Gina lo observa y no puede evitar recordar lo que había pensado de él.
¿Cómo pude creer que este chico era un delincuente? ¡Y peor aún, estuve a punto de dispararle! Sin embargo, ahí está, en la misma fotografía que Yudamis. ¿Qué relación puede haber entre él, el intento de secuestro y la clínica? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Aunque, pensándolo bien, ¿cómo voy a preguntarle algo así si apenas lo conozco? No, será mejor que me guarde mis sospechas por ahora…
—¡Qué horror! —murmura para sus adentros, bajando la cabeza, avergonzada.
Sin embargo, después de unos segundos, se recompone, levanta el rostro y vuelve a mirarlo. Esta vez, una sonrisa aparece en sus labios.
—¡Hola, Elías! ¡Buenos días! Ahora que llegaste a la consulta, ¡mejoró mi día! —bromeó Gina, soltando una risita divertida—. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?
Elías la observó y terminó soltando una carcajada.
—¿En qué puede ayudarme? En todo, doctora Gina… absolutamente en todo —respondió, con una sonrisa tímida—. Pero vamos por partes. Resulta que voy al gimnasio y tengo demasiado vello en la espalda. Me molesta y ya no lo soporto. Quiero hacerme la depilación láser.
Gina alzó las cejas, divertida por su manera de expresarse.
—Muy bien, señor exigente. Primero tengo que revisarte para evaluar el tratamiento. Quítate la camisa, por favor.
Elías asintió y se sonrojó ligeramente antes de quitarse la camisa.
Gina levantó la mirada y, por un instante, se quedó sin palabras.
¡Vaya sorpresa!
Elías tenía un torso espectacular, los abdominales bien marcados y los brazos musculosos, perfectamente tonificados. Era evidente que no iba al gimnasio solamente para presumir.
¡Oh, Dios! ¡Gina, concéntrate, que estás trabajando!, se reprendió mentalmente.
Disimulando su inesperada distracción, se acercó para examinarle la espalda. Allí estaban los vellos que tanto parecían incomodarlo. Sin embargo, a ella no le parecían desagradables; al contrario, le daban un aire masculino que encontraba bastante atractivo.
Y, antes de poder contenerse, dejó escapar:
—La verdad, estás perfecto. No veo la necesidad de depilarte con láser. Esos vellos te hacen ver muy varonil.
Elías giró ligeramente la cabeza para mirarla por encima del hombro. Una sonrisa tímida apareció en sus labios.
—¿Ah, sí, doctora? ¿De verdad le parece que me veo bien? —preguntó, un poco sorprendido por el comentario.
Gina abrió los ojos al darse cuenta de lo que acababa de decir.
—¡Pues sí! —respondió apresuradamente, intentando recuperar su compostura profesional.
—Gracias, doctora. Sin embargo, a mí me molestan mucho, sobre todo cuando hago ejercicios de fuerza. Por eso quiero quitármelos. ¡Adiós a los vellos! —declaró, decidido.
—¡Elías, lo que tú digas! Tú eres el paciente —respondió Gina, divertida—. Las sesiones de láser se realizan cada veintiún días, aproximadamente. El tratamiento suele oscilar entre diez y catorce sesiones, aunque pueden ser más o menos, dependiendo de cada paciente y de cómo responda al tratamiento. Así que tendrás que tener paciencia antes de decirles adiós a esos vellos.
Elías abrió los ojos, sorprendido.
—¡Vaya! Pensé que sería más rápido, pero debí suponer que el proceso era lento. ¡Fidel lleva como dos años viniendo por los vellos de las orejas!
Gina soltó una carcajada.
—¡Pobre Fidel! Debe venir hoy, ¿verdad? Seguro que todavía está traumatizado.
—Por supuesto. Es la primera vez que le pasa algo así. Aunque, para ser sincero, yo también terminé traumatizado —confesó Elías, dejando escapar una risita—. Llegué justo al final del asalto. Mi pobre padrastro estuvo durante todo el asalto… ¡hasta lo golpearon!
Gina negó con la cabeza, divertida, aunque intentaba mantener la seriedad profesional.
Definitivamente, aquella consulta estaba resultando mucho más entretenida de lo que había imaginado. Prosiguió Gina diciendo.
—Debes agendar una consulta para comenzar el tratamiento. Hoy no tengo tiempo disponible, y
como no estabas agendado, te atendí por sobrecupo. Hice una excepción por tratarse de ti y porque sentía que era mi deber moral después de mi equivocación… —Gina hizo una pausa y bajó la mirada—. Por lo que pasó el sábado y por mi confusión.
—Doctora, usted no me debe nada —respondió Elías con cierta timidez—. Voy a agendar una cita esta semana. Preguntaré si tienen disponibilidad para comenzar mañana mismo.
Gina levantó la mirada y le dedicó una pequeña sonrisa.
En ese momento, el teléfono de la oficina volvió a sonar.
—¿Sí? —contestó.
—Doctora, aquí está el señor Jordi, que le trae un café —informó Lourdes, la recepcionista.
De fondo, Gina alcanzó a escuchar la voz de Jordi:
—¡Señorito, más respeto para la próxima!
Gina soltó una carcajada al reconocer su voz.
—Claro, Lourdes. Dile que me espere un momento, que ya casi termino con el paciente.
—De acuerdo, doctora.
Gina colgó el teléfono y volvió a dirigir su atención a Elías.
—Bueno, creo que hemos terminado por hoy. Recuerda consultar los horarios disponibles antes de venir para tu primera sesión.
Elías asintió mientras comenzaba a ponerse la camisa, todavía un poco sonrojado por la situación.
—Así lo haré, doctora. Muchas gracias por atenderme.
—De nada, Elías. Nos vemos pronto.
Él le dedicó una sonrisa tímida antes de dirigirse hacia la puerta.
Elías salió de la consulta y se dirigió a recepción para reservar su cita. Allí se encontró con Jordi, quien lo saludó cordialmente, aunque no pudo evitar echarle una mirada curiosa de arriba abajo.
—Buenos días —saludó Elías con una sonrisa tímida.
—¡Muy pero muy Buenos días! —respondió Jordi, observándolo con disimulo.
Elías se despidió amablemente y continuó su camino.
Jordi esperó apenas unos segundos antes de dirigirse al box de Gina, quien lo esperaba junto a la puerta.
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Editado: 18.10.2026