La partida hacia la gran ciudad no tuvo
la épica que los demás esperaban.
Cuando el autobús cerró sus puertas
neumáticas con un soplido pesado y
comenzó a alejarse de las calles bajas
de mi pueblo, miré por la ventana hacia
mi madre. Ella permaneció en el andén,
pequeña y erguida, agitando la mano en
el aire hasta que la distancia y la brumamatutina la convirtieron en una silueta
difusa. En mi regazo llevaba una maleta
gastada con poca ropa y una carpeta
llena de dudas.
La capital me recibió con su
estruendo característico: el crujido de
los frenos, las sirenas a lo lejos, el
andar apresurado de miles de
desconocidos que cruzaban los
semáforos sin mirarse a los ojos. Al
principio intenté convencerme de que
ese caos era lo que necesitaba. 'Aquínadie me conoce, aquí puedo volver a
inventarme', me repetía como un
mantra mientras subía las escaleras de
la pensión donde había alquilado una
habitación del tamaño de un armario.
El cuarto tenía una ventana que daba
a un tragaluz gris y una cama cuyo
colchón hundido guardaba la forma de
viejos inquilinos. Las paredes, pintadas
de un amarillo desgastado, filtraban los
ruidos del edificio: la televisión a todo
volumen del vecino de al lado, los pasospesados en el pasillo y el goteo
incesante de un grifo en el baño
compartido.
Durante las primeras semanas intenté
adaptarme a la rutina de la gran
ciudad. Me matriculé en un curso
preparatorio y conseguí un trabajo de
media jornada archivando documentos
en una oficina del centro. Pero la
ciudad no tardó en devorar mis frágiles
defensas. El trayecto en el metro a las
ocho de la mañana era una prueba deresistencia cotidiana: decenas de
personas apretujadas en vagones
subterráneos, respirando el mismo aire
viciado, mirando las pantallas de sus
teléfonos para no encontrarse con la
mirada del otro.
En ese entorno, mi hipersensibilidad
se volvió una carga insoportable. Los
estímulos no pasaban por un filtro;
entraban directamente a mi sistema
nervioso como descargas eléctricas. Al
llegar la noche a mi habitación, caíasobre la cama exhausto, incapaz de
cenar o de abrir un libro. El silencio de
la noche metropolitana no traía paz;
traía el eco de mi propia soledad.
El colapso definitivo ocurrió un
martes de lluvia torrencial. Salí de la
oficina envuelto en mi abrigo húmedo y
me dirigí a la estación de trenes. Al
bajar las escaleras mecánicas hacia el
andén, la multitud me empujó
sutilmente hacia el borde de la vía. De
pronto, el silbato de la locomotoraretumbó en la bóveda de concreto y las
luces del tren iluminaron los rieles
mojados.
En ese milisegundo, la mente me jugó
una trampa macabra. Un vértigo helado
me paralizó los pies. Sentí que el suelo
se inclinaba hacia las vías, que el
estruendo del motor me llamaba desde
el fondo. Retrocedí dos pasos a ciegas,
tropezando con las piernas de un
transeúnte que me lanzó una mirada de
molestia antes de seguir de largo. Mepegué de espaldas a la columna de
concreto más cercana, temblando
convulsamente mientras el tren se
detenía frente a mí.
No me subí a ese tren. Tampoco volví
a la pensión esa noche. Caminé sin
rumbo bajo la lluvia durante horas
hasta que mis zapatos quedaron
completamente empapados. Comprendí
con una claridad aterradora que
continuar en la ciudad bajo esas
condiciones no era fortaleza, sino unsuicidio lento. Estaba intentando
encajar en una maquinaria que destruía
mi salud mental día a día.
Al día siguiente, junté mis pocas
pertenencias en la maleta, entregué la
llave al encargado de la pensión y
compré un pasaje de regreso. El viaje
de vuelta fue un diálogo silencioso entre
la culpa y el alivio. Me sentía un
perdedor, el muchacho que no había
durado ni tres meses en la capital y
regresaba con la cabeza gacha al nidodel que había intentado escapar.
Llegué a casa al anochecer. La luz
cálida de la ventana de la cocina
indicaba que mi madre aún estaba
despierta. Toqué la puerta dos veces,
con la mano temblándome en el pomo.
Cuando abrió la puerta y me vio allí de
pie, despeinado, más delgado y con las
marcas del agotamiento dibujadas bajo
los ojos, no hizo ninguna pregunta
sobre la universidad, el trabajo o el
dinero perdido. Simplemente abrió losbrazos y me acogió contra su pecho.