Capítulo 8
Al escuchar la palabra "bastarda" el aire alrededor de Angie cambió de forma drástica. La calma que había mantenido desde la tarde se convirtió en un peligro inminente y letal.
Dio un paso firme hacia Fátima, con la seguridad de quien domina por completo el terreno, acortando la distancia hasta que solo quedó el peso de su presencia.
Fátima respiró pesado, sintiendo que el aire se le congelaba en los pulmones.
—Si quieres conservar tu cabeza encima de tus hombros, te sugiero que mantengas tu boca cerrada. A mi hija no la vuelves a nombrar en tu miserable vida —le espetó Angie con su voz baja y afilada—. Te tolero tus insultos de mujer despechada porque me das lástima. Pero si te atreves a tocarle un solo cabello a Britt o a pronunciar de nuevo una sola barbaridad en su nombre, no voy a necesitar enviarte a la cárcel para destruirte. Te voy a arrancar esa sonrisita de arpía que tienes con mis propias manos y haré que te tragues cada una de tus palabras. ¡Tú a mi no me conoces, y no sabes de lo que una madre es capaz!
El silencio que siguió a sus palabras fue tan asfixiante que Bruno dio un paso instintivo hacia ellas, sorprendido totalmente al ver a Angie convertirse en una fiera.
Fátima, sintiendo la mirada de los pocos presentes y la humillación ardiéndole en las mejillas, perdió el control por completo. Cegada por el odio, alzó la mano con furia para asestarle una bofetada a la exesposa de su prometido.
Pero su mano jamás llegó a tocar la mejilla de Angie.
Antes de que pudiera rozarla, Bruno atrapó la muñeca de Fátima con una fuerza implacable. El impacto de su agarre fue tan brusco que el dolor le sacó un jadeo a Fátima al instante.
Sin dudarlo un segundo, Bruno apartó la mano de un empujón, interponiendo su cuerpo entre su prometida y su exesposa.
—¡Ni se te ocurra ponerle un dedo encima o lo lamentarás! —sentenció Bruno, con la voz ahogada por la rabia que amenazaba con desbordarse—. Se acabó el espectáculo, Fátima. Te advierto que no voy a tolerarte un solo exceso más en contra mi familia.
Fátima se sujetó la muñeca, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia y el rostro marcado por la humillación.
—¡¿Te estás escuchando, Bruno?! —exclamó Fátima, buscando desesperadamente victimizarse para que él reaccionara a favor de ella—. ¡Esa maldita mujer me está provocando! ¡Te está manejando a su antojo frente a todo el mundo y tú te pones de su lado! ¡Yo soy tu prometida, se supone que me debes respeto a mí!
Bruno ni siquiera pestañeó al mirarla. La ignoró con una frialdad absoluta, dándole la espalda como si no fuera más que un obstáculo en su camino.
Se giró hacia Angie, y en sus ojos la furia se transformó al instante en una vulnerabilidad absoluta y desgarradora.
—Angie... ¿Estás bien? lo siento mucho —murmuró, acercándose un paso hacia ella con la voz entrecortada—. Te juro que no voy a permitir que nadie te ofenda ni te falte el respeto de nuevo y mucho menos a Britt.
Angie observó el quiebre en la armadura de Bruno. Vio la culpa, el deseo reprimido en su mirada y la devoción que él intentaba ocultar tras su fachada de hombre duro. Era el momento perfecto para dar el golpe de gracia.
En lugar de alejarse o mostrar enfado por su cercanía, Angie le dedicó una sonrisa tenue a Bruno, casi imperceptible, y dio un paso lento hacia él.
Con la tranquilidad de quien sabe exactamente el poder que ejerce, deslizó sus dedos con suavidad sobre el cuello de la chaqueta de Bruno, bajando despacio hasta posar la mano sobre su pecho, justo donde su corazón latía desenfrenado al contacto con ella.
—Tranquilo, Bruno. No tienes que disculparte conmigo —le dijo en un murmullo pausado y cálido que solo él pudo escuchar—. Todo está bien.
El calor de la mano Angie sobre su pecho fue como una descarga eléctrica directo a su corazón. Bruno se estremeció de pies a cabeza. De forma instintiva, cubrió la mano de Angie con la suya, apretándola contra su pecho mientras su pulgar acariciaba el dorso de su mano con una desesperación que no podía ocultar.
La miró a los ojos, completamente desarmado, atrapado en una red de la que no tenía intención de salir.
A unos metros, Fátima los observaba en shock, congelada en su sitio como una fiera enjaulada, viendo cómo la mujer que pretendía pisotear terminaba dominando la situación sin el menor esfuerzo.
Angie mantuvo la mirada fija en los ojos de Bruno durante un par de segundos más de los necesarios antes de retirar la mano con su habitual elegancia.
Se acomodó el abrigo sobre los hombros, tomó su bolso de la mesa y empezó a caminar hacia la salida del bar con paso firme y pausado. Como la verdadera reina que era.
Al pasar justo al lado de Fátima, no detuvo su andar, pero Fátima se le quedó mirando fijamente, con un odio visceral reflejado en su mirada.
Angie inclinó ligeramente la cabeza hacia ella y, con una voz suave que resonó con la fuerza de una sentencia, le susurró al oído:
—Recuerda, querida, que todos vuelven a donde siempre fueron felices.