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CAPÍTULO 1.

Capítulo 1

La lluvia golpeaba los ventanales de la sala de audiencias como una sentencia cruel. Sobre la mesa de la acusación, dos carpetas de cuero fino condensaban seis años de vida, matrimonio y sacrificio.

Para el tribunal, solo eran números; para Angie, era el intento descarado de arrebatarle su dignidad y el futuro de su hija.

—Señoría —la voz del abogado principal de Bruno resonó con arrogancia—, mi cliente, el señor Bruno Hardy, solicita la disolución inmediata de todas las cuentas mancomunadas y la exclusión total de la señora Rinaldi sobre las acciones del Grupo Hardy. La demandante exige el cincuenta por ciento de un patrimonio en cuya creación no tuvo participación operativa directa. Sus aportes se limitaron a labores de apoyo en el hogar, las cuales han sido compensadas durante la convivencia.

El golpe del bolígrafo de Angie contra su mesa resonó como un disparo.

Frente a ella, Bruno no se inmutó. Vestía un traje oscuro hecho a medida, pulcro, impecable, la mismísima representación del poder absoluto.

Su rostro era una máscara de piedra inexpresiva y distante. Mantenía la mirada fija en el estrado, evitando a toda costa los ojos de la mujer a la que un día prometió amar en la salud y en la enfermedad.

Aunque por dentro, su pecho le quemaba al sentir el odio puro que emanaba de ella.

Cada palabra pronunciada por sus abogados era una daga clavada en su espalda, pero no podía permitirse divagar.

—¡Objeción, Señoría! —exclamó el abogado de Angie, poniéndose de pie—. Nada de lo que dice el abogado es cierto.

Angie alzó la mano, pidiéndole a su representante que le cediera la palabra.

Se puso de pie sin titubear. No había lágrimas en sus ojos, ni temblor en su postura. La esposa dulce y abnegada que lo esperaba en casa preparando la cena había muerto esa misma mañana. Frente al tribunal no había una víctima; había una leona acorralada.

—Señoría, si me permite —dijo Angie en voz baja, pero cargada de una potencia que congeló toda la sala—. El abogado del señor Hardy parece sufrir de una amnesia conveniente.

Angie abrió una carpeta de la que sacó varios planos sellados y balances contables con firmas originales.

—Estos son los planos del primer complejo residencial que impulsó al Grupo Hardy al éxito comercial. Tienen mi firma como arquitecto principal. Estos otros documentos reflejan la reestructuración financiera que yo misma diseñé cuando la empresa estuvo al borde de la quiebra en su segundo año, mientras que el señor Hardy no sabía ni cómo pagar la nómina de sus empleados. Construí cada ladrillo de esta compañía a su lado. Pasé noches enteras sin dormir cuadrando balances mientras cuidaba de nuestra hija recien nacida.

Bruno apretó los puños bajo la mesa.

Quería gritarle que se detuviera, quería levantarse y abrazarla, pero el veneno del chantaje lo obligaba a mantener la farsa.

Ante ella, tenía que parecer el monstruo más codicioso de la faz de la tierra.

—Lo que el señor Hardy pretende —continuó Angie, girándose hacia él para clavarle una mirada llena de desprecio— no es defender su patrimonio. Es despojar a su propia hija de lo que le corresponde por derecho para entregárselo en bandeja a esa usurpadora.

—¡Señoría, protesto! —interrumpió la defensa de Bruno—. Los asuntos personales de mi cliente no corresponden a este juicio.

—¡Si corresponden cuando se pretende dejar a una menor en la calle para mantener a su amante! —irrumpió Angie, dando un paso al frente, encarando a Bruno—. Mírame a la cara, Bruno. Mírame a los ojos si te queda un mínimo de vergüenza. No voy a permitir que esa mujer se disfrute todo lo que yo trabajé con sudor y lágrimas. Voy a pelear por cada centavo que le pertenece a Britt. ¡No te voy a dejar nada fácil!

La tensión en la sala era sofocante. Los murmullos de la prensa se elevaron. El juez ajustó sus anteojos, mirando a ambas partes ante la ferocidad del intercambio y golpeó el mallete contra la base de madera.

—¡Suficiente! Orden en la sala. Vistas las pruebas presentadas por la parte demandante, esta corte tomará un receso de treinta minutos antes de emitir el veredicto definitivo sobre las medidas cautelares y la división de bienes. Se suspende la sesión.

El golpe del mazo resonó en la sala y el Juez abandonó el estrado.

Angie respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos.

Guardó sus documentos sin dirigirle una sola mirada a Bruno. Dio media vuelta y salió de la sala con la frente en alto.

Bruno no esperó a sus abogados. La rabia, el desespero y la asfixia de la culpa le nublaron la mente. Se levantó bruscamente, ignorando las llamadas de su equipo legal, y fue tras ella.

La siguió por el pasillo principal, donde la prensa comenzaba a aglomerarse.

Angie cruzó la esquina hacia la zona de acceso restringido, buscando la salida privada hacia el estacionamiento. Pero antes de que pudiera alcanzar la puerta, la mano de Bruno se cerró con firmeza en su antebrazo.

—Angie, detente —ordenó él con la voz ronca, sofocada por la desesperación.

Sin darle tiempo a reaccionar, la arrastró hacia un pasillo solitario, Angie clavó sus ojos encendidos en el hombre que una vez fue el amor de su vida y que ahora solo representaba su peor pesadilla.

❤️❤️❤️

Saludos, mis amores. Estoy feliz de compartirles mi nuevo proyecto, espero les guste mucho esta historia cargada de tensión, conflictos y un amor verdadero.

No olviden dejar su opinión en los comentarios, darle al corazoncito y seguirme para que no se pierdan de mis nuevas historias.

Les mando un beso grande y un enorme abrazo virtual 🤗 😘

Os quiero 💕




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