Regresa Conmigo

CAPÍTULO 3.

Capítulo 3

El golpe del mallete del juez al reanudar la sesión resonó en la sala como un trueno.

Angie se mantuvo erguida en su asiento, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa. A un lado, Bruno volvió a adoptar esa postura fría e indiferente, pero la palidez de su rostro y la rigidez de su mandíbula delataban la tormenta interna que lo estaba consumiendo.

—Tras haber revisado la documentación probatoria presentada por la parte demandante —declaró el juez, ajustándose los lentes mientras leía el fallo oficial—, esta corte reconoce el aporte fundamental de la señora Rinaldi en la fundación, crecimiento y consolidación del patrimonio empresarial del Grupo Hardy.

El abogado de Bruno hizo el intento de ponerse de pie, pero la mirada severa del juez lo congeló en el acto.

—En consecuencia, se dicta la disolución legal del matrimonio y se ordena la liquidación equitativa de los bienes mancomunados. Se le concede a la señora Rinaldi el cincuenta por ciento de los activos totales acumulados durante los seis años de unión. Asimismo, para salvaguardar el bienestar de la menor Brittany Hardy, se asigna un veinticinco por ciento de las acciones de la compañía a un fideicomiso bajo el resguardo exclusivo de su madre.

Un murmullo ensordecedor estalló en el área de la prensa.

Bruno apenas retenía el veinticinco por ciento del control operativo. La jugada que pretendía garantizarle liquidez para librarse de Héctor De La Torre había terminado en un desastre absoluto.

Había perdido la mayor parte de su imperio y, lo que era peor, había perdido para siempre a la única mujer que amaba.

Angie respiró hondo, sintiendo cómo una pesada capa de humillación se levantaba de sus hombros. Miró a Bruno de reojo por última, tomó su carpeta de documentos y salió del tribunal con la frente en alto junto a su abogada, atravesando el enjambre de fotógrafos como una verdadera reina victoriosa.

Una hora después, el ambiente en el rascacielos del Grupo Hardy era irrespirable.

En la sala de juntas, los principales socios de la compañía rodeaban la mesa de cristal, despotricando fuera de sí, exigiendo explicaciones por el desplome de las acciones y el despojo patrimonial que acababa de sufrir la directiva.

—¡Esto es un suicidio financiero, Hardy! —estalló uno de los accionistas, golpeando la mesa—. ¡La señora Rinaldi acaba de quedarse con la mitad de las ganancias brutas y el control del fideicomiso! Si no inyectas liquidez de inmediato para cubrir las obligaciones del trimestre, la junta solicitará tu destitución como CEO.

Bruno los escuchaba desde la cabecera de la mesa, sumido en un silencio amargo. Nadie en esa sala sabía la verdad. Nadie entendía que no era la codicia de Angie lo que ponía a la empresa al borde de la quiebra, sino la cuerda que Héctor De La Torre apretaba cada día más fuerte sobre su cuello.

—Hallaré una solución —dijo Bruno con una voz tan fría que hizo los callar a todos—. La reunión ha terminado. Vuelvan a sus puestos.

Sin esperar réplicas, se puso de pie y se encerró en oficina. Se aflojó la corbata con rabia y caminó hacia el ventanal, contemplando la ciudad desde su punto más alto. En ese instante, el pitido de su laptop anunció la llegada de un correo de un remitente anónimo.

Sabía quién era mucho antes de leer el mensaje.

«Felicidades por tu derrota en la corte, Hardy. Ahora que estás acorralado, no te quedan más opciones. O anuncias el compromiso oficial con Fátima este mismo fin de semana, o haré que llegue a la fiscalía las pruebas que tengo para hundir a tu padre. Actúa rápido, no te queda mucho tiempo».

Bruno apretó el borde del escritorio con tanta fuerza que sintió que partiría el vidrio. El dolor en el pecho era tan agudo que casi no podía respirar.

El ruido de su celular vibrando sobre la mesa lo sacó de su tormento. El nombre de Fátima parpadeaba en la pantalla.

Bruno lo dejó sonar tres veces antes de responder, conteniendo el asco que le provocaba la sola idea de escuchar su voz.

—¿Sí? —contestó con tono seco.

—¡Bruno, mi amor! Ya vi las noticias. Esa muerta de hambre te ha dejado en la calle! Pero bueno, al menos ya por fin te libraste de ella y de su patética ambición —soltó Fátima con ese tono chillón que Bruno tanto odiaba—. Pasa por mí en diez minutos. Quiero que me acompañes a comprar el vestido para la gala de esta noche.

—No estamos para gastos innecesarios, Fátima —respondió él con dureza.

—Cariño, no podemos permitir que nos vean como unos débiles después de tu divorcio. Te recuerdo que tenemos una boda que anunciar.

Bruno cerró los ojos, apretando el celular con tanta rabia que le temblaba la mano. Estaba atrapado en su propio infierno, obligado a sonreírle al demonio que estaba destruyendo su vida para evitar que arrastraran a su familia al lodo.

—Estaré ahí en treinta minutos —respondió entre dientes, antes de finalizar la llamada de golpe.

Tiró el celular sobre el escritorio, se apoyó contra la pared y soltó un rugido de pura frustración, sabía que la pesadilla apenas estaba a punto de empezar.




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