Capítulo 5
El chofer bajó del lujoso vehículo a toda prisa y abrió la puerta trasera.
El primer impacto visual fue una pierna estilizada, envuelta en una zapatilla de diseñador de tacon aguja color rojo, pisando con firmeza el suelo de granito. Segundos después, Angie salió del vehículo, dejando a los invitados sin aliento.
Ya no vestía la ropa sencilla y holgada con las que solía recibir a Bruno cada tarde al regresar del trabajo. Ahora lucía un vestido de alta costura color negro ceñido a sus curvas, con un escote simétrico tan elegante como provocativo que resaltaba su piel blanca de porcelana y una abertura audaz en la pierna izquierda.
En comparación con Fátima, Angie parecía una Diosa bajada del mismísimo Olimpo.
Se quitó los lentes de sol con un movimiento lento y alzó un poco su sombrero, revelando unos ojos felinos llenos de seguridad, brillo y poder.
Cada paso que daba hacia el jardín principal, con la frente en alto y esa sonrisa serena tallada en sus labios, retumbaba en el silencio que se había apoderado gradualmente de la fiesta.
Los murmullos estallaron por todas partes como pólvora. Los hombres más influyentes de la alta alcurnia —socios de la firma, diplomáticos y empresarios que antes apenas la saludaban con respeto— quedaron petrificados al verla. Sus miradas hambrientas y de abierta fascinación seguían cada movimiento de sus caderas.
—Dios mío... ¿esa es Angie Rinaldi? —susurró un influyente inversionista a unos pasos de Bruno, tragando saliva con descaro—. Es la mujer más sensual que he visto en mi puta vida. Bruno Hardy debió perder la cabeza para dejar ir a semejante hembra.
—Y a falta dé... solo nos toca esperar a que abra el casting —le susurró otro socio, con burla y ambos rieron.
Bruno sintió que la sangre le hervía en las venas con la fuerza de un volcán a punto de estallar.
Se quedó paralizado en medio del salón, con la mandíbula apretada, incapaz de articular una sola palabra.
El corazón le retumbaba en el pecho como un tambor de guerra. Un deseo brutal, salvaje y sofocante lo atravesó de pies a cabeza al contemplar el cuerpo de su exesposa, ese cuerpo que conocía a la perfección pero que ahora lucía más inalcanzable y provocativo que nunca.
Al mismo tiempo, unos celos sangrientos e ingobernables le nublaron la vista. Quería arrancarle los ojos a cada imbécil en ese jardín que se atrevía a desnudar a Angie con la mirada. Quería cubrirla con su saco, tomarla por la cintura y gritarle al mundo entero que esa mujer le pertenecía a él, únicamente a él.
El dolor de haberla perdido lo apuñaló con una fuerza devastadora. La amaba. La amaba con cada fibra de su ser, con un desespero desquiciado que le quemaba el alma, y verla tan segura, renacida, poderosa y radiante, le demostró el tamaño de la joya que le habían arrebatado de las manos al atarlo a ese despreciable compromiso con una víbora como Fátima.
Angie avanzó entre los invitados ignorando las miradas masculinas, manteniendo una elegancia fría e inquebrantable. Al ver a la pequeña Britt correr hacia ella desde el salón, la dureza de su rostro se disolvió en una dulzura maternal que jamás daría por perdida.
—¡Mami! ¡Viniste, mami! —gritó la niña con los brazos abiertos, derramando lágrimas de alegría.
Angie se agachó con elegancia, sin perder la postura de reina, y recibió a su hija en un abrazo apretado, besándole las mejillas mientras la pequeña se aferraba a su cuello.
—Feliz cumpleaños, mi princesa hermosa —le susurró Angie al oído con voz suave—. Mami jamás te dejaría sola hoy.
A unos metros de distancia, Fátima apretaba los dientes con rabia, sintiendo cómo la humillación la consumía. La presencia de Angie había eclipsado por completo sus joyas, su vestido extravagante y su falso papel de dueña y señora de la casa.
Frente a los invitados, ella era invisible ante la magnitud de la exesposa.
Al percatarse de la respiración agitada de Bruno y de la forma casi enfermiza en que sus ojos devoraban el cuerpo de Angie, Fátima reaccionó con histeria.
—¡Bruno! —exclamó Fátima, acercándose a él rápidamente y sujetándole el brazo con fuerza para marcar territorio frente a todos los presentes—. ¿Qué hace esa mujer aquí? ¡Dile a los de seguridad que la saquen de inmediato! ¡Esta es nuestra casa y no voy a permitir que nos arruine el momento con su presencia!
Bruno ni siquiera la miró. El roce de las manos de Fátima en su piel le provocó un asco visceral y repulsivo.
Sin pronunciar una sola palabra y con el rostro contraído por una mezcla de rabia, celos y pasión descontrolada, Bruno sacudió el brazo bruscamente, zafándose del agarre de Fátima con tanta fuerza que la hizo tambalear sobre sus tacones frente a decenas de testigos.
Ignorando los chillidos de indignación de su prometida y los murmullos de los invitados, Bruno empezó a caminar a pasos firmes y decididos hacia Angie.
No podía ocultar esa verdad. Él solo tenía ojos para la mujer que acababa de adueñarse de su casa, de su fiesta y de su maldita cordura.