Regresa Conmigo

CAPÍTULO 9.

Capítulo 9

El olor del perfume de Angie se había quedado impregnado en la chaqueta de Bruno.

Desde esa noche en el bar, el hombre había perdido la cabeza por completo. Ya no le importaba la junta directiva, ni las caídas estrepitosas en las acciones de la empresa, ni las caras de pocos amigos de los inversores que murmuraban a sus espaldas en los pasillos corporativos.

A Bruno le daba absolutamente igual perderlo todo, arruinar su reputación o tirar por la borda años de esfuerzo con tal de saciar el deseo que le quemaba por dentro.

En su cabeza ya no había espacio para los negocios; solo existía una obsesión enfermiza, fija y punzante: su exesposa.

El plan de reconquista empezó con pequeños detalles con los que buscaba marcar una presencia constante.

Cada mañana, un repartidor dejaba un arreglo gigantesco de orquídeas blancas y rosas rojas en la recepción del estudio de arquitectura de Angie.

Bruno ya ni disimulaba ante nadie. Se inventaba excusas estúpidas para aparecerse en la puerta de la casa de su ex casi todos los días, plantándose ahí como un mendigo rogando por cinco minutos de su atención.

Mientras tanto, en la casa Hardy, la convivencia con Fátima se había convertido en un infierno diario de gritos ensordecedores, portazos que hacían temblar los cuadros en las paredes y platos rotos en la cocina.

Fátima se estaba volviendo loca de celos, consumida por una rabia ciega. Se paseaba por los pasillos de la casa hecha una furia, recordándole a Bruno su compromiso con ella y reclamándole que se la pasaba detrás de su exmujer mientras que a ella la ignoraba totalmente.

Lo trataba como a un extraño despreciable en su propia casa, pero a él no le importaba. Se gastaba las horas muertas persiguiendo la sombra de la mujer que había sacado de su vida por culpa de un vil chantaje.

La tensión en casa era densa, tanto que Bruno ya no soportaba estar allí; cada segundo lejos de Angie se le hacía una eternidad insoportable.

Pero lo que Bruno no vio venir fue el cambio radical, sutil y peligroso en la actitud de Angie.

La muralla de hielo impenetrable que había mostrado en los tribunales comenzó a ablandarse de forma extraña.

Había empezado a aceptar las flores sin tirarlas a la basura ni devolvérselas con desprecio.

Días después, cuando Bruno se apareció en su puerta bajo la lluvia, ella lo dejó pasar con la excusa de revisar unos papeles de la escuela de la niña y, para su total y absoluta sorpresa, le terminó ofreciendo una taza de té caliente y una manta para cubrirse del frío.

Angie empezó a hablarle con esa misma voz suave y dulce que lo había enamorado años atrás, cuando aún creían que siempre estarían juntos.

Y lo peor fue el plan del fin de semana.

Angie aceptó, sin negarse ni poner pretextos, que la acompañara al cine y al parque de diversiones con Britt.

Durante esas horas interminables, Bruno sintió que el mundo echaba el reloj hacia atrás de golpe. Ver a Angie reírse de verdad, con esa risa limpia que creía que no volvería a escuchar, compartir un bote de palomitas en la oscuridad de la sala de cine y actuar de manera tan natural como si fueran una familia real, unida y feliz, lo llenó de esperanza.

Cada roce accidental de sus manos al caminar, cada sonrisa tímida que ella le regalaba cuando las luces de las atracciones se encendían de repente, le confirmaba que la estaba recuperando, que el amor verdadero todo lo puede y que su sufrimiento por fin estaba por terminar.

Se creía el rey del mundo, el dueño del juego, convencido de que su remordimiento había pagado el precio de su perdón.

El golpe final de su ilusión ciega llegó un martes por la tarde. Bruno estaba sentado en la sala de la casa de Angie, con los nervios apretándole la garganta, las manos sudorosas y el pulso desbocado, y al fin se armó de valor para soltar lo que llevaba días carcomiéndole las entrañas.

—Cena conmigo, Angie. Solo tú y yo... por favor. Déjame demostrarte que las cosas pueden ser diferentes si lo intentamos.

Ella se quedó callada unos segundos. Un silencio que a Bruno se le hizo eterno, donde el aire parecía haberse detenido.

Dejó los papeles que tenía en la mano sobre la mesa de centro con una lentitud exasperante, lo miró fijamente a los ojos con esa mirada oscura, profunda e indescifrable, y con una sonrisa ligera, casi imperceptible.

—¿Una cita? —preguntó con una sonrisa ligera.

—Tal vez —respondió Bruno en un hilo de voz.

—Está bien. Cenemos juntos, el fin de semana —dijo Angie mientras caminaba hacia las escaleras.

Bruno se fue de ahí casi flotando en el aire, con el corazón a mil y una sonrisa estúpida dibujada en su rostro, convencido hasta la médula de que su estrategia había funcionado y que la suerte volvía a estar de su lado. Creyendo que, esta vez, nada ni nadie, por más intentos que hicieran, volverían a separarlos.

No tenía la más mínima idea de que cada sonrisa, cada mirada cómplice y cada gesto amable que Angie le regalaba, no eran más que los pasos a seguir de una trampa calculada a la perfección para hacerlo pagar por cada lágrima que había derramado al sentirse traicionada por él de la peor manera.




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