Recuerdos en Otoño

Cuando el Otoño Era Nuestro

El campus universitario se teñía de dorado bajo la brisa del otoño. Las hojas crujían bajo los pies de los estudiantes que iban y venían por los pasillos, envueltos en bufandas y chaquetas. Entre ellos, Violetta caminaba con un libro contra su pecho, sumida en sus pensamientos.

Aquel día no imaginaba que su vida cambiaría con un simple tropiezo.

—¡Cuidado!—gritó alguien, pero fue demasiado tarde.

Un choque y sus libros volaron por el aire. Cayó de rodillas entre hojas secas y páginas esparcidas por el suelo. Levantó la vista, frotándose la frente, y se encontró con un par de ojos oscuros y divertidos.

—Vaya, lo siento. No te vi.—El chico se inclinó para recoger sus cosas y se las entregó con una sonrisa ladeada.

Violetta parpadeó, aturdida. Él era alto, de cabello desordenado y actitud despreocupada. Había oído su nombre antes en los pasillos: Robert Montgomery, el chico carismático de la facultad de economía.

—No pasa nada…—musitó, tomando sus libros.

—Parece que te gusta leer. —Robert tomó uno de los tomos que se le había caído, "Cumbres Borrascosas", y arqueó una ceja—. Dramático y trágico. ¡Vaya elección!

—Es un clásico —replicó ella, algo a la defensiva.

—Oh, claro que lo es. Pero prefiero historias donde las cosas terminan bien.

Violetta rodó los ojos. Él sonrió.

Fue así como se conocieron.

Los días pasaron y, sin darse cuenta, comenzaron a coincidir más seguido. Cafés en la biblioteca, risas en los pasillos, charlas sobre sueños y planes de futuro. Robert era luz y confianza, el tipo de persona que lograba que el mundo pareciera menos complicado. Violetta, con su sensibilidad y amor por la literatura, le mostró una perspectiva diferente de la vida.

Bajo la sombra de un árbol, un día él le susurró:

—Prometo estar contigo, sin importar lo que pase.

Ella le creyó.

Años después, cuando el otoño ya no tuviera el mismo color, recordaría esas palabras y se preguntaría si alguna vez fueron reales.

---

La relación entre Robert y Violetta floreció con la misma naturalidad con la que las hojas caían de los árboles en otoño. Al principio, fueron solo amigos, compartiendo largas tardes de estudio y conversaciones interminables sobre el futuro. Pero en algún punto, las miradas se volvieron más largas, los roces de manos más intencionados y el deseo de verse más frecuente.

Fue en una tarde fría de octubre cuando todo cambió.

—Tengo algo para ti —dijo Robert, sacando una bufanda de lana azul de su mochila.

Violetta frunció el ceño, sorprendida. —¿Y esto?

—Siempre te quejas de que el viento te congela la cara cuando sales de la biblioteca —respondió él con una sonrisa—. Así que pensé en ayudarte a sobrevivir el otoño.

Ella tomó la bufanda entre sus dedos, sintiendo la suavidad de la tela. Fue en ese momento cuando su corazón se aceleró de una forma que no esperaba.

—Gracias, Robert. —Su voz sonaba más suave de lo habitual.

Él se acercó un poco más, con esa confianza desenfadada que lo caracterizaba, pero con una chispa distinta en la mirada.

—Me gustas, Violetta —confesó de repente, sin rodeos.

El mundo pareció detenerse por un instante. El viento sopló entre ellos, arrastrando hojas secas por el suelo.

Violetta sintió que el aire se volvía más ligero y su corazón más pesado. No respondió de inmediato. No porque no sintiera lo mismo, sino porque temía lo que implicaba.

—Robert, yo…

—No tienes que decir nada ahora —la interrumpió él, sonriendo con suavidad—. Solo quería que lo supieras.

Y con eso, se alejó, dejándola con la bufanda entre las manos y un torbellino de emociones en el pecho.

Fue la primera vez que sintió miedo de enamorarse. Y también, la primera vez que se permitió hacerlo.

Después de aquella confesión, algo cambió entre ellos. Violetta se dio cuenta de que su mundo se había teñido de un matiz diferente, más cálido, más intenso. La bufanda azul se convirtió en su compañera inseparable y, sin darse cuenta, comenzó a buscar a Robert en cada rincón del campus, como si su sola presencia le diera calma.

Sin embargo, el miedo seguía ahí. A pesar de la felicidad que sentía cuando estaban juntos, la incertidumbre la atormentaba. ¿Qué pasaría si las cosas no funcionaban? ¿Si Robert se daba cuenta de que en realidad ella no era lo que él esperaba?

Una tarde, sentados en la cafetería de la universidad, Robert la miró fijamente antes de preguntar:

—¿Por qué no me has dicho nada desde aquel día?

Violetta jugueteó con la taza de café entre sus manos, sin atreverse a levantar la mirada.

—No lo sé… No quiero arruinar lo que tenemos.

Él sonrió con ternura y le tomó la mano con suavidad.

—No tienes que tener miedo, Violetta. Lo único que quiero es estar contigo. Pase lo que pase.

Esas palabras desarmaron las últimas barreras que había levantado.

Esa noche, mientras caminaban bajo las luces tenues del campus, Violetta tomó aire y, con un nudo en la garganta, finalmente susurró:

—Yo también te quiero, Robert.

Él la miró sorprendido y luego sonrió de la forma más genuina que ella había visto en su vida. En ese momento, bajo un cielo estrellado y con la brisa otoñal envolviéndolos, se prometieron algo que creyeron eterno.

Pero el tiempo, caprichoso y cruel, les demostraría que algunas promesas no están destinadas a cumplirse.



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En el texto hay: romance, drama, infiel dolor traicion

Editado: 24.03.2025

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