21 de noviembre de 2017
El timbre suena y, de inmediato, el aula estalla en ruido. Sillas arrastradas, mochilas al hombro y voces ansiosas por salir antes que los cuerpos. En la mesa, el cuaderno de historia se cierra con un golpe seco. Todo el mundo quiere escapar. De la clase, de sí mismos, de lo que sea.
Lucien se acercó sin apuro, como si la prisa fuera algo reservado para los demás.
—¿Te parece si hacemos el trabajo en tu casa? —dijo—. La mía todavía es un campo de batalla por la mudanza.
Alcé la vista y estaba impecable, como siempre. El uniforme le queda perfecto, la postura recta, el cabello sin un solo desorden. Tiene ese tipo de presencia que molesta por lo inalcanzable. Como una pintura demasiado bien conservada. Algo entre Dorian Gray y catálogo escolar.
—Está bien —respondo.
El pasillo está lleno. Gente empujando, hablando demasiado alto, riéndose de cosas que no me importan. Sienna nos interceptó antes de llegar al comedor. Es como si lo tuviera cronometrado.
—¡Rue! —me envuelve en un abrazo antes de que pueda esquivarlo—. ¿Sobreviviste a Historia o hay que enterrar otro trozo de tu alma?
—Todavía me quedan fragmentos útiles.
Se ríe y me toma del brazo. Su energía siempre ha sido así: cálida, ruidosa, envolvente. El tipo de persona que no entiende el concepto de espacio personal... y que, por alguna razón, nunca me molesta del todo.
—Hola, Lucien —dice, y él la saluda con una inclinación leve, educado hasta la médula.
El comedor huele a fritura, a bandejas mal lavadas y a conversaciones sin propósito. En el medio de todo, los mismos de siempre. Theo, el novio de Sienna, y su corte de halagos y testosterona. Ríen fuerte, como si el volumen los hiciera más reales. Alex, uno de esos que se creen graciosos porque nadie los ha callado aún— empuja a un chico pequeño. Uno de esos que siempre caminan mirando el suelo, como si eso los hiciera invisibles. Las mesas alrededor se tensan, pero nadie dice nada. Como siempre.
Sienna deja escapar un suspiro de fastidio.
—¿Otra vez? ¿No pueden simplemente dejar a la gente en paz?
Y entonces, sin pensarlo, mis piernas ya se habían movido solas.
—Imbécil —suelto—. ¿Vas a seguir con eso o estás practicando para cuando tu papi te haga lo mismo esta noche?
Alex se giró con rabia, como si le costara procesar que alguien le hablara así.
—Ten cuidado con tus palabras, Rue. No me gustaría que fueras la siguiente.
Algunas risas nerviosas. Otras genuinas. Pero su mirada ya no tenía la misma seguridad.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Esperarme a la salida? ¿Por qué mejor no te callas y te largas? A nadie le haces gracia desde que dejaste de mearte encima.
Me sostuvo la mirada por dos segundos más... y luego parpadeó.
—Solo estábamos bromeando —dice, bajando el tono—. Tranquila.
Se dio la vuelta. Ya no había arrogancia en su espalda, solo prisa. Sus amigos no lo siguieron. Las risas se apagaron con él.
Sienna pestañeó un par de veces, confundida.
—Mi niña se está rebelando. Se hace mayor.
Antes de que pudiera responder, Lucien se adelantó un paso, con esa voz baja que siempre suena como si supiera más de lo que dice.
—La próxima vez podrías simplemente pedirle que se siente y ladre. Habría sido más rápido.
Le lancé una mirada, entre divertida y molesta.
—¿Y quitarte la oportunidad de hacerlo tú? Jamás.
Lucien sonrió.
Nos dirigimos a la mesa habitual. Me senté entre ambos, como si nada hubiera pasado.
Sienna sacó su tupper con fruta cortada y me ofreció una rodaja de mango. Lucien dejó su mochila a un lado y se quedó mirando por la ventana, como si esperara que algo cayera del cielo.
—Entonces —dijo Sienna, dándole un mordisco a su manzana—, ¿qué tema elegisteis para el trabajo de historia?
—El auge y caída de los imperios —respondo, robando un trozo de mango—. Poder, ambición, destrucción... el clásico de siempre.
—Vaya. Qué optimistas —dijo entre risas suaves—. A mi hoy me tocó presentar sobre arquitectura medieval. Todo arcos y piedra.
Lucien, aún mirando hacia fuera, intervino con esa voz suya que suena como si siempre supiera de lo que habla:
—El imperio no se mide solo en territorios. Se mide en ideas. En lo que la gente está dispuesta a creer... y a obedecer.
—Como el bullying —añadió Sienna sin pensarlo demasiado—. Esa jerarquía absurda que todos ven y nadie cuestiona.
Sus palabras quedaron suspendidas un momento.
Lucien y yo cruzamos una mirada rápida, casi como si recordáramos lo que acaba de pasar con Alex.
—Exacto —digo, bajando la voz—. La historia no es solo pasado. Es espejo.
Lucien se giró hacia mí. Y por un segundo, sus ojos dorado-avellanados se clavaron en los míos.
—¿Alguna vez has pensado en lo que harías si tuvieras el poder para romper ese ciclo?
La pregunta me atravesó. No suena como si hablara solo de historia.
Y no sé si quiero responder. Pero lo hago, porque siempre lo hago.
—No lo sé. El poder suena fácil... hasta que lo tienes. Y entonces cambia todo. Hasta a ti.
Sienna levantó las manos.
—Wow, vale. Qué profundidad. Me voy antes de que empiecen a debatir sobre el sentido de la vida.
—Tú empezaste —le digo, empujándola suavemente con el hombro.
—Y ahora me retiro con elegancia —dijo, recogiéndose el pelo en una coleta perfecta—. Rue, te escribo más tarde. Lucien, suerte sobreviviendo a su sistema de organización.
—Gracias, la necesitaré —respondió él, divertido.
Sienna nos lanzó un beso al aire y se alejó, saludando a alguien al fondo del comedor.
El resto de las clases pasaron como suelen hacerlo los días en los que algo importante ya ocurrió: rápidas, borrosas, como si el mundo tuviera prisa por llegar a otra parte. No presté demasiada atención. Tomé apuntes por inercia, dejando que las palabras pasaran por mí sin quedarse.
Y, aunque no lo admitiera en voz alta, había una parte de mí —una pequeña, molesta y persistente— que no podía evitar sentirse emocionada por pasar la tarde con Lucien. No era nada. O eso me repetía. Solo un trabajo. Solo eso.
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Editado: 04.08.2025