunión terminó hacía apenas unos minutos.
—Ha sido un placer conocerlos —dijo Elena con una ligera inclinación de cabeza—. Espero que su estancia en el Imperio sea provechosa.
Los tres jóvenes respondieron con cortesía. Riku Hayase fue el primero en sonreír.
—El placer ha sido nuestro, princesa Elena. Estoy seguro de que tendremos muchas oportunidades para conversar nuevamente.
—Estoy segura de ello.
Elena mantuvo una expresión educada. Después se despidió del emperador y abandonó la sala. Las enormes puertas se cerraron detrás de ella. En cuanto estuvo fuera, su sonrisa desapareció por completo.
Caminaba por los largos pasillos con la mirada seria, sin prisa pero sin pausa. Cada paso resonaba con la misma firmeza que usaba en el campo de batalla.
Junto a una columna la esperaba una figura imponente y serena. Mireya Falken, segunda comandante del ejército imperial. Veinte años. Cabello de un azul profundo, largo y brillante, parcialmente trenzado y recogido en una alta coleta que dejaba al descubierto sus orejas de elfa. Ojos del mismo tono, calmados y atentos. Vestía un uniforme impecable: blanco con detalles en negro, oro y azul oscuro. La capa ondeaba suavemente a su espalda. La empuñadura de su espada élfica sobresalía a un costado.