Cumplir diecisiete años se sentía como
estar parado frente a un abismo vestido
de libertad. Todo el mundo a esa edad
parecía tener prisa por comerse el
futuro: mis compañeros hablaban de
fiestas de graduación, de licencias de
conducir y de carreras universitarias
con una seguridad envidiable. Para
ellos, el mañana era un escenario
brillante esperando ser conquistado;para mí, era una niebla densa que
amenazaba con tragarme.
El último año de la secundaria se
convirtió en una puesta en escena
diaria. Había aprendido, a fuerza de
tropiezos, que mostrarse vulnerable
ante los demás tenía un precio
demasiado alto. Por eso construí una
máscara: sonreía cuando correspondía,
asentía en las conversaciones del grupo
y memorizaba los nombres de las
bandas de música que estaban de moda.Aprendí a fingir una normalidad
ruidosa para que nadie hiciera
preguntas incómodas. Pero por dentro,
el esfuerzo de sostener esa fachada me
dejaba exhausto antes del mediodía.
Esa mañana de octubre, la luz
fluorescente del aula parpadeaba con
un zumbido molesto que parecía
meterse directamente bajo mi piel. El
calor dentro del salón era sofocante,
cargado del olor a marcadores
borratorios y uniformes húmedos por lalluvia matutina.
—Mateo, te toca exponer el siguiente
capítulo del proyecto —dijo el profesor
de Historia desde su escritorio,
ajustándose los lentes sin levantar la
mirada.
Un frío helado me recorrió la espalda
desde la nuca hasta los talones. Mi
corazón dio un vuelco violento. Aunque
había preparado el trabajo durante días
y me sabía cada fecha de memoria, la
sola idea de ponerme de pie frente atreinta pares de ojos juzgándome hizo
que mi mente se quedara
completamente en blanco.
—Vamos, Mateo, no tenemos todo el
día —insistió el profesor, esta vez
mirando el reloj de pared.
Me puse de pie. Mis piernas se sentían
de trapo, livianas e inseguras, como si
pertenecieran a otra persona. Caminé
hacia el frente del aula mientras
escuchaba el murmullo distante de mis
compañeros: risitas ahogadas en laúltima fila, el chasquido de un lapicero,
el roce de las sillas contra el suelo.
Cada pequeño sonido resonaba en mis
oídos con la potencia de un trueno.
Al llegar al estrado, me giré. Treinta
rostros me miraban. De pronto, el aire
del salón pareció congelarse y negarse
a entrar en mis pulmones. Inhalé
profundamente, pero el aire no llegaba
a su destino; se quedaba atascado en mi
garganta. Mi pecho se apretó como si
una garra invisible lo estuvieraestrujando.
—Buenos días... el tema que me tocó...
—empecé a decir, pero mi voz salió
ahogada, aguda, irreconocible.
Las palmas de mis manos sudaban
frío. La visión periférica comenzó a
oscurecerse, reduciéndose a un túnel
borroso. Sentí un hormigueo eléctrico
en las puntas de los dedos y las sienes
comenzaron a pulsarme con un dolor
sordo y acelerado. Estaba sufriendo mi
primer ataque de pánico en público y nosabía cómo detenerlo.
—¿Te sientes bien, Mateo?
—preguntó el profesor, esta vez con un
tono de sincera preocupación.
No pude responder. Dejé las hojas del
trabajo sobre la mesa con manos
temblorosas y, sin pedir permiso, salí
corriendo del aula. El pasillo estaba
desierto. Caí de rodillas junto a los
baños del segundo piso, apoyando la
espalda contra los azulejos fríos. Me
llevé las manos a la cabeza, intentandodesesperadamente recuperar el control
de mi respiración. Me miré en el espejo
del lavabo. El reflejo que me devolví
era el de un muchacho pálido, con los
ojos desorbitados y el labio inferior
temblando.
A los diecisiete años, cuando se
suponía que debía estar planificando mi
vida, ni siquiera podía sostener una
mirada frente a mis compañeros de
clase. Me sentí profundamente
defectuoso, roto, incapaz de adaptarmeal mundo real. Esa tarde regresé a casa
caminando lentamente. Cuando crucé el
umbral de la puerta, mi madre estaba
bordando junto a la ventana. Bastó con
que me mirara a los ojos para saber que
algo se había roto dentro de mí.
—¿Qué pasó, mi niño? —preguntó
suavemente.
Me sentí a su lado y rompí a llorar. Le
hablé de la sofocación, de la falta de
aire y del miedo al futuro. Ella me
rodeó con sus brazos y me dijo: 'Notienes que saberlo todo a los diecisiete
años, Mateo. El mundo va demasiado