La alarma sonó a las 6:30 de la mañana, arrancando a Gina de un sueño que parecía demasiado corto.
Abrió los ojos de golpe y, durante unos segundos, se quedó mirando el techo, tratando de recordar qué día era. Entonces lo recordó.
Tenía que ir a trabajar.
Hoy, finalmente, todo volvía a la normalidad. Al menos, eso era lo que habían acordado en aquella reunión.
El día anterior se había quedado conversando con Malena sobre los pacientes que tendría que atender y, entre café y café, habían intentado concentrarse en asuntos mucho más normales que secuestros, fotografías sospechosas y policías.
Más tarde, junto a Jordi, habían sacado conclusiones sobre cuál sería el detective que contratarían para investigar todo aquel asunto.
Aunque, para ser honestos, Jordi ya se había proclamado oficialmente como Sherlock Holmes.
Gina sonrió al recordarlo.
Quizás volver a la rutina no sería tan malo después de todo.
Porque, a veces, la tranquilidad no significa que los problemas hayan terminado.
Solo significa que todavía no han llegado.
Llegó a la Clínica «Lumiere» con su uniforme gris oscuro, cuyos detalles dorados en las mangas le daban un aire elegante y sofisticado. Llevaba el cabello perfectamente peinado y un maquillaje impecable, como si aquel sábado jamás hubiera ocurrido.
A simple vista, Gina parecía la misma de siempre: tranquila, profesional, lista para comenzar su jornada.
Pero solo ella sabía que, bajo aquella apariencia perfectamente controlada, todavía llevaba consigo los recuerdos de lo ocurrido.
Después de la reunión, Malena, la gerente, se había encargado de contarle al personal parte de lo sucedido. Por eso, aquella mañana, cuando Gina cruzó las puertas de la clínica, las miradas no tardaron en seguirla.
Algunos la saludaron con una sonrisa; otros simplemente la observaron con curiosidad, como si esperaran descubrir en su rostro alguna señal de lo que había vivido.
Gina respondió con naturalidad, intentando comportarse como cualquier otro día.
—Buenos días.
—Buenos días, doctora —respondieron algunos.
Y así, entre saludos, miradas discretas y comentarios que se apagaban cuando ella pasaba cerca, Gina comenzó su jornada.
Todo parecía volver a la normalidad, al menos, eso era lo que todos intentaban creer.
Gina se dirigió a su box, pero antes decidió pasar a saludar a Malena.
La encontró también con su uniforme azul marino impecable como siempre. Se veía tan linda y elegante como de costumbre, a pesar de todo lo ocurrido durante el fin de semana, Malena conservaba esa seguridad que parecía acompañarla a todas partes.
Gina se acercó y la abrazó.
—¿Cómo estás hoy, Malena? ¿Lista para comenzar el día?
Malena le devolvió el abrazo y sonrió.
—Siempre lista —respondió con seguridad, antes de guiñarle un ojo.
Gina soltó una pequeña risa.
Gina ya estaba en su box. Encendió el computador y comenzó a revisar su agenda del día, intentando concentrarse en volver a la normalidad.
De pronto, unos golpes en la puerta la hicieron levantar la mirada.
—Pase —dijo Gina.
La puerta se abrió y apareció Mauricio.
El día anterior no habían podido hablar con más privacidad, pero volver a verlo allí le provocó una sonrisa. Se levantaron casi al mismo tiempo y se abrazaron fraternalmente.
—Gigi, todavía no puedo creer lo que les pasó el sábado. De verdad, si yo hubiera estado ahí… no sé qué habría hecho.
Gina lo miró unos segundos y, sin poder contenerse, soltó una carcajada.
—¡Ponerte a llorar!
Mauricio abrió los ojos, fingiendo indignación, aunque terminó riéndose también.
—Bueno… en realidad, yo nunca he pasado por algo así —admitió, pensativo—. Pero no, Gigi. Llorar, ¡NO! Soy un hombre valiente.
Gina lo observó fijamente.
Claro que es valiente… Tener una esposa y dos amantes, o tal vez más, requiere bastante valentía. Aunque no sé si eso es valentía o ganas de morir.
Se mordió los labios para no reírse.
—Eso no lo dudo, Mauricio… —respondió finalmente, con una sonrisa cargada de ironía—. Si estás siempre en tensión con las mujeres de tu vida, tratando de que ninguna se entere de tus infidelidades… Por Dios, si yo fuera tu esposa, déjame decirte que ya estarías dejadísimo y golpeadísimo.
Mauricio se llevó una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendido.
—¡Gigi! ¿Así recibes a tu amigo después de haber venido a preocuparse por ti?
Gina volvió a reír.
—Estoy siendo sincera.
—No. Tú estás disfrutando demasiado esto.
—Un poquito —admitió Gina, sin perder la sonrisa.
Mauricio era un hombre muy simpático, buen amigo y excelente compañero. Su único gran defecto —o virtud, dependiendo de a quién se le preguntara— era mujeriego.
No bebía alcohol, no fumaba y tampoco bailaba. Sin embargo, en asuntos del corazón parecía tener una vida bastante más movida.
Ya había pasado por dos matrimonios.
Su primera esposa había llegado a su vida cuando ambos eran muy jóvenes. Mauricio todavía estudiaba Medicina cuando se casaron y de aquella relación nació Sofía, su hija, que ya tenía dieciséis años.
Con el tiempo, el matrimonio terminó. Mauricio se divorció mientras trabajaba en la rural y, poco después, conoció a Ana, una joven de dieciocho años de quien se enamoró perdidamente.
Según él, había sido una de las pocas veces en su vida en que estuvo completamente enamorado.
Y también, según él, había sido completamente fiel. El problema era que Ana era extremadamente celosa. Los celos fueron creciendo hasta convertir la relación en un verdadero campo de batalla. Finalmente, Mauricio decidió terminar con ella.
Aunque aseguraba que todavía estaba enamorado, también tenía algo muy claro:
No podía vivir sintiendo que en cualquier momento Ana podía matarlo por una escena de celos.
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Editado: 18.10.2026