La vida matrimonial fue creciendo como una amistad adyacente entre dos personas que se conocieron por obligación.
Meng Yu se levantó de su cama antes que su marido, Shen Zhao. Lo miró de reojo durante un rato; después, despacio, buscó el librero que quedaba cerca de la ventana de un metro, cuyas cortinas blancas cubrían casi por completo la luz que entraba.
Observó las fotos y, junto al cernidero, tomó el celular para encender la linterna y así poder ver sin despertar a Shen Zhao.
Desde su niñez, sin que nadie tuviera que enseñárselo directamente, comprendió que a un hombre no se lo debía despertar de ninguna forma. Él era quien llevaba la comida al hogar y, aunque le preguntaras su opinión, probablemente no te la diría, incluso si se mordía la lengua por hacerlo. Pero Meng Yu sabía que, si alguien llegaba a escucharlo, podía acusar a su marido, y este tenía derecho a lastimarlo.
Así había ocurrido con su vecina, quien se casó por sugerencia de sus padres. Decían que ya tenía diecinueve años y que ellos no iban a mantenerla para siempre.
Era normal que los omegas, tanto mujeres como hombres, después de los dieciocho años se casaran para tener un lugar donde vivir. Los padres los echaban de la casa o los presionaban para que se casaran rápidamente y, en palabras de todos, para "deshacerse de la carga".
Un omega no tenía derecho a trabajar, por más que estudiara. Nadie lo escogería por encima de un alfa. Los pocos que conseguían un empleo recibían apenas la mitad del salario básico, lo suficiente para poder residir humildemente.
Incluso los inhibidores de los omegas en la ciudad Z, donde él vivía, costaban el doble que los de los alfas.
Meng Yu lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer.
Una chica de veinte años, embarazada, era jalada de los cabellos por su marido desde el quinto piso donde vivían hasta llegar a la entrada del edificio. Meng Yu regresaba de la escuela de omegas acompañado de su madre cuando se toparon con aquella escena.
Su madre no hizo nada.
Su mirada era fría, sin emociones, como la de una persona muerta. Estaba acostumbrada. Nada parecía asombrarla. Su tranquilidad era dura como una roca.
Eso asustó a Meng Yu.
La chica golpeada lloraba y trataba de cubrirse mientras el hombre la sostenía del cabello con una mano. Ya podían verse huecos entre sus cabellos, algunos con rastros de sangre. Era evidente que probablemente quedaría parcialmente calva.
En la otra mano, el alfa llevaba una olla de arroz quemado. Lleno de cólera, se la lanzó en la cabeza, dejándola inconsciente.
Escupiendo las palabras, gritaba:
—¡Machona! ¡No sabes hacer nada! ¡Omega inútil! Solo sirves para parir hijos, nada más. ¡Abres las piernas y no sirves para cuidar un hogar!
Las personas miraban y pasaban de largo.
Los omegas agachaban la cabeza, miraban hacia otro lado o aumentaban el paso, pero nadie, ni una sola alma, intercedió por aquella pobre chica.
La señora Beta agarró con fuerza la mano de Meng Yu y subió sin darle otra mirada a su casa.
Meng Yu intentó echar un vistazo mientras caminaba, pero solo alcanzó a ver sangre.
Mucha sangre.
Días después, mientras veía la televisión, escuchó a su madre hablar con una vecina por teléfono. No era prudente salir de la casa a menos que fuera indispensable.
Entonces escuchó un suspiro.
—Pobre chica... Que descanse en paz. Lo bueno es que el nacimiento de su hijo fue un niño alfa. Un alfa para ese hombre es una bendición no merecida.
Meng Yu aprendió a ser tímido y silencioso. Agradecía que su vida fuera más tranquila, pero en lo más profundo de su alma siempre se repetía:
—Tengo miedo.
—No es justo.
—Maldito sea el día en que nací omega.
Sacudiendo la cabeza para olvidar aquellos recuerdos amargos, se golpeó la punta del dedo gordo del pie contra una pequeña mesita de madera que adornaba uno de los lados del cuarto.
Apretó los labios para evitar gritar y cerró los ojos para impedir que las lágrimas salieran.
Un pequeño gemido escapó de sus labios.
Fue tan suave que apenas se escuchó, pero bastó para despertar a Shen Zhao.
Shen Zhao se levantó asustado.
Había tenido otro sueño de su vida pasada. Una vida en la que el abuso era tan normal que verlo todo desde una tercera persona había resultado traumático.
Quería detenerlo.
Palpó un lado de la cama y la sintió fría. Sus nervios y sentidos se activaron de inmediato por el susto. Miró alrededor hasta que escuchó nuevamente un pequeño gemido de queja.
Giró la cabeza.
Ahí estaba Meng Yu, dando pequeños saltos mientras se tocaba con la mano izquierda el dedo que se había golpeado.
Shen Zhao buscó la lamparita cerca de la cama y la encendió. Después se levantó para prender el foco del dormitorio, que estaba al lado de la puerta. Ahora había más visibilidad.
—¿Estás bien? ¿Te duele?
Lo jaló suavemente y lo sentó en el borde de la cama. Examinó el golpe. Solo estaba inflamado; no parecía haberse lastimado la uña.
—Estoy bien. Solo me golpeé con el borde.
Meng Yu estaba distraído por el dolor y no había notado que el alfa que todo el mundo adoraba se había arrodillado frente a él por un omega simple y sin nada especial.
Una sensación de incomodidad recorrió todo su ser. Retiró el pie despacio mientras observaba a Shen Zhao ponerse de pie con naturalidad.
En lo más profundo de su alma, un extraño calor que nunca había sentido se instaló en un rincón de su corazón.
Parece que me voy a morir, pensó.
Después de aquella escena, ambos continuaron con sus rutinas normales.
El último en bajar a desayunar fue Shen Zhao.
Al entrar al comedor, pudo ver a Meng Yu sentado en su lugar de siempre. El omega permanecía con la cabeza ligeramente inclinada mientras esperaba en silencio.
Shen Zhao tomó asiento frente a él.