Relatos del Bestiario Nocturno

ZAGAL

El sol de la tarde descendía lento sobre las calles agrietadas de un barrio antiguo, envolviendo los muros manchados y las banquetas rotas en una luz sepia, como si todo fuera parte de una postal vieja que nadie se atrevía a mirar de frente. Melissa, de veinticuatro años, caminaba su ruta de siempre con una bolsa de croquetas en una mano y una cámara al cuello, los pasos acompasados por una costumbre que empezaba a volverse insana. Desde que comenzó a colaborar como voluntaria en el albergue de animales, había creado la rutina de alimentar a los perros callejeros del sector, esos parias peludos con ojos tristes que parecían entender demasiado. Pero algo había cambiado.

No ladraban. No gemían. Ni siquiera se movían hasta que ella se alejaba. El silencio se había asentado sobre ellos como moho, y eso le removía las tripas. Aquella tarde, arrojó un puñado de comida frente a un callejón polvoso y se agachó a acariciar a un viejo terrier. Su cola se movió apenas, pero sus ojos no la miraban. Seguía la línea de la calle, fijando la vista en algún punto invisible. Al levantar la cabeza, Melissa sintió un escalofrío: otros perros salían de entre los muros, caminando como espectros. Tres. Luego cinco. Luego muchos. Todos con la misma postura, la cabeza ladeada en el mismo ángulo. Y entonces, a las 5:17 p.m. exactas, todos giraron al unísono y se alejaron, con una sincronía que no era de este mundo.

La noche anterior, Melissa había visto a uno parado fuera de su casa. Quieto. Mirando su ventana hasta que salió el sol.

En los días siguientes, lo que comenzó como curiosidad se convirtió en obsesiva inquietud. Comenzó a seguir a los perros, grabó sus movimientos, tomó notas. Perros nuevos, recién llegados al barrio, se unían al grupo y regresaban cambiados: sin personalidad, sin brillo. Rusty, uno que solía jugar a morderle las agujetas, ahora caminaba con la manada. Su mirada era hueca. Su cuerpo, demasiado fluido para ser natural.

Una tarde, los siguió hasta un callejón donde se agolparon como si esperaran algo. Allí estaba él. Un perro distinto. Más grande, pero sin forma clara. Su silueta se confundía con la sombra. Melissa trató de enfocar con su cámara, pero la imagen se distorsionaba. La figura parecía respirar, como un órgano abierto que palpitaba en medio del aire inmóvil. El grupo lo rodeó brevemente, y luego desapareció como una ola que retrocede.

Esa noche, encontró un gato despedazado en su porche. No lo habían comido, solo destruido. Los vecinos comenzaban a murmurar. Un hombre viejo juraba que los perros habían entrado en su cocina. No hicieron ruido. No olían a nada. Solo estaban allí, mirándolo. Una niña del edificio lloraba cada noche diciendo que los "ojos del patio" la seguían incluso en sus sueños.

Melissa buscó respuestas. Leyó foros, documentos antiguos, notas amarillentas. Descubrió patrones similares en otras décadas. Siempre el mismo vecindario. Siempre perros. Siempre desapariciones. En la basura de una casa vacía, encontró un diario de los años cuarenta. Hablaba de algo llamado Zagal. "No un perro", decía una entrada temblorosa. "Es muchos. Es uno. Come luz. Se mete por los huesos."

Aquella noche, los perros la siguieron. Cinco. Luego más. Todos silenciosos, con sus sombras temblando como si respiraran distinto. Uno subió al cofre de su auto y la miró con ojos que no eran de perro. Eran humanos. O casi. Y entonces, lo sintió.

Una voz. No un sonido. Un pensamiento invadiendo los suyos: "Luz tibia... entra ya... mastico tu dentro..."

Corrió. Pero ellos también. Nunca ladraban. Solo seguían. Como si el mundo ya no tuviera más instrucciones que las de esa conciencia que los guiaba. Melissa, entre llanto y furia, regresó al callejón.

Allí estaba. Zagal. Ya no era sombra. Era carne. Una aberración que desbordaba los bordes del mundo conocido. No tenía forma fija. Su cuerpo colgaba como un saco lleno de seres en lucha. Tenía orejas de perro, pero en posiciones imposibles. Mandíbulas superpuestas. Lenguas que se movían sin boca. Ojos brillantes como carbones, pero no todos eran caninos. Algunos eran humanos, y uno, juró Melissa, era el ojo de su madre muerta.

Zagal abrió su boca de carne. No habló. Pensó por ella. Con su voz.

"Ahora tú ladras en mí."

El grito de Melissa nunca salió. Los perros la rodearon, pero no mordieron. Sus cuerpos eran extensiones de la cosa. Una lengua salió del vientre de Zagal y le acarició el rostro. Luego, las fauces se abrieron y la tragaron.

Desde dentro, Melissa aún pensaba. Aún veía. Veía a través de los ojos de los perros. Sentía hambre. Su luz se apagaba poco a poco mientras la conciencia del enjambre la envolvía.

A la mañana siguiente, un nuevo perro se unió a la manada. Pequeño, ojos brillantes, paso firme. Observaba a los vecinos con detenimiento, como si leyera sus debilidades. Nadie lo reconoció, pero todos lo evitaron.

Días después, una niña encontró una muñeca despedazada en su puerta. No mordida. Solo destrozada. Un corredor matutino vio a un perro en la azotea de una tienda, inmóvil. Su sombra latía, como un corazón.

Y cada día, a las 5:17 en punto, la manada giraba la cabeza al unísono, buscando. Escaneando. Como si escucharan una orden que nadie más podía oír. Zagal seguía allí, hambriento, esperando la próxima luz que pudiera devorar.




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