Relatos De Un Pulpo

Sexto Café. Mi amigo Edgar.

 

 

 

A Edgar lo conocí en uno de mis tantos viajes. Un gran amigo. Tiene algunos problemas mentales. Imagínese, es un buzo enamorado del océano, y utiliza un traje de estilo antiguo de esos de exploración de suelos, de metal antiguo. Creo que si no me confundo es el primero. Sabe el primer traje fue el de Beauve. Leí sobre su historia, cuando se apareció Edgar por primera. Me había dado el susto del siglo, incluso pensaba que era un extraterrestre, o ultraterrestre, o intraterrestre, vaya a saber. Era un robot bajo el agua. Por mucho que lo pensaba no encontraba razón de que tal criatura fuera de ese modo, y luego me extendió su mano como queriendo saludar.

La historia de los buzos arranca en 1715, con un primitivo ejemplar que apenas recubría el cuerpo. Cuero con una placa de acero, y zapatos pesados. Luego llegaría el espantapájaros. Ni le menciono, ese si es horrendo. Y con posterioridad el de Siebe en 1837, con un casco de doce tornillos, y tres ventanillas. Este era el clásico que podrá ver en películas antiguas. Luego vinieron otros que eran a medida estrambóticos, con una ventana sola, que podría recordar a un ciclope, otros estilo robot.

Yo (en mi ego, perdón por ello), estaba en nadando, y debía llegar a un barco abandonado. Mejor dicho un barco que se hundió. Era un Corbeta española que fuera atacada por piratas. Y se fue al fondo en las aguas haitianas del mar. Nadie genero reclamo en adelante. Sabíamos un poco de su historia, por los libros de clase. Tenía en ese entonces la edad de los comienzos de adulto. La corbeta se ubicaba en el lecho del bosque marino. Cuando hablamos de bosque, sepa que hay un frondoso millar de árboles que los puede ver en la vida terrestre, y se adaptan a las aguas. El barco totalmente carcomido por los hongos marinos estaba allí, esperándome, o esperándonos.

 

 

Recorrí la tupida maleza, esquivando todo tipos de yuyos en una yunga cubierta de algas intratables de aspecto lúgubre. Algunas verdes, otras marrones en su mayoría. Posiblemente fuera este efecto el que generaba molestia, pues la visualización era reducida.

Con el tentáculo seis, y ocho, abrí el panorama visual, corriendo como si fuera cortina gran parte del pastizal, y allí se encontraba, el viejo barco. Me amarré bien el bolso, e ingrese a las inmediaciones. Lo primero que hice fue verificar el campo donde me encontraba, y que no hubiera peligros. Algo difícil, debido que era de un tamaño considerable. Luego de unos minutos de calcular el espacio, pude notar una ventana rota. Tomé mi linterna, e iluminé el oscuro interior. Allí dentro nada podría generar problemas, por lo que apague la misma, y me introduje por aquel agujero. Pesquisé todo lo que se encontraba en aquel sitio. Baúles vacíos, hongos, musgo acorralado e impregnado en las paredes de las maderas mofadas, y húmedas. Una escalera que llevaba al exterior de la base central donde se hallaba el timón.

En otro sector barriles sellados, tal vez con pólvora, o quizás brandy. Fui lentamente iluminando cada parte hasta la otra recama que se encontraba en la misma situación. Algunos peces, de esos que le platiqué como mascotas, y una puerta que se abrió de repente. El susto me invadió, iluminé la misma, y era una medusa que golpeo con su gran cabeza aquella madera pútrida.

Me alivié un instante, sobrepase aquel terreno, hasta el fondo. Allí era mucho más oscuro de lo debido. Nuevamente detecté un ruido, me dije, otra vez este animalito. Cuando iluminé hacía arriba, estaba esa cabeza de metal gigante y deforme. Era como algo redondo de una aleación oxidada. Parecía un planeta de color vetusto con esas ventanas y un rostro dentro de sí como centro de todo. Dio un paso con sus zapatos de metal generando estruendo en las arenas, del pánico. Fue allí que extendió su mano, y le lancé la tinta, oscureciendo aún más el lugar. En algún aspecto mi líquido escurrido, y lanzado desde los mecanismos de defensa siempre me ayudaron, esta vez casi producen un desastre. Aquella habitación estaba totalmente bloqueada por la cantidad de escombros acumulados. Y era de tamaño menor a las otras, sin dejar de tener presente que había otros baúles. Ante el impacto, el hombre, quiso dar otro paso y se tambaleo hacia un costado, casi intentando contener el peso, pudo equilibrarse esa masa metálica.

Me dirigí hasta la salida de aquella habitación. Un gesto de éste me hizo notar que no era peligroso. Quizás no era un gesto, sino la sensación de que era amigable, y que me había apresurado ante tal evento. Fu cuando por la confusión se golpeó con un metal afilado que le produjo una herida en su hombro. Se tomaba aquel con dolor, apenas moviendo su brazo y mano para calmar el impacto brusco. Al verlo allí, no sabía si ¿regresar, o irme? En la decisión, veía un semblante cuyos ojos parecían dar a entender que estaba en peligro, entonces retome la entrada hacía él. Aquel me diviso, o apenas pudo determinar lo que a su alrededor había, y le produjo el susto, yendo hacia atrás. Al llegar a él, lo apreté fuerte con mis tentáculos. Las ventosas taparon parte de las tuercas metálicas, y lo levante con fuerza. Lentamente lo saque de allí, dirigiéndome hacia aguas exteriores. Dios, que era pesado.

Recuperó la conciencia un instante, y del bolsillo de su traje tomó una cuchilla. Podía verlo en su interior asustado. Intente decirle que permaneciera tranquilo, pero sus estocadas, y lances eran letales. Forcejeamos hasta que logré reducirlo, aunque la fuerza de su desesperación por sobrevivir alcanzaba el extremo. Golpeó mi cabeza con su codo de metal mellado, hasta que por la

 

 

falta de aire se iba desvaneciendo. Fue cuando me le abalancé, y logre contenerlo. Con un movimiento pude moverme con el encima.




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