Capítulo 4
Un mes había pasado desde aquel juicio. Treinta días atrapado en un infierno que le rompía el alma a pedazos.
Bruno observaba la pantalla de su laptop, sobándose la frente con cansancio mientras el whisky le quemaba la garganta.
La casa Hardy, antes su único refugio de paz, donde respiraba el aroma a café recién hecho y el sonido del piano que Angie solía tocar por las tardes, se había convertido en un circo insoportable y superficial.
De fondo, la voz chillona de Fátima resonaba por los pasillos, gritándole a las empleadas porque sus bolsos de diseñador no habían sido ordenados por su gama de colores en el vestidor.
Para Bruno, Fátima era una pesadilla viviente. No sabía hacer nada útil. Su rutina diaria se resumía en despertar a mediodía, hacer transmisiones en vivo para sus redes sociales, irse de compras con sus amigas y gastarse miles de dólares de su tarjeta de crédito en estupideces.
Ese contraste era una tortura constante en la mente de Bruno. Extrañaba a Angie con una desesperación salvaje que le quemaba las entrañas. Extrañaba su inteligencia brillante, su conversación culta, su elegancia innata, su calidez y esa sazón única con la que preparaba la cena para los dos después de una jornada agotadora de trabajo en conjunto.
Se aborrecía a sí mismo por estar encadenado a una mujer que veía como a una lata vacía que solo traía caos a su vida mientras la verdadera dueña de su corazón estaba lejos de su alcance.
—¡Bruno! —Fátima irrumpió en el despacho sin tocar, luciendo un vestido extravagante y una copa de vino en su mano izquierda—. Los decoradores ya terminaron el jardín. Sigo pensando que es una estupidez celebrar el cumpleaños de tu hija aquí. Esta es nuestra casa ahora. No quiero a esa niñita mimada llenándome los sillones de pastel ni correteando con sus amiguitos por toda la casa.
Bruno alzó la mirada, tan fría y afilada que Fátima dio un paso atrás de forma instintiva, apretando la copa entre sus dedos.
—Cuida tus palabras, Fátima —dijo él con su voz cargada de una amenaza que congeló el ambiente—. Brittany es mi hija y esta siempre será su casa. Tú solo estás aquí porque tu padre sabe muy bien qué hilos mover para chantajearme. No te atrevas a olvidar cuál es tu verdadero lugar en esta casa.
—¡A mí no me hablas así, Bruno! —chilló ella, cruzándose de brazos con indignación—. ¡Qué no se te olvide que mi padre puede destruirte a ti y a toda tu familia! ¡Vas a casarte conmigo te guste o no, así que ve acostumbrándote a que yo también soy la dueña de esta casa!
Fátima dio media vuelta y salió, azotando la puerta con furia. Bruno cerró los ojos, apretando los puños sobre el escritorio hasta que los nudillos le crujieron.
El chantaje de Héctor lo tenía atado de manos, pero la frialdad con la que despreciaba a Fátima era su única venganza diaria.
Poco después, la mansión comenzó a llenarse con los primeros invitados de la alta sociedad. Empresarios, socios, diplomáticos y sus familias llegaban al majestuoso jardín decorado para el quinto cumpleaños de la pequeña Britt.
Fátima intentaba dar órdenes, humillando a los camareros y al personal de servicio frente a todos para aparentar un estatus de matriarca empoderada que le quedaba grande y ridículo.
En una esquina del salón principal, apartada del murmullo social, la pequeña Britt lloraba en silencio.
Llevaba un hermoso vestido rosa y su peluche favorito apretado contra su pecho mientras la niñera intentaba consolarla sin éxito.
—Quiero a mi mami... —sollozaba la niña, con sus ojitos rojos y su carita empapada en lágrimas—. Papi, ¿dónde está mi mami? Dijiste que ella vendría a mi cumpleaños.
Bruno se arrodilló frente a su hija, sintiendo que el corazón se le partía en mil pedazos. Le limpió las lágrimas con ternura y le besó la frente.
—Tu mami va a venir, mi amor. Te lo prometo —susurró con la voz entrecortada, odiándose profundamente por la distancia y el dolor que sin querer, él mismo le había provocado a su familia.
De repente, un murmullo comenzó a extenderse desde el jardín hacia el vestíbulo principal.
Las conversaciones de los invitados se apagaron gradualmente, sustituidas por murmullos de asombro y miradas curiosas dirigidas a la entrada principal.
Fátima frunció el ceño, molesta al ver que la atención de la fiesta se estaba desviando de ella.
Bruno se puso de pie lentamente, sintiendo que su piel se erizaba y los latidos de su corazón se paralizaron unos segundos.
A través de los ventanales vio a un imponente sedán negro de diseño exclusivo detenerse frente a la entrada.
En el interior del vehículo, ajena a las miradas curiosas de los invitados y al sofocante ambiente de la Casa Hardy, Angie contemplaba la mansión a través del cristal oscuro de su ventana.
Sonrió lentamente, se aplicó un poco más de su pintalabios rojo, se colocó sus lentes de sol y respiró hondo.
Aquella mujer dulce y sencilla que había dejado esa casa dos meses atrás ya no existía. La leona había vuelto para reclamar su territorio.