Capítulo 2
—¡Suéltame! ¡No me vuelvas a poner un solo dedo encima, imbécil!
Angie se zafó del agarre de Bruno con un movimiento brusco, retrocediendo un paso. Sus ojos brotaban fuego y el desprecio que emanaba de su mirada cayó sobre su exesposo de manera aplastante.
En el silencio del pasillo de servicio, Bruno sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La máscara de hielo, el tipo duro y calculador de la sala de audiencias, se desmoronó por completo.
Daría su fortuna entera por borrar las últimas cinco semanas de su vida.
—Angie, por lo que más quieras, escúchame —suplicó él, dando un paso desesperado hacia ella, con la voz quebrada y sus manos temblorosas abiertas en señal de paz—. Tienes que confiar en mí. Te lo ruego, escúchame solo dos minutos.
—¿Confiar en ti? —repitió Angie, soltando una risa amarga—. ¿En el hombre que trajo a la corte a una jauría de abogados para dejarme en la calle a mí y a su propia hija? ¿En el hombre que quiere quitarme hasta el último centavo para dárselo a la víbora con la que se acuesta?
—¡Eso no es cierto, carajo! —gritó Bruno, pasándose la mano bruscamente por su rostro, sintiéndose aún más destruido por dentro—. Te amo, Angie. Te juro por mi propia vida que te amo como a nada en este mundo y nunca he dejado de hacerlo. No sigas presionando en el juicio, retira la demanda... Necesito flujo de liquidez en la empresa ahora mismo. Tengo un problema muy grande que resolver, pero si me dejas manejarlo, te juro que después de esto estaremos bien. Volveremos a ser la familia indestructible que éramos, te lo prometo.
Angie lo miró como si estuviera viendo a un completo desconocido. La lástima y el asco se mezclaron en su rostro.
—¿Estás loco, Bruno? ¿Crees que soy imbécil? —le espetó con frialdad—. Sé perfectamente que estás organizando tu boda con Fátima. Sé que la tienes viviendo en la casa que yo misma decoré. ¿Y pretendes que te regale todo el dinero que trabajé a tu lado para que esa mantenida se lo gaste en sus lujos? ¡Jamás!
Las palabras de Angie eran como un puñal que se clavaba en su pecho.
Bruno quiso gritarle la verdad, quiso confesarle el infierno que estaba viviendo a causa de la manipulación que lo tenía atado de manos, pero el recuerdo de esa misma trampa lo paralizó, arrastrándolo a la noche que destruyó su vida...
Un mes atrás...
El salón VIP del hotel Viena estaba atestado de nuevos empresarios celebrando el cierre de su primer negocio millonario con la firma Hardy. Bruno sonreía, cansado pero satisfecho, pensando en llegar a casa a abrazar a su esposa e hija.
—Un brindis por el nuevo titán de los negocios —la voz ronca de Héctor De La Torre, un nuevo rico de reputación dudosa, irrumpió a su lado—. Por el éxito, Hardy. Acepte una copa de su nuevo socio.
Un camarero se acercó trayendo una bandeja con dos copas de champán. Don Héctor tomó una y le ofreció la otra a Bruno con una sonrisa amplia en su rostro.
Bruno aceptó la copa y dio un par de tragos largos. Diez minutos después, el suelo comenzó a moverse bajo sus pies. El mundo daba vueltas a su alrededor, la vista se le nubló y el calor se volvió insoportable.
Lo último que recordó fue la sonrisa maliciosa de Don Héctor antes de que el mundo se apagara en sombras.
Al despertar, la luz del sol lastimó sus ojos. Un dolor punzante le dividía el cráneo. Abrió sus ojos lentamente, viendo a su alrededor una lujosa habitación de hotel y una mujer completamente desnuda dormida a su lado.
El pánico le congeló la sangre: Era Fátima, la consentida y caprichosa hija de Héctor De La Torre
Antes de que pudiera asimilar la pesadilla, el sonido de su celular lo sacó del horror. Un mensaje de un número desconocido con una ráfaga de fotografías explícitas de ellos dos en la cama, acompañadas de una sentencia:
«Acabas de mancillar la joya más preciada de mi familia. Y si no quieres que destruya la reputación de tu familia y la vida de tu padre, te casarás con mi hija y le darás el lugar que merece. Tienes 24 horas».
Un escalofrío recorrió su cuerpo de un tirón. El miedo y la culpa lo invadieron.
No sabía si realmente la había tocado esa noche; solo sabía que había caído en una trampa mortal y que su vida tranquila y feliz justo como la conocía, estaba pendiendo de un hilo.
...
—Bruno... ¿me estás escuchando?
La voz de Angie lo trajo de vuelta al presente. El pasillo oscuro de la corte volvió a rodearlo.
Bruno la miró con los ojos llenos de una furia implacable y el corazón destrozado, incapaz de defenderse sin ponerla en riesgo a ella y a su padre.
—Angie, te lo suplico, confía en el proceso... —susurró en un hilo de voz.
Angie se ajustó el abrigo. Con su frente en alto como la leona que había demostrado ser en la audiencia. La mirada dulce de antes había desaparecido para siempre.
—Pídele fe a tu amante, Bruno. A mí me debes justicia —dijo con una voz firme que retumbó en todo el pasillo—. Ninguna usurpadora se va a disfrutar todo lo que yo construí con sudor y lágrimas. Nos vemos en la corte.