Regresa Conmigo

CAPÍTULO 7.

Capítulo 7

El aire dentro de la casa Hardy se volvió sofocante. Fátima sentía que las miradas burlonas de los invitados le perforaban la espalda como dagas. Peor aún era ver a Bruno de pie junto a los ventanales del salón, sosteniendo un vaso de whisky con la mirada perdida en el jardín, devorando a distancia cada movimiento de Angie.

—¡Ya basta, Bruno! —chilló Fátima, irrumpiendo a su lado y apretando los puños—. ¡Llevas toda la tarde ignorándome por estar babeando por esa maldita mujer! ¿Acaso se te olvidó quién es tu prometida?

Bruno ni siquiera pestañeó al mirarla. Sus ojos transmitían fastidio y un desprecio que no podía evitar.

—¡Ya basta, Fátima! ¡Estás delirando! Deja de inventar estupideces para seguir haciendo espectáculos frente a los invitados —respondió con voz gélida.

Sin darle tiempo a réplica, Bruno dejó el vaso sobre la mesa, se ajustó la chaqueta del traje y caminó a pasos firmes hacia la salida principal. Abandonó su propia casa en medio de la recepción.

Fátima apretó los dientes, cegada por una furia descontrolada. Comenzó a buscar a Angie entre la multitud para descargar su rabia, pero la leona ya se había marchado con su hija.

Convencida de que tramaban algo, Fátima sacó su celular, abrió la aplicación de rastreo del GPS del vehículo de Bruno y siguió la señal hasta un exclusivo bar nocturno en una zona apartada de la ciudad.

El ambiente en el bar era íntimo, de luces tenues y cálidas, y un aroma agradable a licor fino.

Bruno caminó hacia la barra con el alma hecha pedazos y pidió un whisky doble.

Necesitaba apagar el fuego que le quemaba las entrañas. Al girar con el vaso en la mano, su corazón dio un vuelco violento.

Sentada en una de las mesas VIP del fondo, apenas iluminada por la luz dorada del lugar, Angie disfrutaba a solas de una copa de margarita.

Caminó hacia ella como atraído por un imán, incapaz de resistirse.

—¿Puedo sentarme? —preguntó él en voz baja.

Angie alzó la mirada, serena y sin sorpresa, dedicándole un leve asentimiento. Bruno se acomodó frente a ella, observando la delicadeza con la que ella sostenía la copa.

—Separarnos fue el peor error de mi vida, Angie —soltó él sin rodeos, con la desesperación brotándole por los poros—. Lo estoy pagando mil veces más caro de lo que imaginas. Si supieras la verdad de todo esto...

Angie curvó los labios en una sonrisa enigmática, pero antes de que Bruno pudiera confesar el chantaje de Héctor De La Torre, las primeras notas del piano inundaron el altavoz del lugar. Era su canción. La melodía lenta y atrapante que habían bailado el día de su boda.

Un silencio cargado de nostalgia y deseo contenido se apoderó de los dos. Angie se puso de pie lentamente, mirándolo fijo a los ojos con un magnetismo hipnótico.

—Baila conmigo, Bruno —le dijo suavemente, extendiéndole la mano—. Por los viejos tiempos.

Bruno no lo pensó. La tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo con una posesividad salvaje, guiándola en medio de la pista. El contacto de sus cuerpos moviéndose lentamente al unísono les quemaba.

Angie apoyó su mejilla en el pecho de su hombro, permitiendo que Bruno se embriagára con su aroma, cayendo rendido en su trampa.

—¡Suéltalo, maldita zorra! —el grito desesperado de Fátima rompió la magia del efímero momento como un hachazo.

Fátima irrumpió en la pista fuera de sí, con el rostro ardiendo de una furia salvaje. Se abalanzó entre ellos, empujando el pecho de Bruno para separarlos y encarando a Angie con veneno en los ojos.

—¡Eres una arrastrada sin vergüenza! —le espetó Fátima, respirando con agitación—. ¡Por más que te cambies de ropa y te pintes la cara, sigues siendo la misma mujer corriente, aburrida y patética a la que Bruno cambió por una mejor. Entiéndelo de una maldita vez, yo soy más joven, más hermosa, soy todo lo que un hombre de su nivel necesita a su lado.

Bruno dio un paso al frente para enfrentarla, pero Angie lo interrumpió.

Con su postura erguida, ajustándose con serenidad el borde de su vestido. Miró a Fátima con una tranquilidad aplastante, sin elevar un solo decibel su tono de voz.

—Verás, Fátima... si yo tuviera que andar persiguiendo a un hombre por toda la ciudad para que me respete o me mire, sencillamente sabría que no vale la pena —respondió Angie con una calma destructiva—. Si tanto te cuesta mantenerlo a tu lado, llévatelo lejos y amárralo si puedes. Porque lo que es mío... se cuida solo.

Fátima se quedó fría, tragándose su propio veneno ante la humillante compostura de la exesposa.

La rabia le nubló el juicio y dio un paso amenazante hacia Angie, señalándola con el dedo tembloroso.

—¡No te quiero cerca de la casa Hardy! —advirtió Fátima en un susurro cargado de odio—. Si tú o tu bastarda vuelven a poner un pie en mi propiedad, juro por Dios que las haré sacar a patadas como las muertas de hambre que son.

Angie sostuvo la mirada de Fátima con una sonrisa fría que prometía tormenta, mientras Bruno apretaba los puños, presintiendo que la verdadera guerra acababa de comenzar.




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