Réquiem Por Los Caídos

CAPÍTULO 3- La fiesta

El sábado amaneció nublado. Desde mi cama, el cielo gris parecía una manta que lo cubría todo. La ciudad se oía lejana, como si también estuviera dormida.
Sienna se había quedado a dormir en mi casa. Después de lo que pasó con la vidente, no quería estar sola, y ella ni lo dudó. Agarró una manta del sofá, se tiró al suelo de mi habitación y se quedó allí como si fuera lo más normal del mundo. Ahora estaba sentada frente al espejo, peinándose con tranquilidad.

—Theo va a hacer una fiesta esta noche —dijo de pronto, como si habláramos de cualquier cosa—. Dice que va a ir todo el mundo y que no hay que llevar nada. Pensé que podríamos ir. Te vendría bien salir un rato.

Me giré en la cama sin muchas ganas. Sentía el cuerpo cansado, como si no hubiera dormido nada. Y, en realidad, no había descansado. Todavía tenía la cabeza llena de las palabras de esa mujer.

—¿Una fiesta? —pregunté, con voz apagada—. ¿Después de todo lo que pasó ayer?

Sienna me miró por el espejo y se encogió de hombros.

—Justamente por eso. Estás rara desde ayer, Rue. Necesitas distraerte. Música, gente, algo de vida real.
Me quedé un momento en silencio, mirando el techo. Tenía razón. Tal vez quedarme encerrada no iba a ayudar.

—No lo sé...

—Vamos un rato, solo para despejarte. No tenemos que quedarnos hasta tarde —insistió.
Suspiré.

—Vale. Pero solo un rato.

—Sabía que dirías que sí —sonrió, satisfecha.

Pasamos el día sin hacer mucho. Escuchamos música, hablamos de cosas tontas, y tratamos de no tocar el tema de la noche anterior. Por momentos, me sentía más tranquila. Por otros, no podía dejar de pensar en esa voz, en el fuego del sueño, en cómo me había llamado por mi nombre completo.

Me miré al espejo por tercera vez en menos de diez minutos. Nada me convencía. El top negro que había elegido me parecía demasiado. El vestido que tenía en mente me quedaba bien, pero sentía que no era yo. Todo me parecía forzado.

—¿Rue? —Sienna asomó la cabeza por la puerta—. ¿Sigues viva?

—Estoy intentando no parecer desesperada —respondí, girándome hacia ella—. O loca. O ambas.

—Estás preciosa —dijo sin dudar—. Aunque si me preguntas, te queda mejor el vestido rojo que el top. Te da algo de color.

Rodé los ojos, pero terminé haciendo caso. Me cambié por el vestido rojo, más simple, con tirantes delgados y falda suelta que caía justo encima de las rodillas. Era cómodo, y, según Sienna, me hacía parecer "menos muerta por dentro".

Ella ya estaba lista, con un top rosa que probablemente brillaría incluso en la oscuridad, y unos vaqueros ajustados. Se veía como siempre: segura, alegre, como si nada pudiera hacerle daño.
Nos maquillamos sentadas en el suelo, con música de fondo y risas intermitentes. Por un momento, todo pareció normal. Como si lo de la vidente, las visiones y la voz que me llamaba no hubieran pasado nunca.

—¿Lista para enfrentar el mundo? —preguntó Sienna, aplicándose un último toque de brillo.

—Lo intentaré —respondí, recogiendo mi chaqueta.

Bajamos las escaleras charlando sobre cosas banales, intentando convencernos de que esta salida era solo eso: una noche de fiesta. Un par de horas sin preguntas, sin rarezas, sin fuego en los sueños.
Lilith estaba en el salón, con una libreta de notas y una taza de café medio vacía. Al vernos bajar, levantó la mirada. Sus ojos se detuvieron en mi vestido.

—¿A dónde van?

—A una fiesta —dije con naturalidad—. La hace el novio de Sienna.

Lilith me miró por unos segundos más, con esa expresión suya que nunca sabía si era preocupación, advertencia o simple agotamiento. Finalmente, asintió con la cabeza.

—Tengan cuidado. No vuelvan muy tarde.

—Lo intentaremos —respondí.

Me puse la chaqueta, cogí el móvil y las llaves, y salimos. El aire afuera estaba fresco, pero no frío. Era una noche clara, de esas que huelen a cambio.
Y aunque no lo dije en voz alta, algo en mi interior sabía que esta fiesta no iba a ser como las de siempre.

El coche avanzaba por las calles tranquilas mientras la radio sonaba bajito, con una canción que no reconocía pero que llenaba el silencio. Sienna conducía con una sonrisa de medio lado, esa que siempre aparecía cuando tenía algo en mente.

—¿Sabes qué creo? —dijo, sin mirarme.

—¿Que deberías haber elegido otra canción? —
respondí, intentando adivinar por el tono.

—Que esta noche Lucien te besa.

Me reí, aunque no sabía si por nervios o por incredulidad.

—Claro que no.

—Rue... te mira como si fueras la única persona en el planeta. Si no te besa hoy, es porque es idiota o porque tiene miedo de que le digas que no.

—O porque no le gusto —dije, mirando por la ventanilla—. A lo mejor solo es amable y quiere ser mi amigo.

—No digas tonterías. Rue, ¿te has visto? Con ese vestido y esas curvas, literalmente podrías hacer que un cura dude de sus votos.

Rodé los ojos, pero ella siguió:

—Tienes esa mezcla peligrosa de inocente y explosiva. Ese tipo de belleza que nadie espera, y por eso impacta más.

Sonreí por fuera, pero dentro me removía algo más denso. Siempre había sentido que Sienna era la que brillaba. Tenía esa confianza natural, ese modo de caminar que hacía que la gente se apartara solo para mirarla. Yo era más... contenida. No invisible, pero tampoco el tipo de chica que entra en una sala y detiene el mundo.

Quizá por eso me costaba tanto creer que alguien como Lucien pudiera fijarse en mí. Porque incluso cuando lo hacía, cuando me hablaba, cuando me miraba, una parte de mí pensaba que se había confundido. Que se iba a dar cuenta en cualquier momento de que yo no era lo que pensaba.

—Solo prométeme que si te besa, no entras en pánico y sales corriendo —añadió Sienna, medio en broma.
Me reí, esta vez un poco más sincera.

—No prometo nada.

—Ay, Rue... esta noche vas a divertirte. Lo presiento.




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