Relatos De Una Alma Silenciosa

CAPÍTULO 3 SOMBRAS EN LA CIUDAD Y RETORNO

La partida hacia la gran ciudad no tuvo

la épica que los demás esperaban.

Cuando el autobús cerró sus puertas

neumáticas con un soplido pesado y

comenzó a alejarse de las calles bajas

de mi pueblo, miré por la ventana hacia

mi madre. Ella permaneció en el andén,

pequeña y erguida, agitando la mano en

el aire hasta que la distancia y la brumamatutina la convirtieron en una silueta

difusa. En mi regazo llevaba una maleta

gastada con poca ropa y una carpeta

llena de dudas.

La capital me recibió con su

estruendo característico: el crujido de

los frenos, las sirenas a lo lejos, el

andar apresurado de miles de

desconocidos que cruzaban los

semáforos sin mirarse a los ojos. Al

principio intenté convencerme de que

ese caos era lo que necesitaba. 'Aquínadie me conoce, aquí puedo volver a

inventarme', me repetía como un

mantra mientras subía las escaleras de

la pensión donde había alquilado una

habitación del tamaño de un armario.

El cuarto tenía una ventana que daba

a un tragaluz gris y una cama cuyo

colchón hundido guardaba la forma de

viejos inquilinos. Las paredes, pintadas

de un amarillo desgastado, filtraban los

ruidos del edificio: la televisión a todo

volumen del vecino de al lado, los pasospesados en el pasillo y el goteo

incesante de un grifo en el baño

compartido.

Durante las primeras semanas intenté

adaptarme a la rutina de la gran

ciudad. Me matriculé en un curso

preparatorio y conseguí un trabajo de

media jornada archivando documentos

en una oficina del centro. Pero la

ciudad no tardó en devorar mis frágiles

defensas. El trayecto en el metro a las

ocho de la mañana era una prueba deresistencia cotidiana: decenas de

personas apretujadas en vagones

subterráneos, respirando el mismo aire

viciado, mirando las pantallas de sus

teléfonos para no encontrarse con la

mirada del otro.

En ese entorno, mi hipersensibilidad

se volvió una carga insoportable. Los

estímulos no pasaban por un filtro;

entraban directamente a mi sistema

nervioso como descargas eléctricas. Al

llegar la noche a mi habitación, caíasobre la cama exhausto, incapaz de

cenar o de abrir un libro. El silencio de

la noche metropolitana no traía paz;

traía el eco de mi propia soledad.

El colapso definitivo ocurrió un

martes de lluvia torrencial. Salí de la

oficina envuelto en mi abrigo húmedo y

me dirigí a la estación de trenes. Al

bajar las escaleras mecánicas hacia el

andén, la multitud me empujó

sutilmente hacia el borde de la vía. De

pronto, el silbato de la locomotoraretumbó en la bóveda de concreto y las

luces del tren iluminaron los rieles

mojados.

En ese milisegundo, la mente me jugó

una trampa macabra. Un vértigo helado

me paralizó los pies. Sentí que el suelo

se inclinaba hacia las vías, que el

estruendo del motor me llamaba desde

el fondo. Retrocedí dos pasos a ciegas,

tropezando con las piernas de un

transeúnte que me lanzó una mirada de

molestia antes de seguir de largo. Mepegué de espaldas a la columna de

concreto más cercana, temblando

convulsamente mientras el tren se

detenía frente a mí.

No me subí a ese tren. Tampoco volví

a la pensión esa noche. Caminé sin

rumbo bajo la lluvia durante horas

hasta que mis zapatos quedaron

completamente empapados. Comprendí

con una claridad aterradora que

continuar en la ciudad bajo esas

condiciones no era fortaleza, sino unsuicidio lento. Estaba intentando

encajar en una maquinaria que destruía

mi salud mental día a día.

Al día siguiente, junté mis pocas

pertenencias en la maleta, entregué la

llave al encargado de la pensión y

compré un pasaje de regreso. El viaje

de vuelta fue un diálogo silencioso entre

la culpa y el alivio. Me sentía un

perdedor, el muchacho que no había

durado ni tres meses en la capital y

regresaba con la cabeza gacha al nidodel que había intentado escapar.

Llegué a casa al anochecer. La luz

cálida de la ventana de la cocina

indicaba que mi madre aún estaba

despierta. Toqué la puerta dos veces,

con la mano temblándome en el pomo.

Cuando abrió la puerta y me vio allí de

pie, despeinado, más delgado y con las

marcas del agotamiento dibujadas bajo

los ojos, no hizo ninguna pregunta

sobre la universidad, el trabajo o el

dinero perdido. Simplemente abrió losbrazos y me acogió contra su pecho.




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