Capítulo 6
Bruno se detuvo a solo dos paso de ellas. El perfume de Angie —esa fragancia a jazmín que él conocía mejor que a su propia piel— lo envolvió como una ola sofocante, amenazando con derribar el poco autocontrol que le quedaba.
Angie... —su voz salió entrecortada, grave y áspera, delatando el remolino de emociones que le destrozaba el pecho—. Al fin llegas.
Britt, ajena a la tormenta que silenciaba el jardín, se acurrucó contra el cuello de su madre, regalándole a Bruno una sonrisa radiante.
—¡Papi, mami sí vino! —exclamó la niña con voz alegre—. ¡Sabía que no se iba a olvidar de mi cumpleaños!
Angie se puso de pie con un movimiento lento y fluido, acomodando el talle de su vestido negro con elegancia. Alzar la mirada para encarar a Bruno le dedicó una mirada tranquila.
No había resentimiento en sus ojos, ni el más mínimo atisbo de debilidad. En su lugar, resplandecía una cortesía fría e impecable; la postura de una verdadera dama frente a un conocido distante.
—Buenas tardes, Bruno —respondió Angie con una calma que congelaba el ambiente—. Jamás me perdería el cumpleaños de mi hija. A diferencia de otros, mis prioridades siempre están en el lugar correcto.
Las palabras, pronunciadas con una dulzura educada, cayeron sobre Bruno como una bofetada. Quería tocarla, quería tomar su mano y pedirle perdón mil veces hasta quedarse sin aliento, pero la coraza fría de Angie levantaba un muro inquebrantable entre ellos.
En una esquina del jardín, la madre de Fátima observaba la escena con la mandíbula apretada y el ceño fruncido. Con un movimiento brusco, tomó a su hija del antebrazo y la arrastró a la esquina más apartada de los invitados.
—¿Eres imbécil o te haces, Fátima? —le espetó Fanny con su voz venenosa, clavándole las uñas en la piel—. ¡Mira a ese hombre! Tiene los ojos desorbitados, babeando como un perro callejero por esa mujer. ¡Si no corriges esto ahora mismo, Bruno va a caer de bruces a sus pies de nuevo y todo el plan de tu padre se irá directo a la mierda!
Fátima temblaba de rabia, con las mejillas encendidas y los puños cerrados. La envidia y la humillación le quemaban las entrañas.
—¡No me grites frente a todos, mamá! —respondió Fátima en un susurro histérico y desquiciado, apretando los dientes—. Ese hombre es mío y esa estúpida no me lo va a quitar. ¡Antes de dejar que me lo quite, prefiero matar a la mosquita muerta esa! Nadie se queda con lo que me pertenece.
Sin esperar la réplica de su madre, Fátima se arregló el escote de su vestido extravagante y con su postura altanera avanzó a pasos agigantados hacia el grupo, lista para destilar su veneno.
Angie continuaba conversando en voz baja con Britt y Bruno, ignorando deliberadamente los murmullos de los invitados, cuando la voz chillona de Fátima irrumpió como un cristal rompiéndose contra el suelo.
—Vaya, vaya... pero si tenemos a la mismísima cenicienta de vuelta en la casa de donde la echaron —soltó Fátima con una risita nasal, parándose al lado de Bruno e intentando tomarlo nuevamente del brazo, aunque él se apartó de inmediato—. No sabía que el presupuesto de la pensión te alcanzaba para alquilar trajes de noche tan... reveladores.
Los invitados más cercanos contuvieron el aliento. El murmullo cesó por completo.
Fátima recorrió a Angie de arriba abajo con una mirada llena de asco y desprecio.
—Aunque, viéndolo bien —continuó Fátima en voz alta, asegurándose de que los invitados escucharan cada palabra—, esa abertura en la pierna y ese escote rozan bastante lo vulgar, querida. Pareces una prostituta de clase alta buscando cliente entre los invitados de mi prometido. Este es un evento familiar, no un catálogo de entretenimiento para adultos.
Bruno miró a Fátima con el rostro desencajado por la furia.
—¡Fátima, cállate de una maldita vez!
—Déjala, Bruno —interrumpió Angie con tono suave, colocando su mano sutilmente sobre el pecho de su exesposo para detenerlo.
Angie no parpadeó, ni perdió la sonrisa serena que llevaba esculpida en el rostro. Miró a Fátima de arriba abajo con una lástima tan profunda y evidente que la mujer sintió un nudo en su estómago.
—Verás, Fátima —dijo Angie con un tono pausado, claro y con la gracia de una reina—, la elegancia es algo con lo que se nace, no algo que se compra con la tarjeta de crédito de un hombre ajeno. Cuando una mujer tiene porte, clase y la conciencia tranquila, hasta el vestido más atrevido la viste de alta costura.
Angie dio un paso lento hacia Fátima, inclinando ligeramente la cabeza.
—En cambio, cuando no se tiene clase ni dignidad... ni siquiera los diamantes más caros del mundo logran esconder la vulgaridad de una mujer que tuvo que conformarse con las sobras de mi matrimonio para sentirse alguien en la vida.
Las risitas ahogadas y los murmullos de burla de las damas de la alta sociedad estallaron de inmediato en todo el jardín.
Fátima se quedó petrificada, con la boca abierta y el rostro completamente pálido, expuesta en ridículo frente a todos los invitados.